Pablo Suarez. Un peleador dentro y fuera del campo artístico

A Pablo le debo el haberme vinculado desde temprano con el mundo del arte.
Todavía yo era un preadolescente cuando la amistad que Pablo mantenía con mi padre y mi madre hizo que terminara convirtiéndose en un integrante más de mi familia.
Con él y otros amigos más, mis viejos compartieron aventuras de todo tipo: desde la apertura de un boliche emblemático en Mar del Plata llamado Naranjas, hasta un emprendimiento forestal en las sierras grandes de Córdoba que nos proponía un futuro de comunidad en contacto con la naturaleza.

La convivencia familiar por entonces era intensa. Yo asistía encantado a las charlas que mis padres y Pablo mantenían a lo largo de las noches. Entre las por entonces infalibles críticas al sistema y las ideas y planes geniales imaginados como respuestas, lo escuché relatar con infinidad de detalles sus andanzas como artista y su actuación como parte de la militancia peronista en los años 60.

Por entonces yo ya dibujaba y pintaba, y a lo aprendido junto a mi abuela materna –quien me había trasmitido el saber de algunas técnicas–, o a la destreza que había logrado practicando en solitario con lápices, pasteles y óleos, Pablo me brindó la visión de un mundo riquísimo. Su entusiasmo y su compromiso inusitado por el arte hicieron que desde ese momento mi destino quedase sellado.

Por mucho tiempo la idea del ser artista para mí fue ser como Pablo Suárez, y obviamente pasó a ser el primero al que le mostraba mis cosas. Cada tanto me daba alguna indicación técnica, o me ayudaba a pensar la construcción plástica de la obra para que esta fuese “eficaz”. Pero su fuerte fue más bien transmitirme ideas tales como que era preferible laburar en el taller y salir a ver lo que hacía la gente de mi generación antes que asistir a clases de pintura; estar atento a esquivar el academicismo y en cambio tratar de entender el pensamiento de época; pensar más en la imagen que en el estilo, o que hacer arte era evitar que se parezca al arte… en fin, estos eran algunos de sus hits que ahora me vienen a la mente. Para los oídos de mis catorce a diecisiete años, todos estos dichos conformaron una
suerte de bandera, y eso estuvo genial.

Hay varias posibles metáforas para ilustrar la personalidad de Pablo. Una de ellas - como bien lo señala al comienzo de este libro Leónidas Di Pietro-, es la del boxeador.
Pablo siempre necesitaba un ring, una arena de confrontación en la que desplegar su estilo filoso y ensayar un nocaut. La figura de un “pura sangre” podría ser otra, la de la fiereza del caballo de carrera –de hecho, el caballo era su animal preferido, no sólo por la belleza de sus formas, sino también por la nobleza y la sensación de poder que le inspiraba–.
Un boxeador o un “pura sangre” del arte, cualesquiera de estas figuras me parecen adecuadas para describirlo. No había día en el que Pablo no hablara de arte; en el que no contara las obras o muestras que proyectaba; en el que no analizara las obras de otros artistas y la escena contemporánea, y en el que no viajara al pasado para discutir con el mismo ímpetu de entonces con quien fuera que estuviese evocando.
Muches artistas como yo se vieron estimulades por Pablo. Su franqueza, su calidad humana y su generosidad siempre se ponían en juego cuando realmente algo le interesaba.
Leer Pablo Suárez. Un peleador dentro y fuera del arte, el primer trabajo que encuentro que desarrolla la trayectoria de Pablo a través de una exhaustiva investigación, fue para mí
una gran alegría y una increíble experiencia.
Me permitió descubrir -no sin culpa, debo admitir–, que algunas de las tantas historias que Pablo me había contado, y que yo, conociendo sus dotes literarias, escuchaba con cierta incredulidad, eran ciertas; que lo que yo creía que adornaba o que inventaba, era verdad. Leónidas Di Pietro no sólo reconstruye con numerosas fuentes la actividad de Pablo como militante de la izquierda peronista y su colaboración en distintos eventos relacionados con la CGT, sino que también aporta datos e imágenes de algunas de sus obras tempranas y que en la actualidad prácticamente nadie recuerda o ni siquiera saben que existieron. Me refiero por ejemplo a Monumento (1964), Oficina- oficina (1968) y Situación Exclusivamente Estética (1968).
Pero además de ampliar y precisar el conocimiento acerca de la trayectoria política y artística de Pablo, este libro ahonda en sus ideas estéticas y articula todo ello de una manera que, al menos yo, no había leído hasta el momento.
Por todo esto, saludo la llegada de Pablo Suárez. Un peleador dentro y fuera del arte. Un trabajo que seguramente se convertirá en una referencia ineludible a la ahora de aproximarse a su obra.

Marcelo Di Pietro. Es artista plástico, abogado y Magíster en historia del Arte Argentino en Idaes-UNSAM. Su tesis de maestría es la base de este libro
La imagen de la tapa es El enemigo invisible, 2001, Resina epoxi, cuerda, metal, cinta adhesiva, polietileno expandido de alta densidad, tela y pintura, 148 x 110 x 110 cm (con base), 2002.
imágenes: Monumento 1965, Situación Exclusivamente Estética (1968) y Malvenido Rockefeller (1969)
por Miguel Harte, 15 de Diciembre de 2021
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