Puesta en escena del laboratorio creativo de Alejandra Pizarnik, a 50 años de su muerte, en la Biblioteca Nacional

En el marco de la conmemoración de los cincuenta años de la muerte de una de las poetas argentinas más rupturistas del siglo XX, la Biblioteca Nacional organiza una muestra para celebrar su figura y presentarle al público un fondo documental que pone de relieve sus complejos mecanismos creativos.
El Fondo Alejandra Pizarnik tiene una historia que conviee recordar. Por decisión de Horacio González, siempre dispuesto a incrementar el patrimonio de la institución, en 2007 la Biblioteca Nacional adquirió seiscientos cincuenta volúmenes que le pertenecían a la escritora. Años más tarde, Myriam Pizarnik de Nesis, heredera y hermana mayor, decidió sumar ciento veintidós ejemplares más y una importante cantidad de material de archivo.
Según Mariana Di Ció —especialista en manuscritos latinoamericanos y una de las colaboradoras del catálogo—, cualquier investigación sobre Alejandra Pizarnik podría comenzar con las expresiones latinas hic sunt dracones o hic sunt leones que los antiguos cartógrafos empleaban para señalar regiones desconocidas. En efecto, a pesar de su reconocimiento mundial, vastas zonas de la obra de Pizarnik aún esperan ser descubiertas y recorridas. Esto se debe, en gran medida, a que sus manuscritos están dispersos en bibliotecas, archivos, librerías anticuarias y colecciones privadas de distintas partes del mundo. La historia de esos papeles que se baten a duelo con el tiempo tiene la forma de una diáspora.
En diciembre de 2016, Leopoldo Brizuela —encargado por aquel entonces de rastrear archivos de escritores de interés para la institución— se enteró de que la familia de Pizarnik todavía conservaba algunos de sus libros. Se inició entonces un largo proceso de gestiones que desplazó la atención del legendario suicidio de Pizarnik hacia otro drama complejo y doloroso: el problema político del drenaje de patrimonios nacionales fundamentales que emigran al extranjero. Sucesivas conversaciones con Myriam me permitieron reconstruir las peripecias que había sufrido el material del que tanto le había costado desprenderse. “Disculpame. Quería hacer algo porque ya estoy grande, pero una parte de mí se resistía a soltar todo esto. Le di muchas vueltas al asunto hasta que me di cuenta de que dejarlo en un lugar donde lo aprecien como yo es lo mejor que todavía puedo hacer por Alejandra”, me dijo una tarde mirando en la pared el retrato de su hermana, por fin convencida de la importancia de que el material permanezca en Argentina, al alcance de nuestros investigadores. Entre libros y café fueron apareciendo más fragmentos del mundo de Alejandra: cajitas, muñe-cas, anécdotas, costumbres de la infancia. Esos objetos llegaban a mis manos como cosas que vuelven a la playa después de un naufragio y para las que había que construir un relato, así como todavía resta escribir la historia del archivo desmembrado de Pizarnik.
Desde 2018 y gracias a la donación de la familia de Pizarnik, la Biblioteca Nacional tiene el privilegio de custodiar un número significativo de manuscritos y dactiloescritos originales, distintas versiones de textos corregidos a mano y pasados en limpio, correspondencia, notas personales, separatas y recortes de prensa; papeles que ella misma recortaba y clasificaba, contribuyendo activamente en la construcción de su propia imagen autoral. Un valioso conjunto que arroja nuevas luces sobre la belleza oscura de su obra. La muestra busca dar a conocer y difundir estos materiales, que finalmente inauguraron una etapa prometedora para las investigaciones sobre Pizarnik desarrolladas en Argentina.
Alejandra Pizarnik. Entre la imagen y la palabra dialoga con otra exposición temporal, en este caso del Museo del libro y de la lengua, pensada también en torno a la relación entre el lenguaje de la plástica y el de la escritura: Infieles. De escritores que pintan o pintores que escriben, donde pue-den apreciarse obras de varios personajes de la cultura de los sesenta que tenían vínculos estrechos con Pizarnik. Manuel Mujica Lainez y Silvina Ocampo, por ejemplo. Igual que ellos, Pizarnik quiso declinar sus deseos y sus interrogaciones en el lenguaje de la forma y el color.
Sin ser una dibujante excepcional —o tal vez gracias a eso—, Pizarnik desarrolló un estilo particular. Asistió al taller del pintor catalán Juan Batlle Planas y expuso en varias galerías. Lamentablemente, se ignora el paradero de la gran mayoría de sus obras plásticas, pero gracias a un convenio de mutua colaboración con la Biblioteca de la Universidad de Princeton, la muestra incluye digitalizaciones de los dibujos y collages conservados allí, además de dos originales que la poeta le obsequió a Ivonne Bordelois y Graciela Maturo. Con el objetivo de sacar de la invisibilidad esta faceta menos conocida de la autora, se exponen también obras de su maestro, Batlle Planas.
La exposición intenta plasmar la plasticidad de la escritura pizarnikiana, que convoca al dibujo y al collage como declaración de principios poéticos. Como en las caligrafías asemánticas de Mirtha Dermisache, León Ferrari o Severo Sarduy —entre tantos otros—, en la escritura de Pizarnik la imagen toma la palabra para desmentir el oxímoron implícito en el concepto de texto como entidad inmaterial. Su declarado interés por “una escritura densa; [...] concreta al máximo; desmesuradamente materialista” comienza como culto a los soportes y a los instrumentos de escritura. “Mi pasión por los cuadernos and cía. no es una trascendencia vacua, sino, digamos, la expresión de un pudor bastante poco admirable. Es decir, puesto que la escritura c’est mon mal de aimer [...] y no me atrevo jamás a confiarlo a otro(a) viviente, alors, me invento un amor por blocks and Co. (un amor bien real, por otra parte)”, le confiesa en una carta a María Elena Arias López. “Me he-chiza y me embruja comprar lapiceros, rotuladores (tengo 83) y todo lo que existe en esos palacios llamados papelerías”, le escribe al poeta y pintor catalán Antonio Beneyto. La muestra refleja esta debilidad a la que Pizarnik llamaba con humor “complejo de Peuser (o de Joseph Gibert)”, en alusión a dos conocidas papelerías.
La obra de Pizarnik gira en torno a la tensión existente entre el acto de decir y el acto de ver. “Dada mi espontaneidad y mis fuerzas debiera arrojarme sobre quinientas hojas en blanco y ‘escribir como siento’. Ahora bien: su-cede que yo no siento mediante un lenguaje conceptual o poético sino con imágenes visuales acompañadas de unas pocas palabras sueltas. O sea que escribir, en mi caso, es traducir”. Esta idea aparece con nitidez en su ecléctica biblioteca personal. En ella conviven escritores consagra-dos, poetas ignotos, cantos mágicos indígenas, estudios literarios, libros infantiles, tratados filosóficos, manuales de modales para señoritas, gramáticas, libros de arte y Enrique Pezzoni catálogos de exposiciones. El Bosco, Odilon Redon, Paul Klee, Goya, Pieter Brueghel y Max Ernst son algunos de los pintores que investiga y de quienes toma figuraciones, temáticas y estrategias compositivas.
Pizarnik incorpora los textos leídos en el sentido más literal del término “incorporar”: los procesa y los digiere hasta hacerlos cuerpo (corpus) propio. “Siento un deseo espantoso de devorar todos los libros”, dice en los diarios y, en efecto, se apropia de la tradición, e inscribiéndose en ella, la altera de manera fundamental. Luego de su obra, ya no es Kafka o Borges o Storni en Pizarnik, sino Pizarnik en cada uno de ellos; es Pizarnik en sus pre-cursores. Leer, subrayar, copiar, reescribir son los pasos del método que encontró para habitar la sinuosa frontera entre lectura y escritura, su manera de lidiar con la angustia de las influencias y con el miedo paralizante a la página en blanco. Una manera rabiosamente antirromántica que, “por haber llegado demasiado tarde al banquete de la cultura”, por haber llegado cuando ya todo está dicho, deconstruye el mito de la originalidad pura.
Junto con sus libros marcados, las notas preparatorias, las fichas, los apuntes, los bosquejos de futuros proyectos y los planes de escritura —que la crítica genética llama “textos prerredaccionales”— visibilizan los forcejeos con la lengua en la búsqueda de un idioma propio. La inestabilidad, las tachaduras, los recomienzos, las reformulaciones y los cambios de rumbo característicos de esta clase de documentos hacen patente que el no saber y el error son las únicas y verdaderas potencias de la escritura. La literatura es “literratura”, escribe Pizarnik en muchas cartas, tal vez comprendiendo que el escritor logra dilucidar el sentido de su proyecto indagando esas metamorfosis textuales: “Dicen que Rabindranath Tagore descubría formas divinas en sus tachaduras”, le escribe a Antonio Requeni.
Entre los cuadernos destinados a proyectos específicos se destaca la famosa serie que compone el Palais du vocabulaire o PV, según las etiquetas identificatorias pegadas en las tapas; siglas que también aparecen en los márgenes de sus libros indicando los pasajes que habrá de copiar y que muchas veces terminan entretejidos de contrabando en su propia escritura. Metáfora de su empresa poética, el Palais du vocabulaire recopila citas de sus lecturas y comentarios textuales. El público podrá apreciar otro cuaderno gobernado por el mismo espíritu: el cuaderno verde, compendio de fragmentos de muy diversos autores del canon personal de Pizarnik, transcriptos, interpretados e intervenidos con diferentes técnicas de dibujo, pintura y collage. Mencionado en la correspondencia y en los diarios, constituye un auténtico antecedente del libro de artista, estrechamente vinculado con el Libro de los pasajes de Walter Benjamin y con el Teatro proletario de cámara de Osvaldo Lamborghini. Comparte con Benjamin las formas archivísticas de trabajo, la recolección y el fichaje de materiales heterogéneos. El gesto de la intervención artesanal y la conmoción plástica lo acercan al Teatro proletario de cámara. Combinación de escritura y decoupage, el cuaderno verde instala un dispositivo complejo que hace del texto un entramado de hebras y texturas y una serie de procedimientos de recorte y apropiación.
Alejandra Pizarnik. Entre la imagen y la palabra pretende reproducir el laboratorio de la escritura pizarnikiana, sala de montaje donde se despliegan los materiales con los que construye su obra y los principios de su poética. Una puesta en escena que abre el campo de su operación teórica y estética, articulada en un continuo deslizamiento entre dos lenguajes.

Alejandra Pizarnik. Entre la imagen y la palabra
desde el 23 de septiembre de 2022 y hasta el 30 de abril de 2023
de lunes a viernes de 9 a 21 hs; sábados y domingos de 12 a 19 hs.
Sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional
Entrada libre y gratuita.
por Evelyn Galiazo, curadora de la muestra, 2 de Octubre de 2022
compartir
Con el apoyo de