Próximamente Marte | Adriana Miranda y Nina Kovensky en PM

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Blanco,

Reina del Cosmos

Dicen que mi madre, su fantasma, vaga por las calles de Bakú. Que regresó para protegerlos, para guiar a los rusos en su paso hacia al futuro.

Le ponen velas, ven su sombra en las ventanas. Se les aparece en los espejos. Les ladra en la oscuridad. Presagia los rayos, los incendios y las explosiones de los pozos de petróleo, detecta virus nuevos y quiere, arrulla, a los niños ciegos.

Una patraña moscovita. Mejor dicho, otra, una de las tantas que, allí en el Kremlin, se componen con luces, sombras, letras y bastante química inorgánica.

Mentiras, meras mentiras. Aquí, conmigo, en el museo, está su cráneo, mi tesoro, mi refugio, mi secreto. La verdad.

¿No me cree? ¿Ud. dice que esa es la mandíbula de una cabra? Pues mire bien: ahí, en el molar, está la prueba de su esencia canina. Es igualito al mío, torcido para adentro.

Sí, sí, si prefiere, sáquele las correas: con ellas le ataron las quijadas después de dormirla. Cuando despertó, cuando yo nací, se le habían integrado al hueso. Las conservo porque así la conocí. Atada, maniatada.

Como todo astronauta, comía por una pajita que, sin embargo, no interfirió con nuestra felicidad.

Me educó, me enseñó todo lo aprendido en los laboratorios siberianos de la URSS: álgebra, geometría analítica, varios idiomas, principios avanzados de computación, cálculo, administración, literatura y fotografía.

¿Arte? No, a mi madre no le gustaba, no sé por qué. Era una perra educada, una señora de la ciencia, una ingeniera de gustos conservadores. Fue a la escuela del Dr. Schulz, un alemán que había logrado su sueño: demostrar que todos los animales pueden aprender a hablar. Los operaba, les implantaba cuerdas vocales de terneros nonatos. Con eso, alcanzaba para que todos, perros, loros, renos, hablaran como vacas. Perdón, quise decir, como humanos. No quise ofenderla. Disculpe.

¿Pudo desatarlas? No sabe cuánto se lo agradezco. Hago ecuaciones con los pies pero no tengo manos y con mis dientes, nunca pude. Además, tampoco soy un zorro. Perra vieja y a mucha honra.

Si, acertó: a las correas les debo este dejo de perro genovés. Condenada a mantener los dientes apretados, mi madre silabeaba casi silbando. Así me crió, así aprendí, imitándola.

Estábamos solas y en la Luna. No escuchaba a nadie, nada, salvo su voz. Sus gruñidos mascullados, sus chirridos. Nunca me ladró, no podía.

¿Cómo va a ladrar ahora, en la oscuridad de las calles de Bakú? Imposible.

Juntas viajamos al espacio, juntas descendimos. Yo, al llegar, apenas era una cachorrita. Bajamos contentas, ella la primera, moviendo la cola, oliéndonos el culo para confirmar que estábamos vivas. Recién entonces miramos para atrás, para arriba, para los costados. La cápsula, la nuestra, ya no estaba. Había vuelto a partir.

En ese valle, no había nada o, mejor dicho: además de nosotras, estaban las piedras y el destino al que nos habían enviado anunciando que la mandaban a dar una vuelta, a morir por la ciencia, a la eternidad. Y a matar de rabia a los norteamericanos. Era otro mundo. ¿Le suena absurdo? Un poco quizás, pero no exagere: este no es mejor.

Repasemos: cuando el cohete despegó, yo, todavía, no existía. Al día de hoy nadie sabe que existo ni que alguna vez nací. Salvo Ud., mi cronista, la fotógrafa de mi museo, de mis restos. Confieso que me gusta cómo me llama: Bianca, la reina de el Cosmos, la emperatriz del desierto y del espacio. A mamá también le hubiese agradado pero, en vida, prefirió ocultarme en el silencio. Creía que sin nombre nadie me vería.

La habían preñado en secreto, otro experimento. Le metieron material genético de no sé cuántas especies porque, por entonces, estaban seguros que la Tierra volaría por los aires. Había que salvar a los rusos, a su naturaleza, a su saber y a su alma. Su grandeza. No tuvieron mejor idea que inyectárselos a una perra. Mi mamá y su barriga fueron el Arca de Noé que enviaron al cosmos. Las noticias dijeron otra cosa, ya sabe Ud., pero la verdadera misión era esa. Prolongar la vida soviética en el receptáculo que fuera.

Venga, recorramos el museo y verá nuestra progenie. Todas esas perras que nos miran, como embalsamadas, están vivas. Mis hermanas, mis hijas. Yo decido cuando mueren, cuando nacen, cuando se duermen. Somos hermafroditas y con olernos, nos alcanza para que todo vuelva a empezar.

Hemos conquistado este planeta con paciencia y parsimonia, convencidas que estaba vacío y que el rojo teñiría el porvenir. Hasta que, en una expedición, cuando ya éramos jauría, descubrimos la presencia de una raza que construía casas de piedra, cuevas y nichos, le rezaba a estas cuevas y a las cascadas de fuego. No hablaba ruso ni francés y nos trataba brutalmente. Nos pateaban y nos tiraban piedras.

Los dejamos hacer y, mientras tanto, aprendimos sus costumbres, coleccionamos las rocas con las que creían lastimarnos y observamos su decadencia sabiendo que, tarde o temprano, desaparecerían.

Irina Podgorny
Investigadora Principal del CONICET
en el Archivo Histórico del Museo de La Plata

Cierra el sábado 16 de octubre de 2021 en PM (Tres Sargentos 463 - CABA)

Trastienda: Nushi Muntabsky, Miguel Harte, Guido Orlando Contrafatti, Lorena Ventimiglia, Angel Gabriel, Sandro Pereira.


Nina Kovensky. Nació en 1993 en Buenos Aires. Entre 2011 y 2012 cursó la Beca de “Casa Escuela de Arte”, y participó de Isla Flotante donde realizó “Mi primer trabajo, Mi primera muestra”.
En 2016 hicieron una exposiciòn con su padre Martìn Kovensky en la galería El Gran Vidrio. Ese mismo año participó de "puesta en órbita" con Aníbal Buede. En 2017 hizo el Programa de Artistas de la Universidad Di Tella. Ese mismo año, gracias a una beca de formación del FNA realizó el documental “Que Aparezca Maresca”. También en 2017 inauguró “Klapaucius:;:; ” una muestra individual curada por 141 personas, en Galería Isla Flotante. En 2018 realizó “Realidad Disminuida” para el Barrio joven de arteBA donde obtuvo un Premio en Obra. Desde el año 2019 realiza performances colectivas en transportes públicos a las cuales titula “interferencias”. Actualmente forma parte del colectivo político-culinario llamado “Caterine Ful Lov” junto a Lucía Reissig y forma parte del staff de El Gran Vidrio.

Adriana Miranda. Estudia en la escuela de Cine de Avellaneda. Muestra en la Bienal de arte joven de 1989. En 1990 conoce a su consejera y mentora, la artista Liliana Maresca, con quien colaboró durante mas de 4 años, y a su maestro de fotografía, Juan Travnik. En 1995 realiza un taller de retrato con Humberto Rivas. Trabaja haciendo reproducciones de arte, dicta clases de Sistema Zonal, integra el equipo de Historia Oral, de la Universidad de Buenos Aires, crea el archivo de fotografía de la U.B.A. y trabaja como corresponsal en la agencia DyN. Además de una beca del Fondo Nacional de las Artes (1990), recibió la beca Antorchas por “El objeto viviente” (1994), la beca PROA taller donde conoce a Lucas Fragasso en su clase sobre estética (1994) y la beca Fulbright (1995) para estudiar en la Universidad de Nueva York. Allí, donde vivió por 10 años, trabajó como fineprinter y se especializó en edición fotográfica. A partir de 1999 intercala estadías en la residencia del espacio La Panadería, México DF., participa en proyectos de Michèle Faguet con un grupo de artistas contemporáneos. En este nuevo período, se inicia como fotógrafa de arquitectura, también trabaja haciendo fotografías de instalaciones y acciones de artistas. Instalada en la Argentina desde 2007, por el trabajo “El espacio de acá” recibe en el subsidio de la Fundación Banco Nación (2009) y el Premio nacional arteBA-Petrobras de artes visuales (2010). En 2014 publica el libro “El objeto viviente”, editorial Fotógrafos Argentinos. Desde el año 2013 vive en la ciudad de San Juan, donde tiene alumnos de artes visuales, comienza a colaborar con Irina Podgorny para distintas publicaciones. Actualmente es parte del equipo dirigido por el antropólogo Alfredo Gonzales proyecto de extensión universitaria de la Universidad Nacional de San Juan. San Juan. Argentina. 1969.


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