Tod+s somos viej+s

“Río Manzanares, déjame pasar/
que mi madre enferma me mandó llamar”

(José Antonio López)



Una de estas noches de confinamiento me acosté con la mala nueva de dos viejas madres que se nos llevó el coronavirus: La Chata, Fidela Vera, con casi cien años, la que guardó orgullosa la memoria desu padre y sus cuatro tíos republicanos fusilados, proclamando a diestra y siniestra a quien quisiera oirla que haría una sopa con los huesos de Franco, y Sarah Maldoror, la gran cineasta de la negritud que, con sus noventa y un años, no se cansaba de insistir en que es crucial para el futuro del mundo que l+s niñ+s vayan al cine y lean.

Esa madrugada me atrapó un insomnio feroz y psicodélico. Me puse a garabatear frenética la letra de una canción en mi cuaderno.Creía en medio de mi alucinación estar logrando una cumbia que viniese a saldar graciosamente las cuentas pendientes del (des)amor. Una, dos, tres estrofas, un estribillo. Tarareaba (o mejor balbuceaba) una melodía que sonaba más como un mantra que como un ritmo bailable.
Cuando terminé la letra y apagué la luz, los ojos como platos y el cuerpo movedizo, tomé la decisión: llenar de canas mi pelo como acto de homenaje pequeño y furioso a tod+s l+s viej+s que están muriendo sol+s, sin abrazo ni despedida, sin rito funerario, ni velorio ni funeral, sin nombre. Puro número estadístico, y a veces ni siquiera eso.

“Tod+s somos viej+s” se engarza con el reclamo empático del “fuimos todos” de Fuente ovejuna y de “todos somos judíos alemanes”, por supuesto. Pero en la memoria de mi vida, de nuestra-vida-en-común, tiene estrecha hermandad con otras dos historias.
“Todos somos negros” es la consigna de aquella campaña gráfica que iniciamos desde la Red Conceptualismos del Sur en 2009 junto al querido Juan Carlos Romero. Acompañamos a Juan Carlos a empapelar las calles con sus carteles tipográficos impresos en tinta negra sobre papel barato amarillo o blanco, que en sucesivas versiones ocuparon los muros de Santiago de Chile, Buenos Aires, La Plata, Resistencia y otras ciudades argentinas, Madrid, Pontevedra, México y tantos sitios.
Intentábamos contraponer otras voces a la fatua celebración del bicentenario de las independencias de México, Argentina y otros países latinoamericanos, habiendo obviado por completo la memoria de la más temprana y radical insurgencia anticolonial: la revolución haitiana, encabezada por negr+s, y contra la revolución francesa, que reclamaba igualdad, libertad y fraternidad para sus ciudadanos negando esa condición a la población esclava que trabajaba en la producción de caña de azúcar y algodón en la isla que mantuvo la república bajo dominio colonial. Aquella campaña surgió en diálogo con Eduardo Grüner y su investigación sobre la revolución haitiana, y recuperaba particularmente un pasaje de la primera constitución haitiana, escrita por Toussaint L'Ouverture, negro liberto, en la que proclama que “todos los ciudadanos haitianos, de aquí en adelante, serán conocidos por la denominación genérica de negros”, incluyendo explícitamente a mujeres blancas, alemanes y polacos, y en cambio excluyendo a quienes fuesen o hubiesen sido dueños de esclavos. A principios del siglo XIX, postula la condición de “negro” como denominación política y cultural, desobedeciendo categorías raciales o biológicas.

“Tod+s somos viej+s” retoma también la consigna que impulsaron en 1994 en medio de otra feroz pandemia, la del sida, Roberto Jacoby y Kiwi Sainz desde Fabulous Nobodies, una agencia creativa que se propuso hacer campañas sin producto. Diseminaron cientos de camisetas escandalosamente coloridasde todos los talles (desde tamaño bebé de un año hasta extra-extra-large) con el lema colorinche sobre el pecho “Yo tengo sida”. En la breve presentación con la que lanzaron la campaña, explicaba Jacoby:


“Víctimas de una horrorosa presión social, las personas VIH positivo y los enfermos padecen doblemente de su problema de salud y del ocultamiento y la vergüenza o la estigmatización. (…) Desencantar la enfermedad de su halo maligno -que en otras épocas recubrió a la viruela, la lepra, la sífilis, la tuberculosis o el cáncer- (…) No olvidemos que todos somos el Otro de otro.”


“Tod+s somos viej+s”quiere tomar posición ante la condena de las políticas públicas ante la gestión de la pandemia del Covid hacia l+s que ya han vivido suficiente y no merecen respirador, a l+s viej+s abandonados en residencias y geriátricos, a l+s que tienen miedo de salir de su casa pero no pueden dejar de hacerlo. A nosostr+s que nos quedamos sin ell+s, sin sus arrugas, sus saberes, sus recetas, sus gruñidos.

Sin consuelo.

El pelo blanco me volverá aún más parecida a mi madre, y me gusta imaginar que también me acerca a mis abuelas y sus cabelleras grises tan distintas entre sí. Mi abuela Esther, con su mata de pelo gris revuelto y del mismo tono indefinido que sus ojos dulces, y mi abuela Zita, con su prolijo pelo siempre bien peinado y sujetado con pequeñas peinetas de carey, una reina.

Llevé durante días la cabeza cubierta por el pañuelo de gasa violeta que me regaló Gülcihan Şimşek, activista feminista que fue alcalde de su comunidad en Kurdistán y pasó diecisiete años presa en Turquía. No hablábamos una lengua en común y sin embargo nos entendimos con los ojos y nos abrazamos.

Esta semana reabrieron parcialmente las peluquerías de Madrid, y le pedí desesperada turno a Diana. Salgo de allí cuatro horas más tarde, con media cabeza decolorada hasta el blanco. Tantos años escondida detrás de mi pelo oscuro y hippie. Me asusta mirarme en el reflejo de las vidrieras. Me siento entre bruja cachavacha, frívola y punk.

Me subo al metro y le advierto por mensaje con una foto lo que se encontrará a alguien con aroma a zanahoria (nuestro primer encuentro, clandestino, será en menos de una hora). No responde ni una palabra, pero no se espanta y toca el timbre muy a tiempo.

Imagen: Ana Porrúa, collage, 2020.


Ana Longoni es escritora, investigadora del CONICET y profesora de grado y posgrado de la Universidad de Buenos Aires, en el Programa de Estudios Independientes del MACBA (Barcelona) y en otras universidades. Trabaja sobre los cruces entre arte y política en la Argentina y América Latina desde mediados del siglo XX hasta nuestros días. Autora de numerosas publicaciones, su último libro es Vanguardia y revolución (Buenos Aires, Ariel, 2014). Impulsa desde su fundación en 2007 la Red Conceptualismos del Sur. Fue curadora de las exposiciones "Roberto Jacoby. El deseo nace del derrumbe" (2011), "Perder la forma humana" (2012), "Con la provocación de Juan Carlos Uviedo" (2016), "Oscar Masotta, la teoría como acción" (2017). Desde 2018 se desempeña como directora de Actividades Públicas del Museo Reina Sofía (Madrid).


por Ana Longoni, 12 de Junio de 2020
compartir