“La vida es triste lo siento, pero es así”. Sustituciones y presencia de la muerte



Como los niños perdidos en cuya orfandad está la muerte de la infancia. Como hacer magia y que salga mal. Como sacrificar algo que no estábamos dispuestos a intercambiar.

Al fondo, sobre un juego de lápidas, se avecina una tormenta. Dos sonidos se superponen: el que le sigue al rayo, un lobo que aúlla. Al centro, en el primer plano, el silencio post mortem. Uno de los gemelos vestido de mapache llora la muerte del otro. El bosque queda en silencio tras la historia narrada por Pergolini (el locutor de radio), ella es profecía. En la hendidura de la tierra cuelgan los pies del asesino que, sentado sobre el pasto, mira de frente al punto ciego en que nosotros nos encontramos. Nadie más que él parece notar nuestra presencia. Miramos, temiendo ser los siguientes.

La muerte animal y la muerte en vida. La infancia muerta. De un miedo muy concreto a la muerte y a su desafío. Analizamos la imagen que Ornella Pocetti y Marcelo Canevari hicieron y que es, además de una pintura, la portada del álbum Post Mortem del músico Dillom.

Al centro está Dillom. Y como Gombrich en Meditaciones sobre un caballo de juguete (1951) indica de las imágenes, no es representación. Al centro, se encuentra sentado Dillom, presencia. Un simulacro que cumple su función. Demian tras matar a sus amigos sin querer, otra vez, la infancia muerta. La música pesa en la imagen, amenazadores, los personajes se disponen alrededor del centro. Un hueco para el observador, que impele a comportarse de cierta forma ante tantas presencias de inframundo. El ídolo que asume el puesto del dios, la imagen que ocupa el lugar de los objetos reales y cumple su función. Es la muerte misma, allí, frente a nosotros. Convocada por tantos símbolos diversos, ha acudido para mostrarse, para tentarnos. Para demostrar que siempre acecha. El asesino al centro de su acto, asume el lugar de la muerte, su puesto. Pero también es humano y el miedo al destino que ha ejecutado en otros, no lo abandona. Así, la compleja trama de sentidos que se plantea a través de las distintas figuraciones presentes en la imagen, no son representaciones de objetos pertenecientes al mundo externo, sino seres en puestos específicos propios. Símbolo y cosa simbolizada cumplen la misma función, ocupan un lugar, el signo no funciona como la mera representación de lo ausente, sino que encarna eso mismo tomando sus funciones.

Luego de la muerte, hasta llegar a la muerte, son escenarios presentes en todos los temas que
componen el álbum. Son, también, los elementos congregados en la imagen. Una representación
requeriría que podamos imaginar el objeto externo – representado - al observarla, en este caso,
necesitamos transitar un proceso más exhaustivo para saber qué es lo que efectivamente se presenta allí, qué hay, como si hubiesen acudido, convocados, a la imagen y ocupando sus lugares, tomando sus funciones, debiéramos temer porque se presentan amenazadores, los personajes. Que son personas, entidades propias. “Todo arte es «producción de imágenes», y toda producción de imágenes está enraizada en la creación de sustitutivos” (Gombrich, 1951), imágenes en sentido amplio (tanto las palabras como la imagen gráfica - pictórica), sustitutos de la muerte, sus causas y sus consecuencias.

Al centro, un retrato de Dillom que estructura la disposición de todos los demás personajes. Como en las antiguas pinturas de divinidades, donde ellas se posicionan al centro y los demás seres se distribuyen reforzando esa centralidad.

Una muerte contemporánea, joven, por pastillas, por ahorcamiento. Ella y su deseo, la
exhaustividad que puede provocar vivir y lo tentador de adelantarla. Guiados por la música, que
está en relación directa con la obra, podemos observar cómo los personajes descriptos no representan, sino que hacen presentes diferentes clases de objetos. En las palabras y en las canciones están todos esos modos de la muerte misma, preanunciados por la imagen de portada.
Post mortem es el título del álbum. Sin embargo, para alcanzar lo posterior a la muerte, hay un proceso que no puede erradicarse. En una interpretación libre, algunos de los conceptos que propone R. Barthes en La cámara lúcida (1989), pueden usarse para interpretar esta imagen. El retrato del músico, quien en diversas entrevistas expresa el sentimiento que origina el álbum y cuya mención, a estas alturas de lo escrito, sería redundante; funciona como sombra, doble, reflejo y retrato, atrapa y es garante metafísico de una existencia. Su juventud, su ineludible, eterna presencia, incluso cuando él como sujeto haya desaparecido. El tiempo no pasará en la imagen. El doble, la sombra, la función del referente absorbida por el signo. La imagen enfatiza el sentido completo del álbum, ¿es posible pensar, de este modo, en una obra de arte aún más compleja? Una suerte de imagen compuesta por todos los signos intercedentes para acercarnos la presencia – muerte en esta obra. La imagen pictórica, las palabras de cada letra; los sentidos aludidos y todos los modos en los que es posible morir. Cuántas formas hay de referirse, de traer, algo que excede todo el ámbito de lo representable, solo mediante estas sustituciones, estos presentismos, es posible.
Pues no hay forma de acercar la muerte a nuestro ámbito, que es irrevocablemente el de la vida, más que mediante metáforas en el sentido nietzscheano. La imagen de algo imperturbable, exceptuado del cambio que es vital, alude a este Fin. Así, siguiendo a Barthes, el Fotógrafo lucha para que no sea Ella la siempre retratada. Al escuchar el disco reponemos un dato central, Ella es la siempre retratada, más aún cuando la figura es la del asesino, aun cuando frente a aquello que nos encontramos no sea fotografía.

La imagen propia, ominosa, inmortal. De este modo, los sucesos que narra el álbum se vuelven
reales, han acontecido. La imagen es testimonio de aconteceres inmortalizados. Del mismo modo
que ocurre cuando, al terminar una película de terror, leemos que todos los sucesos acontecidos son reales, solo se ha cambiado el nombre de los protagonistas para preservar su intimidad, así la imagen constata los eventos. Dillom, Demian, nos observa con el rostro de la muerte porque él es ella. Él, poco más que un adolescente, enlaza su vida a este miedo, así como al de la soledad, que también aparece en las letras. Una vida en ciernes en la que los abruptos cambios que se produjeron no son más que menciones de Ella, de La que venimos tratando. “El efecto que produce en mí no es la restitución de lo abolido (por el tiempo, por la distancia), sino el testimonio de que lo que veo ha sido” (Barthes, 1989). Todo lo que dice, se convierte en realidad. La soledad, al nombrarla, comienza a existir. Los colores de la imagen generan una atmósfera de calidez, la escena es casi infantil. Nada más siniestro. La inerradicable soledad que, siempre presente, vuelve cuando recordamos que nos hemos olvidado de sentirla.

Por gabycisterna IG



Post Mortem, fué el nombre del álbum que lanzó Dillom (el trapero Punk) el pasado 1 de diciembre de 2021


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por Gabriela Cisterna, 2 de Marzo de 2022
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