Qué dibujar? | Marcelo Alzetta

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La pregunta Qué dibujar? es peregrina y observadora. El “qué” nos enfrenta a que hay algo que va a ser dibujo y solicita la búsqueda en los espectros de la memoria. En la digresión del recuerdo que ponen sobre el papel, es difícil ver dibujos siendo menos que una idea, están siempre cercanos a las palabras. Pocos sobreviven en ese estado etéreo que linda con la nada, son ejemplares interesantes, que nos cuesta diferenciar de manchas de humedad o vapores en el aire. Si pasan desapercibidos, como si no existieran es porque los ojos aturdidos o ansiosos son menos capaces de percibirlos y en general los confunden con brumas o algo bucólico cuyo atractivo no pareciera estar disponible.

Los ojos adictos son los que cuentan una historia de traumas, TV y resistencias y buscan
constantemente el impacto del efecto. Estos ojos rechazan la glosa del dibujo y deciden la curva
filosa, el negro macizo, la figura nítida, el pasaje corto, sin importar la identidad secreta que se
esconde en ese dibujo solucionado. Son la tenuidad y la monocromía de la línea y la textura que
pasan por manuscrito en la mirada veloz y, aunque no lo son, algo comparten. Son el dibujo de un
pelo húmedo y solitario pegado a un azulejo transpirado.

Algunos dibujos llegan a ser casi letra, las letras son dibujos, etc. La motricidad esforzada que se ve en las líneas apretadas y temblorosas pero también seguras de los nombres de los infantes escritos por ellos mismos traba fijo el vaivén entre el dibujo y la escritura. Una escritura que una vez adultxs nos domesticamos a hacer con un gesto repetitivo, ágil, de izquierda a derecha y en un descenso a veces no tan elegante.

Estos dibujos, los que vemos en Qué dibujar?, miran el vacío que queda en la pintura. O son, sin
mediación, el vacío de la pintura de Marcelo Alzetta. Si los sustrajéramos no existirían esas mismas pinturas. Serían otras, de muy lindos colores seguramente, pero deshuesadas.

Una pintura deshuesada es una a la que se le extrajo el dibujo.

Qué dibujar? se puede visitar hasta el 19 de diciembre de 2021
Los días jueves, viernes, sábados y domingos, de 17 a 20hs

La muestra se expone en el San Telmo (Carlos Calvo y Defensa).
Cita previa 15 5780 6559 o bruno.mflorencia@gmail.com



El dibujo modular de Marcelo Alzetta

Es difícil hablar de una obra de inventos porque las cosas nuevas todavía no tienen nombre. Más
difícil es todavía cuando ya se dijo lo que es difícil de decir y además se restituye como característica principal de la obra esa dificultad de hablar de ella. Claudio Iglesias, en el texto que escribe en 2017 para las obras exhibidas en la galería Walden, la llama ̈imponderable ̈ y es en esa imponderabilidad donde encuentra sentido. Jimena Ferreiro, en 2021, habla de un ̈cadáver exquisito, figura que encarna de manera evidente lo que se ve en los dibujos y pinturas de Marcelo Alzetta. Estos acercamientos son certeros a la vez que tangenciales. No podría ser de otra manera porque la obra de Marcelo Alzetta solo así deja que sea. Esa es la distancia máxima a la que un invento permite que nos acerquemos. Podemos ver las partes de ese cadáver exquisito y la unidad que de todos los miembros resulta nos para frente a un debut de variables que funcionan como un circuito de recorrido a través de las posibilidades del dibujo y de la forma. Es una combinación de elementos tan dispersa como atinada que recita personajes y energías, movimientos y golpes, fantasmas y almas.

En 1899 un grupo de vecinxs se reúne y levanta la voz en ronda. Todxs se ponen de acuerdo: el
zumbido que hacen las luces que empalidecen los adoquines húmedos de Londres es un disturbio.
Un hombre se hace responsable de la tarea de arreglar el desperfecto. Es queriendo calmar a lxs
vecinxs y reparar esta disfunción que prueba modificar las energías de voltaje y descubre que las frecuencias audibles de las bombitas de luz se modifican a la par. De esta forma, William Dubell confirma la sospecha de que la electricidad genera sonidos.

Con mediana certeza es posible afirmar que este suceso es uno de los primeros brotes de lo que
será la música por electricidad o, como también se hace llamar, “música electrónica”.
Su nacimiento es cinestésico, igual que las obras de Marcelo Alzetta. Son una luz que fulgura con música.

Los diseños de los circuitos en las placas de los modulares que Marcelo Alzetta usaba para hacer su música ocupan todo el espacio rectangular que conforma la placa, con rectas perpendiculares e
inyecciones de soldaduras, curvas y platinos, con resistencias y tubitos que pegan vueltas en U y algunas formas de colores que parecen réplicas en miniatura de jarros de vidrio de la Siria antigua.

Sus dibujos son el flujo de energía que circula por el estaño, el cobre y el plomo de las placas base de los modulares y también imitan su funcionamiento. Al igual que en los sintetizadores, la
construcción de sus narrativas es a partir de módulos independientes con tareas específicas que se unen para funcionar juntos y se modifican entre sí. Vemos figuras y formas que se reproducen varias veces, en distintas piezas, o personajes que creemos haber visto pero cuando cambian de escena se transforman completamente al interactuar con una frase escrita con letras en llamas y no con un resorte flotante ni con círculos negros hiperdefinidos.

La clave de la modularidad está en esas siluetas estilizadas y abstractas que acompañan personajes caricaturescos, algunas veces melancólicos, otras tiernos o felices. Entre los personajes y las formas abstractas hay pregnancias de tipos completamente distintos, tanto que, si no fuera por verlos unidos en los dibujos de Alzetta, sería difícil encontrarlos siendo repertorio de un mismo artista o en una misma imagen. La condición modular de los dibujos que se exhiben hace que puedan repetirse y recombinarse.

Los módulos proveen la posibilidad de la diferencia y aun así toleran la convivencia. La interacción modular puede ser también por analogía. En lugar de utilizar la oposición hace uso del magnetismo, de lo camaleónico en las formas de las imágenes. Son casos como el de la tela de araña que, sin perder su identidad, muta y es también ramas de un árbol triste que vive en un florero.

La capacidad de fundir dichos módulos y lograr una unión gloriosa e inesperada lo acerca a Marcelo Alzetta tanto a la figura del artista como a la del inventor. El pensamiento de Alzetta está fragmentado en módulos que se recombinan y su obra es un gran cuerpo modular que vale la pena recombinar también en las paredes. Repetir la visita a sus pinturas y dibujos pero ahora en otro orden porque dicen esta vez algo distinto a la anterior. Es por esto que la obra de Marcelo Alzetta debe, y por siempre, volverse a ver.

Su habilidad de hacer traslados de una realidad a otra y convertirlo en una emoción es la posibilidad de ver la electricidad y la velocidad siendo dibujo. Y no me refiero a los mapas de circuitos eléctricos, con líneas lánguidas y rectas, sino a la idea imaginaria del viaje de la electricidad hasta llegar a ser sonido. Alzetta es capaz de captar la emotividad en el voltaje así como la electricidad es capaz de producir sonido de la misma forma en que nosotros transformamos sopor en un placer vago e incomprensible al ver sus obras. Es que nos explica las formas y los objetos y nos hace recorrernos por diferentes estaciones de la mente y el corazón y arma nuevas conexiones.

Por suerte, llegamos a decirte “te quiero” antes de verte partir Lxs artistas de las generaciones posteriores a Marcelo Alzetta

Texto por Mayra vom Brocke

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