Despojos | Oscar del Barco en el Museo Palacio Ferreyra (Córdoba)

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Las obras de Oscar del Barco se muestran en el tercer piso del Museo Superior de Bellas Artes “Evita” Palacio Ferreyra. Limpias, acaso brillantes, expuestas en orden y dispuestas a los ojos a lo largo de cuatro salas completas, rebalsadas de pinturas de toda clase. Fuera del tiempo de esta ciudad helada, y más bien inscriptas en lo profundo de un mundo que es otro, ahí expuestas, reclaman por la vuelta al hogar, a su núcleo primigenio. No hay otro modo de enunciar esa mueca imprevista e incómoda que proviene de los cuadros, y que pareciera, a través de su fuerza arrebatada, querer sustraernos.

Ordenadas según sus temas, la exposición se recorre a través de muchos tipos de registros, que se pueden diferenciar a grandes rasgos como abstractos o figurativos y llenos de luz u oscuridad. Hay poco más de ochenta cuadros de casi un millar que hay producidos, dispuestos uno al lado del otro en un recorrido que dibuja un rectángulo. Cuadros colgados que son muchas cosas en el carácter abierto de su propuesta, pero que no son nunca más o menos que un cuadro. Aquí no hay una exposición instalada, en el sentido de que los cuadros no son más que obras colgadas en una pared, sin nada que busque un significado por fuera de ese dato, y así, lo que importa para cada caso es la pintura, que pone en tensión la norma contemporánea, actuando con libertad en un espacio de legitimación que en general, por diferentes motivos, busca extender el campo de la pintura a lo escultórico, al pensamiento en relación al espacio o a la hibridación que supone querer extender lo visual a todos los territorios posibles.

Lo que esta muestra pueda representar se escapa casi por definición, porque lo que hay, en definitiva, es un momento que no deja de latir y proyectarse en todas direcciones. En un sentido, hacia el pasado, en una filiación histórica con referentes pictóricos precisos, pero también hacia el futuro, en esa insistencia del hacer sin esperar nada, en la búsqueda de lo que aparece sin previsión, aunque por supuesto no desprovisto de lenguaje, aún cuando lo que sea que se haga no pueda decirse con palabras, no pueda escribirse, no pueda hablarse, no pueda más que ser metido, arrojado, puesto, dejado, pegado, incrustado, en un cuadro.

En la sala principal un texto anuncia el título de la exposición: despojos. Hay una tensión entre ese título y las obras. Se hace referencia con él, y sobre todo, a los medios de producción. Los cuadros han sido realizados con descartes o con materiales que no fueron pensados para tales fines, y con otros en proceso de descomposición, elementos orgánicos expuestos al paso del tiempo. Y si bien esta referencia es efectiva, contradice de algún modo la vitalidad que exudan. O quizás de manera justa éste título señale el lugar donde late el pulso de la pintura, elemento y material que prevalece con exclusividad en cada uno de los procesos de estas obras. En las huellas y el deslizamiento del pincel, de la mano, de las herramientas o de cualquier otra cosa, fuerza o elemento que pudiera haber actuado sobre ellas, lo que hay está vivo bajo en esa latencia que perdura por debajo de todo, en lo que que parece que está olvidado y al margen, que no sirve, que está muerto.

Lo que se presenta entonces es creado con pintura, mucha pintura, con soportes que no se preocupan por ser un lienzo, y con agregados que en otro lugar quizás puedan llevarnos a pensar en un más allá de esta disciplina, pero no aquí. Hay pinturas con más o menos relieve, con más o menos “despojos”, pero siempre contenidas en la expresión de la forma y el color de una superficie que tiene un límite. Pinturas de principio a fin, pinturas ahí que esperan, quizás, volver a casa, para seguir alimentándose de tierra y tiempo, y con paciencia deglutir todo aquello que ofrece la intemperie (pues este lugar de origen es a cielo abierto, sin el techo de la escuela ni de las las instituciones) y volverlo alimento corrosivo y mutante, un virus que rompa las paredes celulares de los soportes y se replique, desintegrando todo atisbo de permanencia que no sea más que existir en un devenir de profundo y constante cambio, siempre lo mismo, en la espera intrínseca a toda obra: la de encontrar una mano con ojos a la que ser ofrecida.

Afuera del museo, desde un más allá del ruido de las máquinas y de la vida que bulle en las inmediaciones del Palacio, signado en la noche por la luz extraviada de un faro estatal y por las luces de los autos que dan vueltas a la rotonda de la Plaza España, llega un gorjeo de pájaros que vuelan como una sombra. Podrían ser quiebres en la voz de una vida, ecos que vienen de lejos y anuncian como parte de sí, como parte de sus cuerpos emisores y huecos, a estos cuadros que existen en la muestra en un desesperante paisaje lúgubre, el de un mundo que se acaba o, en su reverso perfecto, que está en el instante mismo de su comienzo.

Cuando tenemos que resistirnos ante la fuerza de atracción algunos de los cuadros (porque en algunos dan ganas de meter la cabeza adentro, o un brazo), o cuando una onda expansiva de colores brillantes se emite de alguno de ellos, sobreviene una imagen, otra vez: a estos cuadros se les podría arrancar la superficie, traspasarla y descubrir detrás el tiempo en múltiples hilos de rastros, que se perderían más allá todavía, y que nos conducirían… ¿a dónde? Quizás a un instante sacrificial, que percibido de tal modo y a través del cuadro se actualizaría aquí y ahora en cualquier vida, en el hálito de cualquier existencia. Y entonces estos cuadros, algunos de estos cuadros, o más bien este obrar, es un modo de abrirse paso, de indagar y de actuar ante aquello sobre lo que no se puede ya decir nada: el desastre total, la miseria, la destrucción y la muerte que avanza en medio de la vida, de una vida. A eso, a ese grito sordo que lo atraviesa todo, conjurarlo una y otra vez por un instante que se agota ahí mismo, con un cuadro, o un gesto, y por eso, otro cuadro, y otro más.

A la vista, viven los trazos, las rajaduras, los acoples que actúan en la profunda oscuridad y también bajo el poder de la luz de colores explosivos y el fuego. Se desgrana una composición, un empaste, brota una pincelada, se corre y se chorrea, salpica, se cae una pieza, un pedazo, una parte, y aparece otra. Se corta y se pega. Se escarba dirá del Barco, se grita al borde de la nada, sin razón y siempre en lo mismo, en una búsqueda ciega que deja al descubierto lo que va apareciendo sin razón, pero que se amalgama en las maderas terciadas, en los lienzos, en el papel, en las chapas, como capas y sustratos de sentidos donde aparece de manera inevitable la historia. La historia de una vida en expansión, abocada a la acción creadora, la de un pensamiento que se incrusta en lo real (lo dado, lo que haya, lo que sea, lo que fuera), en una melaza de imágenes vivas y cambiantes, pero que también se insertan en la trama de la historia del arte y del mundo. Desde un cuarto de una casa en un barrio cordobés, en compañía y al cuidado, o cuidado por, una brisa, ladridos, maullidos, presencias y una tela de araña, el sonar de unos parlantes que a veces conducen las ideas: vibraciones del aire que configuran una fuerza de choque, un rapto, un movimiento de la mano y del cuerpo que hacen que algo irrumpa. Lo que sea.

Por Matías Lapezzata


Despojos | Oscar del Barco en el Museo Superior de Bellas Artes "Evita" Palacio Ferreyra (Hipólito Yrigoyen 511 - Córdoba). Del 23 de abril y cierra el 30 de julio 2021

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