Batalla de El Pari | Federico Cantini en Diego Obligado (Rosario)

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Estar en una
por Daiana Henderson

De chicxs experimentamos una abstracción al jugar con muñequitxs, abismados en el decurso de situaciones que les vamos tramando. Llega un día en que los cuerpos plásticos no emanan energía, el auto no enciende, forzar el diálogo se siente ridículo. La gracia se ha esfumado dando lugar a la autoconciencia. El temprano ensayo de la vida adulta comienza así, emulándola, creando un mundo social para interactuar en él, o haciéndoles decir cosas a objetos. Ese trance ocurre en la invisibilidad, mientas el jugador no se sepa observado, ni siquiera por sí mismo

Podríamos pensar que la acción o producción artística tiene la capacidad de abrir esa dimensión invisible, sin saber de antemano cuál es la llave ni la puerta, que van apareciendo en la huida de la autoconciencia tras el canto de la gracia. No se logra con mera voluntad, tiene que haber sinapsis. Lo opuesto al arte es la creatividad, ese activo exacerbado por el capitalismo estético que le exige a la individualidad expresarse hacia el afuera, buscando producir identificación en una marea de iguales. El arte no apunta a la distinción, sino a la diferencia. Al ingresarse, lo diferente pasa a ser parte de lo real desde siempre. El arte cambia lo real para atrás y reclama la existencia de su diferencia en el
futuro, para eso debe sobrevivir al presente.

En la prehistoria mesoamericana, algunas comunidades grababan, en tierra o en piedra, representaciones sintéticas —antecedentes lejanos de la escritura— para contarle al porvenir sus modos de vida, lo que implicaría que esa civilización portaba la sospecha de su propia extinción. Nosotrxs somos el porvenir de esas piezas: en simultáneo que las leemos, constatamos la extinción. En nuestros monumentos patrios vemos la dramatización perenne de los hitos que escribieron la historia con sangre (con qué otra cosa) o al menos un relato unificado en mármol o bronce.

Federico Cantini mete los pies en el barro, con todo el simbolismo de la expresión. Más que un trabajador del arte, es un artista fabril, o un artista constructor, como él lo ha dicho. Lo comprueba su anterior producción compuesta, entre otras cosas, por máquinas escultóricas refuncionalizadas de manera poética. Los materiales y formatos presentes en esta muestra contrastan con gran parte de los utilizados previamente. Existe una profecía bíblica que sostiene su parábola en la imposibilidad de unir hierro con barro.
Cantini produce, al interior de su obra, una aleación de elementos de naturaleza opuesta.
Barro seleccionado y extraído manualmente de las costas isleñas del Paraná, en lenta recuperación de la bajante histórica de 2020 y del fuego sojerocerdoinmobiliario, es transportado en una bolsa de consorcio a través del río hasta una casa-taller, donde es amasado y modelado, dibujado con alambres y palitos, esculpido con un tramontina o con una tarjeta de plástico intervenida para dar relieve a una persiana. Simbólicamente, el barro hace su regreso a la ciudad, de donde fue expulsado, y se convierte en materia prima de las formas urbanas. Como en un sistema de reenvíos, las obras atraviesan el mismo proceso de elaboración que un ladrillo, unidad mínima de la construcción. Todo se
detiene al nivel del relieve, no hay superficies de inscripción, no hay grafitis en las fachadas, así como no hay tatuajes ni vestimentas, a excepción de un pantalón caído que acentúa la desnudez, una gorra de policía y un chaleco antibalas.

En un acto de protección, la piel se engrosa cuando es sometida a la fricción o la presión.
Con tacto grueso se definen unos sujetos cargados de dramatismo corporal. Flashes de una nocturnidad turbia: transas, buchones, vigilantes, cachondos, limados, lúmpenes, trasnochados, rotos, en esquinas, en bocas de lobo, en paseos comerciales cerrados, intercambiando todo tipo de sustancias. Casi el reverso de los personajes laboriosos y dominicales de zona sur pintados por Orlando Belloni. Acá, supongamos que en zona norte, el vecinazgo está ausente, las rejas cerradas y las persianas bajas son escenarios para la aparición de estos “muñecos” —valga el coloquialismo— que hacen sus manejes, que “están en una”, como abrevia la expresión de época. En ambientes de baja luminosidad, las pupilas se potencian para absorber cualquier mínima incandescencia. Hoy, que asistimos al relativo vaciamiento de la ciudad, por salud, por economía, por inseguridad o por la fantasía de una vida más rural, estas obras monocromáticas aventuran un rescate de la noche, como un romance sin sentimentalismos. Cero caretas.

¿Y qué es “El Pari”? Puede ser un apodo, un barrio o la traducción fonética de party, “fiesta” en inglés (en su último hit reguetonero la trapera local estrella canta estamos ready pal pary, pero, ey, no toque mi naik). Según la historiografía, La batalla de El Pari fue la más sangrienta de Hispanoamérica; el ejército español resultó victorioso, pero sufrió tantas pérdidas que quedó definitivamente debilitado, lo cual sería crucial para las ulteriores independencias del Sur. Es lo que se conoce como una “victoria pírrica”, un triunfo táctico con un precio demasiado alto para el bando vencedor, incluso más que para el vencido. Cuenta la etimología que el rey griego Pirro, tras triunfar ante los romanos con miles de
muertos en sus propias filas, contempló el campo de batalla y dijo: Otra victoria como
esta y volveré solo a casa.


Inauguró el 18 de junio y se puede visitar hasta el sábado 31 de julio de 2021 Diego Obligado (Güemes 2255. Rosario)

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