Acerca de lo intransferible de la experiencia

Pintura plegaria. Rocío Valdivieso en Proyectil desde el sábado 3 de julio de 2021 hasta el jueves 26 de agosto de 2021.

Hacía más de un año y medio que no asistía a una muestra de arte contemporáneo o, más bien, hacía más de un año y medio que no experimentaba el enfrentamiento con una instalación cuyas condiciones de producción se sostenían en los surcos de un dispositivo de exhibición presencial.

La cita fue a las 20 hs de un día jueves y la expectativa (personal, claro) era intensa. No sólo por la nostalgia y la extrañeza que implicaba la lejanía ya mencionada, sino también, porque se trataba de un lugar que no conocía y del que tampoco tenía referencia. Una enorme casona deshabitada, y ciertamente muy deteriorada, en las inmediaciones de las cuatro avenidas que rodean el centro capitalino de Tucumán.

Al respecto, si me remito a una posible construcción generalizada sobre qué entendemos como salas expositivas de artes visuales, inmediatamente pensamos en habitaciones blancas, inmaculadas y luminosas, desprovistas de signos y pistas que den cuenta de su propia historia; un lienzo en blanco o un contexto “vacío” que se habilita para que los proyectos artísticos de turno lo carguen de sentido sin grandes dificultades.

Siento la mano y el pensamiento anquilosados por la falta de práctica. Siempre, casi como filosofía de vida, hice un gran esfuerzo de complacencia generalizada —un objetivo no solo inaccesible, sino también pueril— que se fue tamizando en mi modo de circular y de hacer, para llegar, finalmente, a ningún lado. No obstante, y paradójicamente, cuando entendí que la condición multimedial de las comunicaciones contemporáneas instalan innumerables posibilidades de relaciones y conexiones -es decir, de intertextualidad-, y que un metatexto como éste es sólo una suerte de umbral entre una obra y el mundo, me calmé.

Fui sola. Salí en horario para llegar a la hora acordada, pero antes, ese mismo día, había conversado por videollamada con la Guada Creche, quien —entre tantas reflexiones oportunas— me hizo advertir que una de las tantísimas consecuencias que, hasta ahora, viene instalando la pandemia, es cierta transformación espectatorial en la experiencia estética presencial, que, por los recaudos y protocolos preventivos contra el COVID-19, pondera la atención e inquietud de quienes deciden, con previa cita, asistir a una muestra de artes.

En efecto, el consumo de artes visuales siempre fue revestido de otras acciones de tinte social; más de una vez nos detuvimos en el vino de cortesía y en conversar con quienes nos íbamos encontrando, incluso, en mi caso al menos, más de una vez decidí volver a una muestra con el fin de prestarle más atención. Para nada este señalamiento pretende disfrazarse de crítica negativa, es más, extraño muchísimo esa suerte de misa criolla alrededor de la cosa, en la que andábamos relajadxs sin sentirnos una amenaza social, pero lo cierto es que (al menos en esta oportunidad, y quizás por primera vez) mi atención fue 100% puesta en pintura plegaria.

Al tocar el timbre, Rocío me recibió. Estaba oscuro, y no por falta de suministro de luz, claro. Luego de saludarnos, empecé a recorrer la primera sala, cuyas fuentes lumínicas eran pequeñas, puntuales y estaban, lógicamente, colocadas de un modo muy estratégico. Hice un video y algunas fotos de mi recorrido con la cámara de mi celular, acotando comentarios e impresiones para recordarlas ante cualquier laguna mental posterior; pintura plegaria ensaya una doble transformación. Por un lado, cambia el significante del descarte, convirtiendo un vasto conjunto de restos —es decir, aquello que normalmente se barre o se emboca en un cesto para arrojar al universo material y simbólico de la basura— en poesía profana, pero, paradójicamente (y no tanto), también divino, puesto que comparten el mismo punto de arbitrariedad del que brotan.

Valentina Bolcatto escribió un texto que acompaña la muestra, y, en un fragmento, dice: “El tema se podría ubicar dentro de la tradición de la pintura sacra desde una perspectiva contemporánea. No responde a su iconografía sino a una conexión sagrada con el lugar y su memoria”. En efecto, un santuario cargado de operaciones metonímicas desprende una voz compartida y complementaria con sus palabras, donde se activa una presencia efectiva de un texto en otro.

Sin embargo, y por sus propias condiciones de producción, el santuario deviene en un fuerte de resistencia, lejos del espacio sin tiempo de las salas expositivas de arte, a lo largo y ancho de una casona solitaria cuyas paredes húmedas, quebradas y con visibles capas de pintura e historia, no sospechan ni saben qué acontece en el escenario de circulación (también solitario y quebrajeado), de las artes visuales en pandemia, y a kilómetros de los grandes centros de producción nacional; la opresión se multiplica y crece.

Así, Rocío apela a un doble juego; el primero se debe a que eligió un emplazamiento denegado a los ojos de un posible inconsciente colectivo artístico, y, el segundo, hace referencia a un dispositivo fragmentado, que deja a la vista lo que comúnmente no se expone; pero no solo yuxtaponiendo las huellas históricas del espacio que las contiene, sino para hacer de ellas un diálogo profano de su propia materia significante.

Cuando leemos un texto traducido de una versión original, aceptamos a priori una pérdida; un pequeño micro duelo se instala ante la imposibilidad de enfrentar a un lenguaje desconocido y que, a su vez, materializa un nuevo discurso a partir de otro ejemplo de intertextualidad. pintura plegaria emerge tanto en y de la oscuridad, como en el deseo de resistir la traducción a la que nos sentimos casi sometidxs en pandemia; un problema de extrañamiento, y de contradicción entre condiciones de producción, que nos obliga a renegociar la experiencia espectatorial y material que nos rodea.

Pintura plegaria de Rocío Valdivieso en Proyectil (Avda. Sarmiento 1347, San Miguel de Tucumán) - Del sábado 3 de julio hasta el jueves 26 de agosto de 2021









Proyectil es un equipo de gestión y producción en artes visuales que trabaja desde fines de 2016 en San Miguel de Tucumán, gestionando muestras y participando en algunas instancias de feria. Gestionar las muestras implica encargarse del montaje, de la difusión y también de conseguir los espacios físicos para desarrollar estas actividades, puesto que no cuentan con un espacio propio. A su vez, ensayan otros roles, como el de la curaduría y escritura de textos. Actualmente el equipo está integrado por Solana Cajal y Rocío Valdivieso.



IG: @proyectil.lugar
proyectil
Fotografías: Leonardo Espeche

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