Génesis. Sofía Mastai

Sofía Mastai se enfrenta a la obra como quien comienza un combate, cuerpo a cuerpo, pero sabiendo que en este caso, el contrincante siempre ganará. La tela gobernará sobre ella. La pintura sobre su vida. Y esa batalla perdida es su combate ganado. Por eso sus telas cuelgan como banderas, con alegría, con ligereza. La frescura de su impronta y la caída natural, sin bastidor, permiten que la enormidad de la pintura se nos presente como una invitación a un mapa desconocido y no como una amenaza.



Ella refuerza la idea: ”Me gusta pintar grande. Que no pase desapercibido. Me gusta que algo me domine a mi. Que me supere. Que me genere un conflicto de no saber qué hacer con esto. Y la verdad es que también me gusta que sean más grandes que yo. Que cuelguen como tapices”, afirma la artista.

Por momentos el camino se torna peligroso. Los recursos minerales parecen hacerse polvo a cielo abierto, en pruebas que se van de control, configurando relámpagos de moléculas minerales, con una paleta tan seductora como riesgosa. Es difícil controlar las ganas de agarrar uno de esos hilos y entrar en ese laberinto donde los colores estallan, las manchas gotean, las cataratas raspan y las veladuras esconden.

En el las pinturas de Sofía Mastai las líneas son pájaros, las manchas son flores y las zonas empastadas se confunden con lagunas. Por momentos, aparecen pequeñisimos y preciosos botes negros- pinceladas- que flotan en esa marea de minerales líquidos y nos ayudan como guías para continuar el viaje en ese mapa de sedimentos.



Si pensamos la pintura como una geografía y el cuadro como un espacio, la obra de Sofía Mastai nos lleva a un yacimiento. Bajamos unos centímetros por la corteza terrestre y encontramos pigmentos y químicos de todas las especies. Verdes como olivos, celestes como nubes cargadas de una tormenta, rosas que son una fiesta, amarillos como monstruos y naranjas como islas que nos salvan de la caída. Todo alimentado, centrifugado y horneado por el fuego, el calor de la tierra.

Las raspaduras en la tela asoman con agresión pero son al mismo tiempo las líneas que llevan nuestro ojo de la mano, nos configuran una ruta, un camino, un hilo entre cientos de capas- terrestres, aéreas y acuosas-. En algunos cuadros gana un elemento por sobre el otro. Mastai tiene pinturas marinas, pinturas terrestres y pinturas aéreas. Pero en todas, más allá del elemento, se puede ver el historial de una sedimentación. Algunas telas son un descanso, un reacomodamiento de pigmentos en la tierra. Otras, una explosión.



El universo de Sofía es vertical. No sólo por la cuestión obvia de que no hay horizontes (estamos en el centro de la tierra) sino en el sentido que son pinturas que se presentan como enormes cuerpos, como montañas, como esculturas geológicas. La artista trabaja con ellas- y contra ellas- de ese modo, como si fuesen enormes cuerpos, más fuertes y más perennes que ella: “Estoy metida adentro del cuadro. El tema de la tela, es tener algo más grande que yo, algo que no sea débil, que no se pueda romper. Una cuestión más imponente, que se imponga ella a mi. Porque es más fuerte, más grande. Entonces no le tengo miedo. Confío en ella. Por eso no puedo trabajar sobre papel. De hecho trabajo del otro lado de la tela, del reverso, porque es todavía más fuerte. Más poroso.”

Enormidades esponjosas, llenas de pigmentos en todos sus estados: al aceite y al agua. Óleo, acrílico, tinta, carbonilla. Dice la artista: “Pinto con todo, mezclo todo. Trabajo con todo tipo de elementos. Con óleo, acrílico, pigmentos que armó yo, carbonilla, barras de óleo, grafito. La textura es lo principal, es lo que me marca el devenir de lo que voy a hacer. La textura y los colores. Trabajo mucho con la mano, con los dedos, poco con el pincel. Por ahí algo de espátula. Pero sobre todo con los dedos”

Eso es lo que da la multiplicidad de texturas. Por momentos lisas y pulida, otras rugosas y con relieve, momentos de craquelados, gotas que caen, escaleras altísimas que asoman con una fragilidad aterradora y encantadora.



Hasta el viernes 28 de febrero de 2020 en le ciclo La línea piensa del CC Borges

por Eugenia Viña, 17 de Febrero de 2020
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