Los primeros pintores eran cazadores | Joaquín Aras, con texto de Mercedes Casanegra

“Los primeros pintores eran cazadores” explora los puntos de encuentro entre las imágenes y rastros de la violencia y el placer estético en las artes visuales; indagando sobre las similitudes y diferencias formales entre una escena de un crimen y una obra de arte.

El proyecto retoma una tradición pictórica vinculada al gesto impulsivo y primitivo (abstracción lírica, informalismo, el arte destructivo), y al cine policial y de terror; para preguntarse sobre los límites del placer estético, el morbo y la ética/estética de la violencia.

Pintar es tan primitivo como la violencia. Los primeros pintores eran cazadores. Pintaban a sus victimas (bueyes, jabalíes) y también a las amenazas que los rodeaban. El color de los minerales que utilizaban para sus pinturas se parecía al de la sangre. Las escenas de caza, con el tiempo abandonadas por la pintura, se actualizan en el siglo XX en el cine de terror.

Nuevamente la pintura remite a la sangre. Esta vez, la víctima ya no es sólo animal sino humana, y la representación del acto de matar se vuelve detallado, sangriento y realista.
Existen dos tipos de espectadores de terror: los que se identifcan con la víctima y sufren durante toda la película, y quienes festejan al asesino y disfrutan de sus atrocidades.
¿Pero por qué nos atrae tanto la violencia en el arte cuando la condenamos en la realidad? ¿Cuál es nuestra relación con la violencia?¿La representación o exhibición de la violencia es violencia? ¿Puede haber poesía en el horror?

El arte es uno de los pocos ámbitos donde podemos disfrutar de algo que nos desagrada.
Lo obsceno, si bien fascina, compromete a quien mira a experimentar algo que lo divide, que lo molesta. Las imágenes de violencia obligan a tener una postura ética, demandan una mirada atenta y cuidadosa. El terror, a través del shock nos hacen cuestionarnos acerca de la realidad que nos rodea. Es a través de la empatía que imaginamos ser esa otra persona, imaginamos qué se siente sin sentirlo en realidad, sin el riesgo.
El espectador se siente empoderado porque sobrevivió a la experiencia de ver eso.
La violencia sublimada en acción estética funciona tanto para el autor como en el espectador. Ver algo que induce horror o agresión, hace que nuestro temor o agresividad se vaya, como si hubiera sido satisfecho. Para combatir la violencia hay que entenderla. El desafío es separar la contemplación de lo horrible de la vivencia del horror.

Esta exhibición presenta una puesta en escena de una escena de un crimen. Una forense analiza manchas de pintura, gestos violentos y frmas siniestras; mientras una crítica de arte escribe un ensayo sobre la violencia. Peritaje, muerte y abstracción. ¿Un ojo no entrenado podría distinguir entre la sangre y la pintura?

La violencia presente en la exhibición no atenta contra cuerpos reales sino contra el medio mismo: contra la pintura, contra los materiales escultóricos, contra el cine, contra la palabra.

Matar al arte, a los artistas, al público, en el fn de la civilización.

¿Hasta dónde llegan los límites del arte?
¿Es la atracción a la muerte un delito?
¿Es el artista un criminal?



Nadie duda que hoy en el planeta entero se viven tiempos violentos. No nos detenemos en las razones de la situación general, que serían infinitas.
Abordamos aquí un hecho artístico, Los primeros pintores eran cazadores, exposición de obras recientes del artista argentino Joaquín Aras en Piedras, galería de arte. Se trata de una propuesta pictórica e instalativa en la cual el escenario es el espacio de la galería, que no es un local comercial a la calle, sino un departamento del edificio de los Atlantes construido por Mario Palanti, arquitecto italiano, en 1914. Por lo tanto, hay razones que favorecen la puesta en escena ya que hay amplitud en los ambientes y la propuesta se desarrolla en dos salas. Los cielorrasos son altos y algunas de las paredes tienen molduras arriba de los zócalos. Esta descripción interesa ya que la exposición se compone en gran parte de instalaciones pictóricas realizadas, aunque no todas, sobre la misma pared blanca, y también de obras exentas sobre planos, colgadas como tales.
La propuesta es compleja y la primera sala propone de manera directa y apropiada una escena del crimen que habría sucedido en un ámbito doméstico, aunque neutro también.
Una de las primeras protagonistas de esta sala es una mancha roja particular con chorreados, que podría ser de sangre como huella de un ataque corporal, o de pintura roja. La ambigüedad queda latente.
El artista no sólo se documentó y tomó contacto con la criminología, sino que invitó a una experta en esa materia a hacer el estudio de la virtual escena del crimen y a verificar, también, la verosimilitud de la puesta artística con una real. Así, la voz de esta profesional aparece a través del relato grabado, como parte del sonido de la instalación de la primera sala, es decir, ella tiene un papel en la obra, ya que además aparece físicamente realizando su trabajo: el análisis de la escena del crimen. Y, en este contexto y a raíz de esta experiencia, Joaquín consideró a esta profesional por su sensibilidad también como una artista al encarar su participación dentro de esta escena, aunque no sea su profesión formal. Un audio, registro de su locución y firmeza del discurso de análisis de la escena resuena a la de una actriz que desarrolla un papel. Un gran cuadro escrito acompaña en otra pared a la sangre, que es la evidencia del crimen. Está escrito en rojo. Se podría formular la pregunta si se trata de letras de sangre. El artista lo propone como un gran poema.
En la segunda sala hay varias obras que ilustran relaciones e instancias particulares de la primera, tal como si fueran observaciones y puntualizaciones en torno al hecho central sucedido. Una foto muestra un brazo humano en cuya parte anterior se advierte grabado un bisonte y se exhibe también una gran navaja que se apoya sobre el diseño, tal como si hubiese intervenido en la realización de esa marca punzante. Otra, muestra una mancha de sangre, como si se hubiese fotografiado parte de la acción criminal. En otro monitor aparece la profesional, con ropa adecuada, durante el análisis de la escena del crimen.

Uno de los videos es un mix entre cine experimental y cine de terror.
El título de la exposición Los primeros pintores eran cazadores contiene una clave central para la interpretación del sentido general de toda la puesta, ya que los pintores primitivos eran cazadores e ilustraban a sus víctimas tal como los casos de las pinturas encontradas en cuevas prehistóricas de Altamira, Chauvet y otras.
El artista en la segunda sala pone a prueba al arte mismo al asimilar la pintura a la sangre, ya sea humana o animal, y el arte permite su representación.
Al tratarse de arte y no de criminalística, aunque la ficción sugiera un paralelismo en este caso, todo elemento formal se observa también desde un punto de vista estético. Así, esta exposición podría formar parte de una tendencia contemporánea, cuya vigencia se mantiene, marcada entre otras por Sensation, exposición de jóvenes artistas británicos de la Colección Saatchi, inaugurada en la Real Academia de Artes de Londres y que itineró por Berlín y Nueva York entre 1997 y enero del 2000. Allí el ensayo de Norman Rosenthal, llevó como título La sangre debe continuar fluyendo, el cual ofrece un antecedente en línea con la idea de la propuesta de Joaquín Aras. De manera más reciente Estéticas de lo extremo, compilación de ensayos de estudio de varios autores, editado por Elena Oliveras, catedrática argentina especialista en estética contemporánea, cumple en advertir una tendencia tanto en el arte como en el pensamiento del presente.
Si nos detenemos en el título de la exposición de Joaquin Aras, nos remite también a una relación con el Primitivismo de manera global. Este gran tema fue objeto de “Primitivismo”, en el siglo 20o, una gran exposición, organizada por el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1988, que analizó la influencia y paralelo entre obras de pueblos originarios del planeta entero y obras de arte europeo y americano del siglo veinte. El arte primitivo tuvo una influencia central en el surgimiento del arte moderno a comienzos del siglo XX.
Por último, se puede afirmar que toda la exposición es un diálogo vibrante y estrecho con el espectador, como si Joaquín Aras hubiese pensado de antemano en las reacciones y reflexiones a las cuales conducen la puesta y el desarrollo. Una obra de la segunda sala es una pantalla que simula un líquido chorreado y tiene inscripto un breve texto: “¿Es el espectador cómplice?”
Esta pregunta es un acto de sinceramiento de parte de la población del planeta Tierra, o al menos de Occidente, quienes creemos ser personas civilizadas, y sin embargo, queda latente este cuestionamiento para cada visitante de la muestra: si no percibimos de manera interna que cierto grado de violencia nos constituye, entre otros componentes de nuestra psique. No lo deberíamos negar porque no sabríamos en profundidad quienes somos, en verdad, como seres. La antigua alquimia indica de manera simbólica que en la constitución humana de cada persona hay una parte donde predomina la materia con respecto a lo espiritual. Muchos pueblos en la historia han conocido y practicado esta disciplina, que es inherente a nuestra naturaleza.
La sangre, protagonista en esta exposición de Joaquin Aras, es un elemento altamente simbólico. Aquí se la asimila a la muerte, pero es también símbolo de la plena vida humana y animal.

Mercedes Casanegra
Abril 2021

Fotos de Sala: Catalina Romero
Retoque: Joaquín Aras

Asesoría forense y colaboración artística: Carla R
Colaboradores: Mariu Fermani, Jorge Espinal, Clara Esborraz, Pablo Ragoni, Ignacio
Tamarit









La muestra inauguró el 14 de abril y se puede visitar hasta el 9 de julio de 2021 en Piedras (Avenida Rivadavia 2625 piso 4 - CABA)

Visitas solo con cita previa a: cita@piedrasgaleria.com

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