Miradas Remotas. Fotógrafos en cuarentena | Un libro de Andrés Wertheim

Este libro despliega la obra de un artista que, con su habitual sensibilidad, se ocupa de estos impiadosos tiempos a través del protagonismo casi excluyente de la mirada.

Wertheim dice que cuando el virus llegó al país y comenzó el confinamiento, necesitó un tiempo para procesar lo que se vivía y aceptar las nuevas modalidades de interrelación a través de las pantallas. La obligatoriedad del uso del tapabocas en el espacio público desplazó su objetivo –literalmente- hacia los ojos. Con la colaboración de sesenta y nueve fotógrafos, capturó imágenes que Internet le acercó, desde el dispositivo de cada uno de los retratados, con y sin el nuevo objeto de uso cotidiano: el tapabocas.

Miradas preocupadas, inquisidoras, tiernas, desafiantes, tristes, osadas, cansadas, agotadas o con gestos graciosos, habitan estas páginas, intercaladas con vistas de calles vacías, videographs con titulares inquietantes, carteles apremiantes y planos negros con la figura de lo que nos amenaza.




Recórcholis. Me prometí nunca empezar un texto con algo parecido a un improperio o a un reproche dirigido al destino, a la sociedad humana genérica o a los dioses. Pero estas circunstancias de pandemia pudieron más que cualquier compromiso acerca de la retórica activa en cuanto escribo. Por otra parte, hay un precedente mayor en la literatura americana, un relato larguísimo e inolvidable que arranca con una exclamación del tipo que me propuse evitar y ahora utilizo. El habla interior de Rosendo Maqui inicia la épica de su familia con una palabra determinante del horizonte emocional de El mundo es ancho y ajeno: “¡Desgracia!”, oración de una sola palabra, que culmina, para mejor, en un punto y aparte. En consecuencia, y con la debida solicitud de excusas por el esbozo de cualquier aproximación de mi prosa a la magistral de Ciro Alegría, me atrevo a insistir:

Recórcholis.

Un primer abordaje, a partir de cualquiera de las tres colecciones de fotos realizadas por Andrés Wertheim – los Graphs de la televisión alrededor del contagio, las Fotografías de la calle en las mismas circunstancias y los Dípticos de retratos de conspicuos fotógrafos argentinos sin y con barbijo –, puede partir de esa suerte de improperio arcaico y castizo que el Diccionario de la RAE define como “interjección”, algo más fuerte que el “caramba”. Ocurre que, por ejemplo, la segunda serie de tomas hechas en las calles de Buenos Aires es desoladora por partida doble, pues se despliega entre bambalinas el espectro de la enfermedad y del contagio al mismo tiempo que se dispara la peor memoria de nuestra historia vivida. La soledad de las avenidas nos recuerda los sábados y domingos durante la Guerra de Malvinas, cuando salíamos a veces de nuestras casas a dar una vuelta y nos percatábamos de que la mayoría de nosotros permanecía encerrada a la espera de noticias de nuestros soldados, queríamos creer que no sufrían, que estaban a salvo, aun cuando supiéramos que casi todo lo propalado por los medios oficiales, únicos accesibles para un porcentaje elevado de la población, eran fake news avant la lettre. El policía armado y los inspectores de uniforme blanco y ominoso, controladores del movimiento de personas, nos remiten a los retenes, operativos y bloqueos que el Ejército y las otras fuerzas armadas organizaban para que cundiera el auténtico terror entre nosotros. Pero me temo que sean los carteles luminosos con esas frases breves, amenazadoras, remedos de los mandamientos de un poder o de un dios oscuro, los que más conmueven la imaginación histórica: “Tapate la boca” se corresponde con “El silencio es salud”; “Quedate en casa” y “Mantené la distancia” no parecen sentencias muy diferentes a los consejos de la “Operación Claridad”. No quiero decir con esto que haya un propósito totalitario en las consignas que las agencias publicitarias de los estados hacen circular en estos meses, pero sí, tal cual descubrió y analizó Victor Klemperer en su estudio Lingua Tertii Imperii, que las sociedades post-totalitarias, en plena democracia, pueden arrastrar expresiones y tonos del discurso que sería mejor abandonar, pues suenan a ecos de tiranías pasadas. Estas fotografías de Andrés encierran una advertencia o, al menos, un llamado a la precaución: en las medidas contra la pandemia, hay gérmenes peligrosos y tentaciones políticas, que sólo una confrontación sincera y explícita con el pasado lograrían conjurar.

Las imágenes contenidas en la carpeta de los Graphs modifican las impresiones trágicas, nos bombardean con la instantaneidad de los enigmas. Los cuadros Urgente y Atención, sin el desenvolvimiento de cuanto sigue, nos dejan perplejos. La fórmula “Cuarentena Nacional”, con esa misteriosa cruz negra de tachadura detrás de la palabra en rojo y su posición, más próxima a nosotros que el vuelo familiar y arrullador de la bandera argentina en medio de un cielo azul, resultan algo inquietantes: ¿qué se tacha de nuestra arcaica experiencia del patriotismo escolar?
Encontramos algo de cómico y levemente grotesco en la foto de los tres mandatarios, donde la gestualidad de Rodríguez Larreta es llevada al paroxismo por la intérprete que traduce al código de los sordos un resumen bastante trivial de cuanto se está diciendo en el espacio real: “No hay que cantar victoria”. Un vejestorio como yo no puede sino replicar con un tango muy frecuentado en los años treinta, obra en común de dos Juanes, Epumer y Fulginiti: “No cantés victoria, / porque hayas echado buena […] / Vos naciste con el barro / y aunque te sientas sultana, / si no es hoy, será mañana, / pero al barro has de volver”. Por fortuna, el retrato del Presidente nos lo muestra con expresión de hombre prudente; la síntesis de cuanto ha dicho se limita a una frase que antropomorfiza al Covid-19 y quizá convenza gracias a la sinécdoque. El misterio se acentúa y el horror reaparece, sin disminuir en absoluto la carga cómica, en el graph de “Lo que el Covid nos dejó”: ¿se trata acaso del equivalente de una invasión marciana? Parecería no haber una frontera clara entre la realidad y la fantasía ominosa del sueño de la razón.

Nos queda el tercer dossier, el de los dobles retratos, que nos calma, reconcilia y deslumbra al mismo tiempo, porque nos permite redescubrir una humanidad enaltecida a pesar del infortunio y el absurdo donde nos hundió la infección global. Identificaré mínimamente al titular de cada retrato, con el fin de que baste para encontrar su díptico en la serie y considerar la validez de cuanto encuentro en el salto de la cara descubierta a la enmascarada. Rodrigo: de la sencillez criolla a la complejidad de Cabo Cañaveral y Baikonur; de una mirada incisiva y curiosa a la expresión del desasosiego que sugieren los reflejos en las lentes. Res: de la ironía olímpica al misterio y el oscurecimiento de nuestra intercomunicación visual. Aldo: de la observación hacia el espacio en el que estamos sin vernos al descubrimiento algo desilusionado de nuestra presencia, que se aúna a la aparición paradójica de un tercer ojo en la imagen compuesta y surrealista del fondo. Andrea: entre dos irreverencias, la del gesto de la foto de la izquierda y la sonrisa desorbitada que se representa en la máscara; la mirada, sin embargo, se ha puesto nostálgicamente de nuestro lado. Gabriela y Ariel: una pareja hace más difícil la descripción escueta; del amor postfeminista y militante a la díada misteriosa donde los complementarios del verde del pañuelo y la cabellera rojiza subrayan la imagen como artefacto estético. Ataúlfo: de una seriedad entristecida a una tristeza cabal, a pesar del barbijo, que la figura roja amenazante de una de las fieras en el cuadro del fondo no alcanza a convertir en miedo; no es fácil ser ganado por la tristeza y permanecer valiente. Cristina: de la circunspección hermética a la entrega de sí misma a una contemplación ajena en el paisaje de la ciudad. Eduardo: de longilíneo Caballero de la Triste Figura a inesperado Saladino moderno de cara cubierta. Eduardo: de una inteligencia aguda en alerta a una inteligencia más aguda aún pero sosegada. Elda: del retrato digno de Boldini al repliegue súbito hacia el mundo interior. Eva: de la libertad y el desparpajo felices al juego del secreto. Fabiana: de Gatúbela parcial a Gatúbela completa, con sus atributos esotéricos; mis nietos, de parabienes. Francisco: su díptico incita al juego de las fisonomías comparadas, ser humano–animal, de gato atorrante y entuertecido en sus andanzas a perro perdido en busca de su alter-ego de la humanidad. Guillermo: del camp a Lautréamont; de Almodóvar a la alegoría explícita de la vanidad de las cosas. Javier: de la exaltación comunicativa a las precauciones, que podríamos atribuir al contexto de pandemia pero poco tienen que ver con él; después de todo, se trata de una pandemia que ocultando desvela. Juan: de busto de hombre político en la Antigüedad a símbolo del enigma del futuro. Julia y su hija: doble retrato, más problemático que el de Gabriela y Ariel, porque la niña se va del cuadro; y no es para menos, la adulta pasó de la sonrisa, de la visión directa de las pupilas y una impresión vaga de felicidad tecnológica a la visión de soslayo, la volatilización del goce de los auriculares y el contradictorio ocultamiento de la sonrisa por el antifaz florido. Marcelo: de la ironía franca y amable a la introspección que busca compañía; me has recordado a Rembrandt. Marcos: de la vida tal cual es y por partida doble a una vida exclusivamente humana e histórica que no puede disimular el temblor. Matilde: del acogimiento habitual del Otro a la invitación para compartir el descenso al interior desconocido. Oscar: del retrato holandés de un sabio en el estudio a un retrato compuesto por Magritte en años de tribulación. Suki: un joven feliz en medio del paisaje agreste de sus aventuras, convertido en explorador de un fenómeno peligroso, erupción, nube contaminante. Zulema: aleatoriamente, ha sido mi último díptico, pero se trata de pura serendipity, porque resume todo cuanto he querido escribir y escribo sobre el ensayo de las Miradas remotas según Andrés Wertheim; del avizoramiento tenaz al resguardo inevitable, de la voluntad perpetua de ver y conocer a la invasión de brillos y sombras engañosas. No puedo sino recordar un escrito de Leonardo que se encuentra en el folio 155a del manuscrito Arundel:

“Y llevado por mi deseo encendido, anhelante de ver la gran […] de las formas variadas y extrañas hechas por la artificiosa naturaleza, de paseo entre los escollos umbríos llegué a la entrada de una gran caverna ante la cual permanecí estupefacto por un tiempo, e ignorante de aquellas cosas, arqueé mis espaldas, mantuve la mano izquierda sobre la rodilla y con la diestra me hice sombra sobre las pestañas bajas y cerradas, e inclinándome a menudo hacia un lado y hacia el otro, para ver si discernía algo allí dentro, lo cual me impedía la gran oscuridad que en ese lugar había, después de un rato, se despertaron rápidamente en mí dos cosas, miedo y deseo, miedo por la espelunca oscura y amenazadora, deseo de ver si adentro había algo milagroso […]”

Adiós.

Por José Emilio Burucúa









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