Colectiva Obsolescencia programada en Fuga Galería

Podría comenzarse con una pregunta: ¿en qué punto estas 5 obras conforman un cuerpo coherente? ¿Qué es aquello que, en su diversidad, las atraviesa para disponerlas sobre el fondo común de un diálogo posible? Tal vez, en gran medida, se trate del gesto compartido que supone una suerte de detención de las imágenes. Una interrupción contradictoria. Porque si estas imágenes se suspenden a sí mismas, no es para alcanzar una dudosa inmovilidad, sino para permitir que sean observadas nuevamente, bajo otra luz. Iluminadas ahora como esa materia extraña en la que se trazan todos los problemas de la representación en el espacio (virtual y real) contemporáneo.

Pero, ¿cómo se detiene una imagen? Por cierto, para ser más justos, lo que aquí se detiene no es tanto la imagen misma, sino en cambio el movimiento que las dispone habitualmente bajo el peso ciego de nuestras miradas automatizadas. Ese movimiento se interrumpe y la imagen queda suspendida en otro lugar, entre otras imágenes, en busca de otros sentidos, trabajando incluso contra sí misma para desarmarse. Dándose ahora a otra mirada, o permitiendo que la mirada se corra de sus emplazamientos fijados en la rutina para retomar una actividad poética y reflexiva. Poética, en tanto debe asumir una actitud creativa para construir sentidos de forma situada, y reflexiva, en tanto la interrupción implica reanudar la pregunta sobre las funciones de la imagen y nuestras relaciones con ellas. Así, en la mayor parte de estas obras, la operación de base se funda en un acto de apropiación y resignificación de imágenes ajenas, de esas que pululan indiscriminadamente en la red y que nada parecen tener ya para decirnos. Apiladas, acumuladas, adocenadas, vaciadas, desinformadas, las imágenes son transportadas por los flujos audiovisuales omnipresentes para presentarse como destellos fugaces dados al consumo inmediato: obsolescencia y reemplazo, consumo y destrucción (lógicas predatorias del capitalismo). Estas imágenes ya nada tienen para decir porque no tienen tiempo, porque están fuera del tiempo y excluidas de la posibilidad de una experiencia singular. De ahí el gesto de esta interrupción que las devuelve al campo de un pensamiento sensible, de una experiencia de interrogación y descubrimiento. Interrupción, apropiación y resignificación, son las operaciones que intentan dejar a las imágenes a la intemperie de sus sentidos, abiertas a nuevos usos. Se trata por lo tanto de detenerlas y detenerse para volver a mirarlas bajo la luz de la sospecha o la desconfianza. ¿Qué dicen las imágenes?, ¿qué hacen con nosotres?, ¿qué hacemos nosotres con ellas?, ¿cómo pensamos nuestras propias imágenes?, ¿cómo nos representamos cuando toda representación de nosotres mismes ya viene pautada por y para la lógica del mercado?.

En la mayoría de estos casos se trata entonces de apropiarse de imágenes ajenas y de resignificarlas. Yasmin Fazzio (“EXP_004:// bestias 2.0.” y “EXP_008:// IMG”) saquea de la enorme “biblioteca” de la red y hace un inventario anómalo, una suerte de “videoclip” disfuncional que retoma los estereotipos de la representación hegemónica y los pone en perspectiva para hacerlos hablar de lo que esconden (tecnología y desubjetivación, capitalismo y devastación, corporalidades disidentes). Agustina Wetzel (“Vida salvaje”), por su parte, compone una trama de tintes oníricos. Inventario extravagante de demoliciones expuestas con movimiento invertido: las edificaciones salen del suelo en un estallido vegetal y recobran su lugar en el espacio urbano. La distancia del asombro ante esos resurgimientos insospechados e imponentes de las moles de cemento suscita una mirada poética sobre la brutal reconfiguración del paisaje urbano. Florencia Palacios (“El sonido primitivo del mundo”) se ubica en el estricto presente y hace un compendio discontinuo de elucubraciones y hallazgos que dan cuentas de un momento de ruptura. Imágenes de los medios y de usuarios ocasionales se detienen en fenómenos que parecen el anuncio de algo aún no entrevisto con claridad. Entre el fantasma conspirativo y la inminencia apocalíptica, el tejido de imágenes suelta sus cabos para dejar ver, en los intersticios de las informaciones, la idea de que indefectiblemente algo está cumpliendo su ciclo. Finalmente Priscilla Sandoval (“Negro”) se aleja de tales operaciones de apropiación de imágenes ajenas, pero no del eje propuesto en torno a las problemáticas de la representación. Incómodo y sutil, su trabajo se focaliza en los fenómenos de la auto-representación. ¿Qué construcciones simbólicas nos constituyen?, ¿cómo nos percibimos?, ¿y en qué medida esta auto-percepción es tributaria de una determinada composición asimétrica de mundo? Sandoval interrumpe también el movimiento de la imagen, y lo hace justo allí, donde desmantelada, desoculta las sobredeterminaciones externas que constituyen el modo de pensarnos y de hacernos entrar en las categorías y las jerarquizaciones establecidas en el reticulado social.

Detener(se), entonces, para volver a mirar. Interrumpir el flujo habitual de las imágenes para administrar otros flujos discordantes. Instalar (literalmente) una disonancia, una vibración fuera de lugar. En gran medida, todo, aquí en esta muestra, parece pasar por esa interrupción de flujos: flujos de imágenes, flujos de sentidos, flujos de personas, flujos de mercancías. Todo se suspende y, en esa interrupción, exige ser reubicado. Porque no se puede soslayar que no es menor el modo elegido para exhibir estas obras: en la vidriera de un comercio, dejadas al paso ante la mirada inadvertida de cualquier paseante ocasional. El instalar estas obras allí, de ese modo, es parte de la obra misma como conjunto. Todas las obras pasan a ser la misma obra, capturadas en la ruptura que implica el gesto. Salidas de los espacios físicos institucionales que funcionan como legitimadores (los museos), arrebatadas al continuo flujo audiovisual que todo lo indiferencia desentendiéndose de los contextos (la red), estas obras irrumpen, desacomodadas, en el espacio urbano. Y no en cualquier lugar, sino justamente en un sitio al que no pertenecen: un escaparate, ese recorte del paisaje comercial que administra el paso al compás de los deseos implantados.

Instaladas entonces en ese punto insospechado, en esa proliferación de flujos interrumpidos, estas obras se afianzan como acontecimiento, como discontinuidad, como eso que no debería encontrarse allí, pero que sin embargo está, a la vista de todes, interrumpiendo flujos de imágenes, de transeúntes, de tiempos, y de mercancías.

Apuntes en torno a la muestra Obsolescencia programada
Por Gustavo Galuppo

Las artistas de la muestra son: Priscila Sandoval, Agustina Wetzel, Yasmin Fazzio y Florencia Palacios

Obsolescencia programada se podrá visitar hasta el miércoles 21 de octubre inclusive de 16 a 18 hs.
Dado a que la muestra se pensó para que funcione de manera itinerante en un futuro se desarrollará en Resistencia, Chaco.

Para más información seguinos en instagram @fugagaleria y @garra_galeria















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