El arte del desastre

Durante dos años soñé con tsunamis, olas gigantes que venían hacia mí y me generaban terror. En el sueño veía como la costa se agrandaba, el mar se recogía y regresaba inmenso. Me enfrentaba a la fuerza del agua. Este sueño fue mi compañero por este largo tiempo y fue por el que empecé a estudiar las catástrofes y a relacionarlas con el arte, con mi propia creación y la de otros.

En este ensayo planteo una forma de entender el desastre a partir del arte del desastre.
El arte del desastre se desprende del ensayo de Byung-Chul Han en donde presenta una estética del acontecimiento que deja entrar aquello que negamos: la enfermedad, lo feo, lo atemorizante. El arte del desastre no implica que se debe usar como tema alguna catástrofe, sino que refleja, de algún modo, una cara de la realidad que normalmente no queremos ver y la afronta sin quedarse en una postura estática y autocomplaciente

En esta conexión entre arte y vida me interesa comprender la estructura interna de los acontecimientos desastrosos para acercarnos cada vez más hacia las zonas de incertidumbre que nos generan tanto temor. Esta conexión con el caos nos invita a pensar que la vida es vida y el arte es arte mientras se impregnen de turbulencias que podemos atravesar, aunque no las podamos controlar.




“El arte para mí es una forma de alimento... Quiero entender ese estado y esa energía que tengo en mí que también siento en las plantas y en la tierra” Andy Goldsworthy, Rivers and Tides.


Una catástrofe es un cambio de estado. Algo que parecía de una forma se transforma radicalmente en otra y presenta una discontinuidad en el sistema. Este cambio repentino que llamamos desastroso o catastrófico es un lugar vivo, disperso, lleno de divergencia y contradicciones, porque es en el dónde nos enfrentamos al vacío; nos despojamos de todo lo que nos adorna y nos quedamos con la piel desnuda (Han, 2015). Frente a esta irrupción de lo anormal aparecen temores, cosas terribles, pero también se presenta ante nosotros un potencial creativo inmenso. Por este tiempo que dura el desastre podemos ver la estructura interna de las cosas, la propia materialidad, el tiempo crudo y despejado.

Durante el Romanticismo, en el siglo XVIII, los artistas encontraron al desastre como tema. Las pesadillas, los naufragios, los vastos paisajes dejaron ver miedos, y pasiones de la época. Junto a estas obras apareció la figura de lo sublime, un “placer negativo” o un “horror delicioso” (Burke, 1823) que se experimenta al ver las grandes fuerzas de la naturaleza en acción, vistas siempre desde una distancia razonable.

Lo sublime aparece en el pensamiento de Kant y Burke como un lugar seguro en donde refugiarnos frente a aquello que nos atemoriza. En presencia de la violencia natural, el sujeto se guarda en una interioridad de la razón que hace que todo lo externo aparezca pequeño (Han, 2015). Esta forma de ver lo natural y lo humano de una forma dualista y jerarquizada conjura al desastre y lo despoja de su riqueza; desde la distancia el caos no impacta el cuerpo. La distancia inmoviliza y corta con esta negatividad vivificante que es el desastre.

Siglos después de este primer acercamiento, en medio del Antropoceno, la catástrofe está más presente que nunca. Hoy, tomando a los románticos como punto de partida, pero alejándonos a su vez de ellos podemos empezar a visualizar al arte del desastre como aquel que entra en un juego horizontal con los fenómenos naturales y que hace evidente el continuum cuerpo-naturaleza (Braidotti, 2015) creando espacios donde todo lo que nos afecta es afectado a su vez por nosotros. Así propone despojarnos de refugios y atravesar la catástrofe con el cuerpo entero, con el pecho abierto, hacia lo que sea que se nos presente.

Las obras “Tornado”, de Francis Alys, “O Peixe” de Jonathas de Andrade y “Bambi in Chernobyl” de Angelika Markul sirven como ejemplos para entender las temporalidades que se encuentran dentro de una catástrofe y sus múltiples dimensiones y formas de atravesarlas. Para entender mejor estas etapas relacionaré las obras con un video de un hombre que se quedó atrapado en una avalancha en el 2011 y pudo registrar ese momento con la cámara que tenía, casualmente, en su casco.



I.Hacia la montaña


El esquiador está en la cima de la montaña, bajo sus pies está la pendiente, el precipicio. El viento frío se cuela un poco por sus anteojos protectores, sabe que tiene las habilidades necesarias para cumplir con su tarea. Su cuerpo está confiado pero alerta, sabe los riesgos que trae la montaña, aún así avanza. Se desliza por la nieve que está fresca. El paisaje es gigante, atemorizante, pero al mismo tiempo llena al esquiador de emoción y adrenalina. Estamos presenciando el momento previo al desastre.

La montaña es un lugar familiar, es un mundo conocido, pero que presenta también un peligro. ¿No es por esto por lo que se llaman deportes de riesgo?

Francis Alÿs cazó durante diez años a los tornados que se forman en las montañas del sur de Ciudad de México para realizar su obra “Tornado”. Su acción consiste en ir hacia ellos, alcanzarlos y entrar en el medio del torbellino. Su cuerpo corre con la intención de entrar en juego con la turbulencia. Después de diez años la acción ya es conocida, aún así cada tornado es distinto, requiere distintas habilidades y velocidades para poder alcanzarlo. En el frame del video vemos cómo el cuerpo del artista es un
cuerpo activo, no contemplativo, que no ve todo desde un lugar cómodo, sino que se lanza a la incertidumbre.

En este ir hacia hay riesgo, pero aún hay algo de comodidad, de confianza. 

Es el inicio de la aventura.




II. Un chicle que se estira

Al poco tiempo que el esquiador avanza una cantidad inmensa de nieve se desliza a sus espaldas. Lo arrastra y lo cubre en una cuestión de segundos. El esquiador se encuentra debajo de la nieve, no ve nada más que hielo y una luz azul blanquecina. Empieza el intermedio del desastre.

Este es un momento donde el tiempo se vuelve lento y gomoso, como un chicle que se estira hacia todas las direcciones. El esquiador tiene siete minutos para que lo rescaten antes de que se le termine el oxígeno. Esos minutos son ahora su vida entera y esto hace que pierdan por completo su dimensión temporal habitual. Bajo la nieve los minutos son eternos, no se sabe cuánto ha pasado, ni cuánto pasará. Es un momento donde todas las resoluciones son posibles, la vida y la muerte, están ahí a flor de piel. La respiración se modifica, se hace visible. Lo incierto es lo único que está y el deseo de sobrevivir.

La obra de Jonathas de Andrade “O Peixe” retrata la tradición que tienen los pescadores del nordeste de Brasil de abrazar los peces que sacan del agua hasta que dejan de respirar. El video muestra este pasaje entre la vida y la muerte. El pez respira con dificultad durante esos minutos largos donde no hay acción más que ese abrazo y la profunda y dificultosa respiración del pez.
Este video es tan bello que cuesta describirlo, es un instante lleno de contradicciones, de sentimientos revoltosos, de belleza desastrosa. En los brazos del pescador el pez no tiene escapatoria, está ahí, presente en su desgaste.

Lo que se hace más evidente en este intermedio es la existencia de la respiración. La respiración es un puente entre lo voluntario y lo involuntario, entre lo interno y lo externo. En nuestras actividades diarias la respiración pasa desapercibida pero cuando esta reacciona a una situación estresante acapara nuestra atención. Volvemos al cuerpo. (Oliveros, 2019) Cuando estamos en el medio del desastre es el momento de la apnea. Dejamos de respirar y no sabemos si volveremos a hacerlo. Nos mantenemos en lo mínimo vital, latentes, ni en un lado ni en el otro.

Pauline Oliveros explica en sus ejercicios de escucha como el estrés genera una respiración superficial, entrecortada que es perjudicial pero que a su vez es positiva porque corta la inercia y
nos da la fuerza necesaria para vivir. El intermedio es un quiebre, un sacudón para el pensamiento. Es el momento donde el aprendizaje se hace carne y al pasar por el cuerpo evidencia la existencia de emociones y sensaciones a los que no le dábamos importancia. Es un momento estático y activo porque es donde se cocina todo lo que vendrá después, pero que aún no se ha materializado. Por ahora, en medio de este desastre el pescador domina al pez, la montaña al esquiador.





El fin del mundo



Luego de seis minutos bajo la nieve los rescatistas finalmente encuentran al esquiador. Le dicen que mantenga la calma, que ya llegaron, mientras cavan en la nieve para encontrar sus brazos. Este es el fin del desastre de la avalancha.  En este desenlace ganó la vida por sobre la muerte; el esquiador logra, con ayuda, avanzar sobre la profundidad de la montaña y salir de nuevo al exterior. Pero cuando sale se da cuenta de que todo se ve distinto. El mundo conocido desapareció, el paisaje ya no es el mismo bajo sus ojos. El esquiador es consciente ahora del fin de un mundo.

El después del desastre es el momento donde somos conscientes de la mutación. El mundo que recorríamos previamente con seguridad ya existe. Aquí somos conscientes del fin de un mundo y el comienzo de otro nuevo.

Angelika Markul, artista polaca, hizo un proyecto en Chernóbil. El video, titulado “Bambi in Chermobyl”, registra el después del accidente nuclear de 1986. Luego de varios años de abandono humano de la ciudad, la flora y la fauna se desarrollaron creando un paisaje extraño, onírico. En varias tomas largas y lentas vamos viendo este paisaje extraño, inimaginado, donde un mundo terminó y dio lugar a otro nuevo, enrarecido, profundo, lleno de mutaciones atómicas.

El fin del mundo, que ha sido pensado por todos desde desde la religión hasta la ciencia ficción, es evidenciado como el fin de un mundo. Es el pasaje del cosmos al caos y luego del caos al cosmos. Es la construcción de dinámicas nuevas, de realidades distintas, que quizás no nos favorezcan como especie, pero que no por eso representan menos a la vida. Es en este caosmos, en palabras de Joyce y luego Deleuze, donde se emplaza a su vez el arte. No desde una ventana segura sino bien adentro de la tormenta para poder entender todos sus estados, sus momentos y la forma en la que moldea al tiempo y a nuestro hábitat. Estamos todos, animales, planetas, bacterias, humanos, virus, este remolino temporal del que no podemos escapar.

Dentro de esta mirada del fin, las cosmogonías amerindias tienen algunas historias que nos enriquecen. Los guaraníes Kaiowá del nordeste de Brasil piensan al concepto de lo humano desde la interespecie. Para ellos en un origen todos los animales y seres del mundo eran humanos y, entendiendo el fin de los fines, dice una rezadora de la comunidad: “cuando el mundo acabe los animales volverán a ser humanos como eran en los tiempos míticos: los perros, las gallinas, los animales de la selva, todos volverán a hablar en nuestra lengua, en una desespeciacion regresiva que nos traerá de vuelta al caos originario, hasta que, imaginamos, un nuevo plano de inmanencia sea trazado, un nuevo recorte o tajada del caos sea seleccionado y un nuevo mundo pueda surgir o
justamente no.” 
(Danowski, 2019).

Artistas: Todo puede cambiar. Todo ya cambió. Creemos desde aquí.



Aunque los ejemplos dados tienden a mostrar grandes escenarios, el arte del desastre está siempre en nuestra cotidianidad. Es el arte del acontecimiento, de la alteración de la materia. Desastroso puede ser un algo inaparente, como polvo blanco arremolinado por una gota de lluvia, una nevada silenciosa, el olor de unas rocas, el crepúsculo matinal o el agua que hierve para el té de la tarde. El desastre es la única constante de nuestro universo y es el cambio constante lo que nos rodea, desde lo más mínimo y cotidiano.

En este momento en cuarentena, en medio de uno de los momentos más globales y retadores de nuestra historia, propongo un arte que mira el vacío y lo atraviesa. Un arte activo, que deja lo sublime de lado y se centra en la supervivencia, la emancipación, las turbulencias, los remolinos y los bichos extraños. Un arte poético, rico en imágenes, metáforas y sensaciones, que logra ver en la vida diaria las conexiones con lo que parece demasiado grande. El desastre nos presenta una aventura, una pausa y un nuevo mundo.
El desastre nos hace evidente el miedo a lo incierto y lo desconocido. El arte, una forma nueva de relacionarse con el entorno partiendo desde el caos, lo oscuro, las mutaciones. La catástrofe es como la figura de la Torre del tarot, aquello que no se sostenía por sí mismo se cae, y como un sueño que devela su secreto, muestra un reservorio de intensidades para que las aceptemos, las aprehendamos y las usemos, porque no hay nada más lleno de vida que un pozo de agua podrida.

Las referencias son:
Imágenes 1,4 y 5 son de este video: Buried alive - Avalanche caught on helmet camera

Alÿs, Francis, “Tornado”

Andrade, Jonathas, “O Peixe”

Markul, Angelika, “Bambi in Chernobyl”



palomavioleta.com


Bibliografía
Burke, E. (1823). A Philosophical Inquiry into the Origin of our ides of the sublime and beautiful. Londres.
Danowski, D. y. (2019). ¿Hay un mundo por venir? Ensayos sobre los miedos y los fines.
Buenos Aires: Caja Negra.
Han, B.-C. (2015). La Salvación de lo Bello. Barcelona: Herder.
Oliveiros, P. (2019). Deep Listening: una práctica para la composición sonora. Buenos
Aires: Dobra Robota Editora.

por Paloma Violeta González Santos, 2 de Mayo de 2020
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