Una rosa es una rosa | Marcelo Alzetta en Calvaresi

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Me gustaría renacer / viajando en el 126 por Avenida San Juan / remera blanca desgastada a punto babé / cuello estirado/ cadenita de plata con dije de fantasía / una piedra facetada azul, engarzada en oro /oro de fantasía
Marcelo Alzetta (2017)


Esta exposición tenía que suceder y acá estamos, celebrando la pintura de Marcelo Alzetta, haciendo de cuenta que la muerte no existe porque su obra es capaz de todo tipo de animismo.2 Estoy segura de ello, pero mi convicción importa menos porque lo verdaderamente relevante es contar la historia de un chico tan frágil como fuerte que logró amalgamar mediante el arte su dolencia, la música y la sanación y producir algunas de las pinturas más bellas y extraviadas que conozco. “La enfermedad te genera estados”, confesó alguna vez, “pasé una buena parte de mi infancia en salas de espera y eso me acercó al dibujo (…) el poder del arte [estaba] ahí mediando, haciendo brujerías”.

Marcelo Alzetta pintaba haciendo magia y creaba a cada paso mundos soberanos gobernados por la fantasía. Imaginación y trascendencia: “Me gusta pensar en cosas ligadas al alma y lo espiritual que se ven reflejadas en lo que uno construye cuando usa la mano y la mente, el espíritu”.4 También quiso ser el mejor artista del mundo. Me encanta esa imagen, no solo porque revela la fantasía de un ranking planetario organizado a partir de datos objetivables (¡pienso en la metodología capaz de organizarlo y me estremezco!); sino porque confiesa una fe en el arte como un oficio notable y como una forma de vida.
Ser el pintor más célebre equivaldría en gran medida a resolver materialmente las condiciones de existencia; una premisa que colisiona con otra certeza: en Argentina vivir del arte sigue siendo una utopía

Ser un artista profesional tal vez sea menos importante que la convicción de pertenecer a un linaje de artistas pintores, que excluye otras operaciones del arte contemporáneo un poco más estereotipadas, pero que deja siempre adentro a la música. Si su historia personal “asignaba” colores a sus pinturas, como le gustaba decir, –colores como estados de ánimos, como canciones, sonidos o sueños—; al mismo tiempo lo hacía como parte de una tradición de pintores de bodegones díscolos, de artistas ingenuos y aficionados, de jóvenes contraculturales y también de una generación de artistas nucleados en los noventa en torno a la figura de Pablo Suárez. Porque si postulamos la “vinculación espectral” que permitió la sociedad artística entre Suárez y algunxs de estos jóvenes –principalmente con
Marcelo Pombo y Miguel Harte—, podemos pensar en un puente temporal que ligue nuevamente a Alzetta con esa escena que conoció hacia finales de la década cuando decidió instalarse en Buenos Aires. La salida del closet de la pintura de los ochenta de Suarez, para descubrir los cuerpos plebeyos rosados que huelen a chicle, inicia una genealogía de personajes rotos y desclasados que encontró en la pintura de Alzetta uno de sus picos máximos. Entre el Pibe Bazooka y el Hombre chicle existe una hermandad histórica que afirma en cada caso su propia singularidad.

La vocación por los géneros menores, los temas humildes y por la tradición moderna, devaluada expresa una sensibilidad minoritaria que representa una de las idiosincrasias más consolidadas del arte argentino. El mantel de hule, las flores de plástico, las naturalezas muertas fantasmagóricas, la abstracción “caniche” fernandalagunesca, entre otras formas que alumbra su última serie y que ahora toman estado público con esta exposición póstuma, pueden pensarse como cadáveres exquisitos: “un juego combinatorio de formas abstractas que componen figuras”,7 que se arreglan para salir y se fuman un cigarrillo mientras esperan.

Estoy segura que estas catorce pinturas producidas intensamente entre 2020 y principios de este año luego de haber acordado con Calvaresi su primera muestra individual en la galería, son el resultado de un trance y del presagio de su inminente trascendencia. Por eso trabajó con apuro y con una lucidez sorprendente. La modestia habitual de los motivos que plagaron su pintura tempranamente –una vez que el comic underground le quedó corto y sus personajes ganaron escena—, parecen ejercicios preparatorios frente a la sofisticación de las obras del final. El mundo freak y tecno dio lugar a la belleza plácida y metafísica con escenas equilibradas y elegantes, como si hubiera programado una
despedida apropiándose del tono mayor de la pintura y celebrando una amistad que los unió desde la infancia.

En una de las tantísimas y sentidas despedidas que poblaron el mundo digital y las redes sociales que más frecuentaba, Eric Olsen dijo que Alzetta había emprendido “un viaje a toda velocidad a través de una noche profunda, sintética y sin final”.8 Una imagen inversa a su encierro pandémico que revivió los cuidados de siempre y la limitación física que redujo su potencia corporal. Aun así su pintura se volvió festiva, chillona y rebosante de vitalidad.

Al igual que Suárez que decía que ‘el hospital me da muchas ideas’, Marcelo Alzetta también tuvo, a pesar de las condiciones siempre adversas, un pico de producción vertiginosa y logró la salida de su disco Museo primitivo en abril de 2020 de la mano de Ulises Conti. ¿Acaso sea posible interpretar ese nombre como una clave para catalogar toda su obra? Meses antes de su muerte, apuntó que le gustaría que su museo está al costado del camino en algún punto entre Tandil y Buenos Aires. El Museo Alzetta, tenga la forma que tenga, será uno de los más lindos del mundo por su belleza bastarda, cursi y rebelde.

Las flores lloran su partida, como los payasos tristes de Enrique de Larrañaga, de quien se había vuelto un coleccionista aficionado. “Quien se acerque a husmear sus obras verá que todo es maquillaje, rubor y disfraz”, escribió Claudio Iglesias en la exposición de su gran regreso a la escena porteña en 2017.9 La pintura es una máscara que engaña tanto como dice la verdad, y la pintura de Alzetta es una mujer con el maquillaje un poco corrido que luce igualmente espléndida.

Me gusta pensar que uno de los posibles comienzos de la fetichizada década del noventa es la obra de Pablo Suárez Rosa de lejos (1987), una pintura de pincelada gestual ochentosa, en la que incrustó una figura modelada de espaldas que descansa sobre una semiesfera.10 El recorte hace que veamos en primer plano un culo y una rosa. El 16 de septiembre de 2020 Marcelo Alzetta posteó en su FB “Una rosa es una rosa” casi como un mantra. Tal vez estuviera escuchando la canción de Mecano –la banda española de los ochentas—, y diciendo al mismo tiempo lo obvio: que él es el heredero genuino de aquella historia. Fin.

En el aniversario de su cumpleaños, Buenos Aires, 19 de septiembre de 2021.

Por Jimena Ferreiro

Del 29 de septiembre al 19 de noviembre en Calvaresi (Defensa 1136 - CABA)



Marcelo Alzetta nació en Tandil, provincia de Buenos Aires, el 19 de septiembre de 1977.
Tuvo una infancia frágil a causa del situs inversus, una rara malformación genética. Desde pequeño le gustó pintar y lo hacía con la convicción de quien quiere ser un artista. Siendo un adolescente comenzó a asistir a las clases del historietista uruguayo Alberto Breccia, en su taller conoció al grupo con el que iba a fundar el colectivo El Tripero y crear la mítica revista que llevóel mismo nombre. Tomó clases con Ahuva Szlimowicz y conoció a Pablo Suárez que lo vinculó a algunos artistas de la escena de los noventa, con quienes comenzó a participar de exposiciones colectivas a finales de la década. Se mudó a Buenos Aires donde vivió unos años, pero en 2007 tuvo que regresar a Tandil debido a complicaciones relacionadas con su enfermedad; dos años después tuvo un trasplante de pulmón. A pesar de la distancia su vínculo con la escena de la capital siguió siendo activo, en 2008 tuvo su primera presentación individual, Windows 77: Fantasía, en la galería LDF y a lo largo de la década siguiente expuso con frecuencia tanto colectiva como individualmente.
En 2017 Ivan Rosado editó el libro Paseo con sus dibujos y pinturas. En 2019 Francisco Garamona dirigió el documental Marcelo Alzetta: una baldosa renacentista que recoge el testimonio del artista desde su departamento de Tandil. Al año siguiente Metamúsica editó Museo primitivo su primer disco de larga duración donde plasmó otra de las facetas que desarrolló a lo largo de su carrera, la música electrónica. Los últimos años fueron críticos, vivía conectado a un tubo de oxígeno y su salud fue deteriorándose cada vez más. A los 43 años, murió el 2 de mayo de 2021 a la espera de un segundo trasplante que nunca llegó.

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