De los días 2020 | María Inés Tapia

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Maria Inés Tapia Vera siguió produciendo durante la pandemia, como tantos otros artistas. Y también, como todos, lo hizo como pudo, no sólo en el sentido de las específicas limitaciones logísticas y materiales que pudieron haber surgido en el ámbito del taller, quizás no demasiado diferentes a las habituales en épocas “normales”, sino en medio de las otros peligros, exigencias y traumas que trajo aparejados el impacto de la enfermedad, y que afectan absolutamente a todos y cada uno de los miembros de la comunidad, cualquiera sea su ocupación, status social u oficio.

La artista entrega ahora una serie de trabajos gráficos bajo el título de “Los días 2020”, elaborados a lo largo del último año, y la predominancia en ellos del formato reducido podría tomarse como una imposición de la coyuntura, aunque también están allí esas cuatro grandes telas para relativizar suficientemente la influencia restrictiva de los acontecimientos. Tapia Vera convierte la adversidad en recurso, lo cual habla de una sólida vinculación práctica, utilitaria, con el soporte y los procedimientos técnicos – en este caso del dibujo, la impresión, el archivo de imágenes – y una vez más se adueña de su lenguaje con refinamiento estilístico y una lucidez formal y conceptual de contundente precisión.

En la serie “Calendarios”, las hojas de almanaque del aciago 2020 , con su implacable fichaje temporal, instalan un dramático telón de fondo referencial en el hábitat de los retratados. A la vez, los elementos directamente referidos al perturbador contexto son, cada vez que la artista recurre a ellos, sólo los mínimos necesarios, como corresponde a una elocuencia moderada, económica, quizás más cerca de la alusión y la alegoría que del testimonio, casi de igual a igual con otras marcas de cotidianeidad, más neutrales y universales. Así, el retrato de perfil de un anónimo transeúnte que lleva barbijo, junto a dos enormes y sospechosos mosquitos y una hoja de almanaque con la fecha clavada en ella, no tiene más relevancia descriptiva que una joven mujer vista de espaldas, tatuada con profusión de ornamentos y figuras orientales, enfrascada en la manipulación de lo que se adivina como el sempiterno celular frente a un anaquel con equipamiento fotográfico.

En sintonía con el despojado naturalismo que impregna toda su obra, Tapia Vera práctica una saludable ética de la reticencia, y se niega a cargar las tintas en las iconografías y escenas del folklore pandémico; sin eludirlas, cuando las exhibe lo hace sin facilismos ni demagogia, porque de lo que se trata es de no cristalizar fatalmente los rasgos de la persona según el omnipresente hechizo de la peripecia colectiva. Y la sobriedad que adjudica a sus protagonistas es parte de la misma preceptiva: conjeturamos alguna silenciosa tribulación, el refunfuñamiento milenial, la mirada perdida que es un poco distracción y otro poco introspección, alguna postura desafiante, el malhumor que apenas disimula el encono, pero nada de eso parece atribuible al arbitrio imperativo de las circunstancias. Lo que importa es la singularidad caracterológica y no episódica de los personajes, sumidos en una instancia existencial válida por sí misma, casi sin anécdota, equidistante de cualquier eventualidad, mandataria y soberana aún sobre lo que pueda sobrevenir de pernicioso y amenazante, como si lo que verdaderamente afecta a estos individuos no fueran las inclemencias exógenas sino las topografías misteriosas del impalpable territorio subjetivo, a veces desconocidas hasta para ellos mismos.

En el tangible presentismo de esta galería inequívocamente autóctona y de conmovedora autenticidad habita una suerte de pausa meditativa, de sereno ensimismamiento, para ahuyentar toda exterioridad y pintoresquismo frente a los avatares de un tiempo en el que vemos alterarse violentamente los rituales y los códigos, entre el cultivo de la interioridad y la reclusión obligada, entre la tan anhelada intimidad y las crisis de la domesticidad vivida como condena.

Tapia Vera se muestra sobradamente cómoda en la tradición figurativa, a la que adhiere vinculando con virtuosismo y sensibilidad el tratamiento clásico de los volúmenes, la objetividad documental del reservorio gráfico, y el barroquismo detallista del paisaje suburbano. La extraordinaria orquestación de una escenografía caleidoscópica se exalta en el alto contraste de un blanco y negro tan eléctrico como elegante, con personajes que se sumergen en la espesura sociológica sin dejar de percibirse como recortados en una discriminación estratégica que, si bien los presenta - en actitud, atavíos y gestualidad - como fielmente integrados a los modos y tiempos de su pequeño mundo circundante, a la vez los deja nuevamente intactos, autónomos, haciéndolos familiarmente extraños, cercanamente ajenos.

Las páginas de los calendarios que aparecen con asperezas, manchas, tachaduras y ripios, las frases que citan la premura grafitera, alguno que otro emblema motoquero o hippie, la persiana metálica de un local que pintarrajeada se disuelve como abstracción geométrica…todo un áspero cotillón rodea los motivos centrales con los que Maria Inés Tapia Vera da su versión íntima de esta trémula actualidad.

Dos piezas de videoarte, de autoría compartida con Dardo Fabian Flores, y producidas por el proyecto OpuSur, enriquecen aún más la variada fisonomía de la muestra. Creado por Tapia Vera y Fabian Flores hace cuatro años, OpuSur desarrolla, en palabras de sus propios fundadores, un nuevo lenguaje plástico contemporáneo, a través de intervenciones colectivas e instalaciones en el interior y exterior de edificios y fachadas.En este caso, ambos videos aportan contenido poético y completan el efecto coral de este incisivo identikit humanista que, como en un espejo, se refleja y expande en la música e imágenes de “Carhué Quarenta”, con la farsesca, lírica ironía de Sergio Pángaro, y en la incendiada silueta fantasmal que recorre “ De los días”, casi un resumen de toda la propuesta bajo la forma de un collage en movimiento.

Eduardo Stupia, febrero 2021

Hasta el 8 de abril de 2021 en Pasaje 865 (Humberto Primo 865 - CABA)



En esta exposición podemos adentrarnos en la mirada del artista, y en nuestro propio sentir del año que acaba de pasar, como una especie de espejo que nos muestra nuestras intimidades, nuestras soledades y quietudes... Como si nos viéramos retratados en la obra de María Inés Tapia Vera.

Por Cristina Fubs


La muestra en IGTV

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