La franquicia del fin de los tiempos

La pandemia llegó. Nuestros hijos ya lo vivieron. Los recién llegados, son un ejercito capaz de soportar el fin del mundo. Tienen un protocolo. Un manual de supervivencia customizado. Procesan información. Como los antiguos sapiens en la sabana, unos 12 mil años antes de la revolución agrícola, están preparados para esquivar el peligro o para actuar frente a él. Creo que con ellos, estamos a salvo. Están programados.
La dimensión política, gubernamental, que para nosotros es una religión, para ellos es un error 404. No los cuentan en su mito de salvación. Por el contrario deben cuestionarlos. Saben que fracasarán. Saben que sus vidas y las de sus seres queridos dependen de ellos.
Sus cuerpos fueron moldeados. Ejercen una memoria recreada, en un archivo entero de ficción: una ideología pop. Dominan el mundo en silencio. Descreen de la biopolítica, del Estado, el padre protector y todo sistema de creencias que no admita datos como premisa para cualquier silogismo. Pregonan el triunfo del dataísmo. Son hijos de la cultura mainstream.
Nacieron ahí pegados al 11 de septiembre de 2001, un poquito antes, un poquito después. Los que ya conocen Nueva York, son como embajadores de la posmodernidad, tras haber visitado la Bastilla en la era de las catástrofes y el terrorismo.
Los recién venidos esperaron el fin del mundo en 2012, en la cola de un cine. Conocen el eco del ántrax y todos los personajes de The Walking Dead. La producción con mayor medición de rating, superando a Los Simpsons y convirtiéndose en la serie con mayor audiencia en la historia de la cadena Fox con 10 temporadas, algo así como 200 horas de futuro intermitente.
Los recién venidos ya pasaron el primer ensayo para el fin de los tiempos en el 2009 bajo la epidemia de la gripe A (H1N1). El Apocalipsis, es para ellos un lugar común, “un bloque de sensaciones” según Gilles Deleuze. La ciudad vacía, la escasez de productos, el desabastecimiento, la mascarilla, el sonido del silencio, el contagio, el enemigo, el otro, la tierra prometida: el virus.
El Apocalipsis fue colonizado en horas de cultura online. Según Alessandro Baricco en la era del Game, los recién venidos consumieron 30 veces la cantidad de largometrajes que a esa misma edad habían visto sus padres.
No hace mucho, claro que antes de esta pandemia, en Estados Unidos, epicentro de la forma global, productores de la imagen de Apocalipsis, se estaban dando cursos en los colegios en caso de una epidemia zombie. Una verdadera epistemología de las emociones, una pedagogía de las sensaciones sobre el fin de los tiempos, dictada por el departamento de seguridad de Estado.

Entonces claro, asiento que quedaron atrás los primeros competidores en la lucha por el monopolio del fin de los tiempos. Una encuesta realizada en el 2006 por SciFi.com, canal internacional dedicado mayoritariamente a la emisión de series y películas de ciencia ficción, reveló que la mayoría de los estadounidenses cree que algún tipo de catástrofe de índole viral pondrá fin a la especie humana. El mercado de almas, la conciencia de clase, los fundamentalismos y los activismos perdieron terreno. Sus imágenes del Apocalipsis quedaron pasadas de moda. Ya pocos creen en el juicio final y muchos más si lo hace en las posibles guerras nucleares, el calentamiento global, el virus biológico o sintético y las teorías conspirativas. Según un estudio de la American Film Market, el cine de terror además de ser el más producido, es el género más rentable por encima de la aventura, la comedia, el musical y sobre todo el drama.

Sea en el lugar que sea del mundo y el momento histórico en que transcurra la ficción, la noción de paisaje y de sujeto es un frame de género. El paisaje zombie y el sujeto apocalíptico, el no infectado, es como la nave espacial y el invadido en la ciencia ficción, el beso en el drama romántico, el arma al cine bélico. Un marco constitutivo, interpretativo desde donde se extrae la sensación.

El sujeto apocalíptico, definido en función de ese otro, el portador del virus, es un ser de sensaciones, un necesario protagonista. Al activarse la amenaza externa, se activa el conflicto obligándolo a superponerse a los obstáculos.

Creo que ahora lo terminé de entender, en el contexto del virus global que reescribirá la historia de la vida privada, del poder y del yo, del arte y la democracia, del trabajo y la arquitectura de emociones, de los sistemas de creencias, las políticas del alma y el gozo, de la historia y de la historia de los modos de producción y también de la ficción. Una genealogía de la moral cyborg y una estética de la crisis del animal supremo de las especies, de la guerra con el otro, de la ética económica, del encierro, de la muerte. Una crisis, escenario de evolución, planteada por la biología.

El futuro es viejo. Y no hay nada más triste, que advertirlo. Después de todo cuando nuestros hijos vieron a Michel Jackson por primera vez ya usaba barbijos y el video Thriller del 84, que para nosotros fue revolucionario, era para ellos un clásico de la cultura pop.


Epígrafe. Estación de Metro Saint Michael, Sur de Francia, Toulouse. Mayo 2020
Créditos Foto, Mauro López /Instagram: Instagram Mauraw10




Texto realizado y curado en el marco del taller virtual de no ficción dictado por el escritor y crítico literario español, Jorge Carrión.

Jerónimo Peralta Rodríguez en Licenciado en comunicación social, formado en semiótica. Alterna su escritura entre ensayo, guion de ficción y publicitario.

Instagram Jeronimoperaltarodriguez


por Jerónimo Peralta Rodriguez, 3 de Agosto de 2020
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