Barro Casa. Arcilla roja. Dimensiones Variables, 2020 | Nicolás Rodríguez

Proyecto en desarrollo



Querido diario

Esta última semana, en particular, vengo pensando más en mí que de costumbre. Es parte de esa búsqueda incesante que, en general, se encuentra velada bajo un millón de otras inquietudes, porque nunca uno deja de pensar en uno.

Sin embargo, hay momentos en los que ese temido autoanálisis se antepone en la conciencia y enciende. Y las preguntas emergen como lava. Y las respuestas queman y dejan manchas que mudan al rojo con el tiempo. Y con el tiempo el rojo aclara y se solapa como un camaleón sobre la piel.

Pensar en mí es un montón porque prefiero pensar en otras cosas. Pero resulta que esas otras cosas terminan atravesándome y encastrándose de algún modo sobre todo lo que hago.

Me pregunto si necesito arribar con urgencia hacia la exactitud de lo que busco, de lo que huyo o lo que omito. O si es necesario descifrar lo que sucede con estos proyectos, procesos, decisiones y acciones que a veces no confluyen en un fin porque (en el mientras) me transforman y se transforman.

¿Es imprescindible dar por terminada una obra? ¿No sería eso su muerte?

En fin. Pensar en mí es pensar en lo que hago porque lo que hago responde a lo que me conmueve, lo que me estimula, lo que me incita, lo que vivo, lo que percibo, lo que intuyo, lo que siento, lo que hiere, lo que alivia y regenera. Y ahí es donde me encuentro recordando tiempos e imaginarios mientras afilo un lápiz para dibujar sobre un plato la belleza feroz de las contradicciones. O pensando en la inestabilidad y las inclemencias del tiempo mientras transporto una casa desde un blanco impoluto hacia un verde opuesto a la esperanza. O reconociendo, a pesar, que la injusticia es un bulbo con raíces profundas, mientras horado sobre la desidia para alojar una semilla que sé que no va a prosperar. O descifrando sentencias existenciales mientras espero impaciente un reflejo en 3d que finalmente (y por fortuna) se asemeja más a la deriva de mis pensamientos que a mi estampa.

Todo me interpela. Y este deseo de tomar distancia para aliviar, me condujo hacia este galpón en Tigre a trenzar cordones de barro en el seno de un tiempo estanco. Un tiempo estanco pero mío. Detenido lo suficiente como para tamizar pesares en la mecanicidad de mis dedos, con el pensamiento apartado del cálculo, con la sola acción como un mantra productivo y edificante y con la eficiencia de un ungüento.

Hay momentos en los que, para hacer arte, es necesario olvidar de qué se trata.

Por Javier Soria Vázquez










NICOLÁS RODRÍGUEZ / 1986, Godoy Cruz. Artista visual nacido en Mendoza y formado en Buenos Aires. Estudió Artes Visuales en la UNA donde se especializó en pintura. Sus exhibiciones individuales incluyen Los preciosos contornos (2018) en galería Un lugar en el Mundo y Jardines de Buenos Aires (2019), El Patio n°2, en galería Gachi Prieto, ambas en Buenos Aires. Participó en muestras colectivas como así también en salones y concursos en el que destaca el Primer Premio de Cerámica en el 107° Salón Nacional de Artes Visuales 2018. Actualmente realiza el Programa de Artistas Universidad Torcuato Di Tella 2021. Vive y trabaja en Buenos Aires


por Javier Soria Vázquez, 7 de Junio de 2021
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