Colectiva: Resumen de un sueño en el Museo de las Mujeres (Córdoba)

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De alguna manera podría trazarse una línea que conecte, con puntos fulgurantes en esta ciudad hundida un noviembre, las muestras que aloja el Espacio Cultural Museo de las Mujeres. Más allá de las diferencias entre cada una de ellas, algo se percibe conectado entre sí de manera directa. Del centro jocoso y variopinto, con jóvenes y no tan jóvenes agotando bajo el sol luego de una jornada de trabajo, las cervezas del bar peatonal al lado de la entrada del museo, en las inmediaciones de un río y un paisaje de edificios ballardianos más al norte, con un paso nomás, entramos a las salas donde podemos hacer un recorrido que tiene un doblez, al modo de dos caras de una misma moneda. Una moneda lanzada hacia el futuro, con un valor de cambio dual: como reservorio de capital, de un nombre con el que se firma y que constituye para cada una de las exposiciones un universo singular (cada obra ha sido creada por alguien), y al mismo tiempo con un valor que representa la unidad del conjunto, un universo también singular, pero ya no individual: el “Resumen de un sueño”.

Lo que primero encontramos como hilo causal podría verse en la multiplicidad de expresiones, en el modo abarcativo en relación a los temas como a los procedimientos y condiciones en que las muestras se expresan. Lo múltiple, ligado a una nómina de artistas de las más variadas procedencias, trabajando en diferentes tipos de ideas y bajo las determinaciones materiales de cada una, todas dentro el campo de las artes visuales en un arco de tiempo que recorre un camino de lo moderno a lo contemporáneo, aunque no en línea recta ciertamente. Es decir, lo múltiple como cualidad que articula, en sus diferencias, los modelos en que el arte (cierto tipo de arte…) ha tomado rumbo en esta ciudad. Abreviando de la Historia de las artes visuales, cada una de las muestras es un universo construido en el tiempo bajo la firma de una sola artista, pero que por contigüidad y cercanía (en la sala y en el tiempo del arte), se ocupa de pensar otras obras, de cuyos modelos a veces es una posible deriva, otras una interpretación o simplemente una apropiación metodológica (¿qué obra escapa a estas circunstancias hoy en día?), construyendo también un camino, de una obra hasta la otra, consciente y programático entre períodos fundamentales. Ese camino es definido por la curaduría, que interviene en lo conceptual tanto como en el montaje, trabaja poniendo a las obras en un diálogo determinado tanto por el carácter de institución provincial donde se encuentran, como por la mirada reparadora de un concepto articulado, que antecede a, y continúa en, un montaje final, al que acompañarán textos, entrevistas, críticas, más conversaciones y todo aquello que pueda reunir una comunidad de visitantes ocasionales y no tanto, más o menos interesados en desentrañar no solo qué sea lo que se muestra, sino qué hace justamente eso en esta ciudad, en este lugar y en este tiempo.

Colectiva: Resumen de un sueño
Artistas: María del Carmen Marusich, Susana Gassmann, Luz Novillo Corvalán, Martha Chiarlo, Agustina Morón, Silvia Sicoli, Alicia Nakatsuka, Concepción Ordoñez, Sara Fernández.

Hasta el 28 de febrero de 2022 en el Museo de las Mujeres (Rivera Indarte 55, Córdoba)

Textos de Soledad Croce


El texto curatorial y de sala de “Resumen de un sueño”, muestra colectiva curada por Laura del Barco y Cecilia Salomón, reza en su comienzo:

¿Cómo sacar de una imagen muchas más? ¿Contenerla en una habitación y reproducirla en la siguiente? Un cadáver exquisito montado en un museo en donde cada doblez fuera una sala descompaginada y editada con la lógica de un sueño.

Lo que queda flotando, como en un mundo de ensueño, es la pregunta por esa primera imagen… si en el museo las muestras se despliegan, cada una en su sala, en una continuidad que sigue la lógica del cadáver exquisito, construyendo una figura total/final que no se puede anticipar, entonces el método intrínseco de que se trata, supone para cada una de estas muestras, un momento definido y concreto, que la anteceda y le de el pie que toda gramática necesita para construir un sentido: siguiendo la lógica del cadáver exquisito, podríamos equipara el conjunto a una oración articulada en muestras que hablan entre sí un lenguaje común. Esa imagen primera sería la del conjunto, la imagen que se ve en el despliegue total, una forma que en un principio no puede ser más, valga la redundancia, que imaginada, puesta delante como motor y envión para el desarrollo de una narrativa que es la del proyecto del museo.

La lógica del sueño que articula la totalidad de esta muestra, supone un desorden que al tiempo que subvierte el canon de lo establecido en el ámbito local (como expresión de lo que se presenta en fuga, disperso o en otro lado), otorga un lenguaje común a todas las obras. ¿Pero cuál sería ese lenguaje? Se trata de artes cuya expresión es visual, pero el recorrido nos lleva más allá de esa coincidencia que va de suyo. Siendo lo visual lo que prevalece con alguna tendencia a lo escultórico, que incluye también una superficie digital retropoyectada, y unos días y noches en que el grafo y la tecnología del libro como soporte sirven de correlato a algunos cuadros fuera de sí, prendidos fuego, las imágenes han sido puestas en relación... Pero no hay lógica en un sueño, aunque quizás sí la haya en su resumen, cuando el sueño es narrado. Lo que se presenta aquí es de carácter episódico, pero ha sido dispuesto y tiene también como eje conductor el espacio y el tiempo que se comparte; entre una habitación y las que siguen, las obras habitan un lugar en donde algo sucede.

Y eso que sucede empieza justamente en la primera de las salas, en donde un dibujo ya guarda en sí mucho de lo que se pondrá en juego. En el trabajo de Agustina Morón, un ser humanoide gatea hacia un pianito. La música, o ese mueble, como piedra de toque de un desplazamiento con una perspectiva que desafía las esquinas de tres paredes. ¿Qué vemos? Ciertamente un dibujo, que sobrepasa su propio carácter de líneas y motivo. No es el tema lo que importa tanto como el despliegue de una línea que redimensiona la habitación donde nos encontramos, allí su fuerza narrativa: la del espacio y el tiempo reconfigurados de esta sala. Y a su modo, cada muestra reconfigura la línea espacio temporal, no ya de cada una de las habitaciones como de cierta historia narrada de las artes visuales. María del Carmen Cachín Marusich hará ingresar la luz cotidiana y diáfana cuando se posa en lo doméstico: unas verduras, unas frutas, algún retrato que el paso de los días llevan a su encuentro. Las naturalezas muertas, y quizás el arte del registro apresado también en un diálogo audiovisual con la historia, actualizan y sitúan el arte, señalado por un resplandor que también apunta a la sala donde Martha Chiarlo, con temas parecidos, despliega paisajes y naturalezas de todo tipo en una nueva actualización, o desprendimiento, de la que fuera la tradición más reconocida en esta provincia, la paisajística. Viajes con el viento en la cara y colores extraídos de la tierra dan cita a cuadros que tienen la frescura de la ocasión. Entre medio, la obra de Silvina Sicoli expande definitivamente los temas tanto como la técnica, en un montaje que comienza en el suelo, se extiende en relieves sobre la pared y alcanza lo escultórico en piezas concretas. La habitación desborda, aunque dentro de los límites que el propio montaje dispone, como una obra implotada. Dibujos, pinturas, esculturas, bordados, texturas y procedimientos de toda clase. Materiales como la tela, el grafito, el hilo y el metal, dan sustento a un mundo que visualmente nos aleja de lo real, pero que de alguna manera, y sobre todo a partir de símbolos y de personajes que alternan entre lo humano y lo animal, se pliegan sobre el mundo concreto o directamente sobre nuestra dimensión política: un arma de hierro punzante, el desmembramiento de nuestra constitución humana a través de la desconfiguración del cuerpo. Un cuerpo que en la siguiente habitación vuelve a mutar. En la muestra de Concepción Ordoñez, este cuerpo, o estos cuerpos desconfigurados habría que decir, parecen estar en proceso de recomposición, hacia otros cuerpos que se atraen y se buscan en una erótica que emana de sus signos y formas, pero que después da paso a una dimensión afectiva e interrogante, representada por bordados que trascienden la fisiología humana. Esta deriva nos conduce un paso más allá, y en la próxima habitación encontramos la muestra de Sara Fernández. En sus esculturas se percibe una continuidad: el trabajo en la representación del cuerpo; aunque aquí trabajado en detalle a partir de los rostros y diferentes clases de objetos, en un montaje que rebalsa de inmediato la mirada. La obra de Fernández, amontonada, toda junta, apilada, expuesta en unas mesitas de madera y poniendo en cuestión así lo ornamental como concepto, trabaja con figuras monstruosas. Sus piezas provocan, llaman inmediatamente la atención y luego dan un golpe certero: se corre el parámetro de lo bello para dar lugar a un anuncio, las cosas no están tan bien. Las piezas son de formato pequeño, de cerámica reluciente. Tensiona su configuración cargada en lo visual, teniendo un soporte material tan frágil. Pero no tanto como la fragilidad que ostenta la pieza de gran formato que en la sala de en frente forma parte de la muestra de Susana Gasman. Eso en una primera impresión desprevenida, porque luego no es tanto fragilidad lo que se percibe, como delicadeza. Una gran pieza colgante, ¿un tapiz? ¿un tejido? ¿un textil? Conmueve la superficie expandida de esta pieza que parece un desprendimiento de algún cuerpo sutil, y que opera también como contracampo de una vitrina que expone, a través de un proceso fotográfico, un cuerpo dañado. Materiales, técnica y producción, dan cita a un proceso vital y metabólico que se muestra en un registro. También a la transformación y cura biotecnológica y afectiva. Y entre estos dos momentos, al ser puestos en relación, las huellas de una vida que crece y se desarrolla como puede. Un paso atrás para tomar distancia, y como en una película, estamos en un paisaje frondoso y húmedo, lleno de colores, plantas y animales. Los cuadros de Alicia Nakatsuka remiten de inmediato a un arte vinculado en su origen al pensamiento científico. Pero aquí la exuberancia, la disposición escénica y compositiva, dan como resultado un carácter fantástico, nos alejan del gabinete y nos instalan en el campo de la imaginación, en un mundo que colapsa de vida y que es también muestra de un lugar que se mira, que se observa y se conoce, de un lugar donde se vive y se es testigo: un lugar que se habita. Este barroquismo de color, esta luz que se concentra en las superficies sin hiato aparente y sin abrir un camino, se acaba de repente, y tras la pared de Selvática nos encontramos de repente en un paisaje desolado. Ha caído la noche, y en esta nueva habitación, las figuras en los pequeños cuadros escapan en una llama que trepa por la pared, más allá del marco. Una especie de fuego fatuo, pues estas imágenes parecieran haber entrado en combustión por su propia mecánica interior. En este pequeño mundo alguna vez fue de día (hay una bitácora que lo atestigua), pero ahora la noche se extiende y sus sombras bañan un bosque donde hay una casa habitada por una memoria que divaga y también olvida. Luz Novillo Corvalán hilvana elementos para construir un mundo en suspensión, el de un origen proyectado hacia delante como imágenes posibles del destino.

Ya en retirada, atravesando la nave central de este antiguo edificio (que supo ser la casa de unos hombres con incidencia en la política local), una muestra que construye su propia espacio-temporalidad por fuera del recorrido anterior, expone un color rojo profundo que se expande desde la pared a través del piso, en un rebalsarse de la imagen que cierra el círculo abierto por la primera de las salas, y que funciona también como su complemento: aquí no es la línea la que configura lo que vemos, sino una superficie, con borde, pero como un límite que contiene el derrame, no como una línea: el momento en que el derrame se detiene. Y al mismo tiempo, este derrame trasciende las paredes del edificio y nos sitúa en el centro de la ciudad: se trata de visibilizar la situación de las personas con VIH, poniendo en cuestión el modo en que se construyen como sujetxs desde los discursos oficiales (políticos, culturales, sociales).

De regreso a la peatonal, afuera y de nuevo entre la gente que deambula a las apuradas ante la llegada inminente de la navidad, que después tendrá como escenario una nueva ola de contagios, lo que sigue resonando en la cabeza es qué hace esa muestra allí, y por extensión, qué hace allí ese museo. Lo vasos en las mesas del bar de al lado se llenan una y otra vez y continúan en carcajadas y palabras al paso. Una procesión con motivo indescifrable, compuesta por jóvenes disfrazadas, avanza hacia a la 9 de julio a paso indiferente pero buscando la mirada cómplice en arrebatos momentáneos. Todo es ajeno al mundo del arte, pero de algún modo, quien sale del museo no olvida de inmediato la experiencia del recorrido ante las obras, y sostiene sobre lo real una mirada cargada de nuevas impresiones, provenientes de otro mundo en donde no existe la literalidad, y a veces, tampoco conexión con la realidad. Se avanza en medio del caos y medio descolocado.

El arte contemporáneo no construye directa ni necesariamente lazos con la vida. A lo sumo ejerce una acción, la de interpelar a la mirada. Como consecuencia de esto puede decirse que ni aspira a un público masivo ni popular, porque no tendría el poder ni la intensión de forjar o mostrar algo como una identidad.

Soledad Croce, invitada por el museo a escribir sobre “Resumen de un sueño”, comenta en el texto de sala que “el sueño es el punto más radical de lo que puede la imaginación. Y la cúspide de la creación es la posibilidad de construir universos y habitarlos. La reciprocidad del vínculo entre sueño y creación es infinita y nos recuerda que somos dioses pero a veces lo olvidamos.” Siguiendo sus pasos, podríamos decir que una visita al museo nos convertiría en uno de esos seres gnósticos que tienen la facultad de ver los sueños de otras personas, facultad que poseen al no poder soñar ellos mismos. Así, la visita nos daría la chance de habitar mundos posibles, infinitos y ajenos, y ser parte constitutiva de esos actos creativos.

Sobre el final del mismo texto, Soledad parafrasea a Giorgio Agamben para indicar que la creación puede ser también un acto de resistencia, la advertencia de que ahí hay alguien que no ejerce una fuerza hacia afuera sino que libera potencias de vida que han sido obturadas u ofendidas. Y entonces, las muestras allí dentro crecen y se expanden, esos mundos son más que creaciones imaginarias y quien los visite es más que una visita, pues esos mundos terminaran por incorporarse a sus ojos, mientras camina pensando en cualquier cosa, entre el tumulto y el ruido, para seguir con sus menesteres o emprender el camino de vuelta a casa.


Por Matías Lapezzata

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Libros lentos sobre arte argentino. Editores: Santiago Villanueva y Nicolás Cuello.
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