El Dipitour. Circuito Tandil Jorge Di Paola Levín

En 2017, a 10 años de la partida del escritor, los artistas Cristian Segura y Sergio Chango Gutiérrez idearon un mapa literario y espirituoso por sus lugares favoritos. ¡Tandil! ¡Tan Dipi!


—Un problema sólo se resuelve con un problema mayor.
Esta teoría quedó inconclusa. Lo reveló este telegrama internacional. ¡Si hubiera sabido el pobre Morse que sus puntos y rayas iban a decir una vez esto!
JOSE CURU NO TE AGUARDA MAIS STOP TEJA DEGOLLO EN IPANEMA STOP RESERVACAO CANCELADA STOP VA CADAVER LEGACION ARGENTINA STOP SOY VANDA STOP ESTOY TRISTE VEN CONMIGO STOP

Pablo iba por la undécima lectura. Hay textos que no se entienden nunca. No hay que tocar ciertos estupores localizados en el área Maldito sea no lo aceptaré del hemisferio derecho. El cuerpo calloso no lo deja pasar, no siempre es química ni cuestión de fibras. ¡Murió en lo mejor de su edad, con el torso dorado por el sol, delante de dos palmeras curvadas por la misma ráfaga! Había dejado de fumar. Pero la teja voló impulsada por un tornado tubular, de diámetro despreciable.
(Minga, Jorge di Paola, Bs. As, La Flor, 1987)




Referencias y textos del mapa: Cristian Segura
Introducción: Sergio Gutiérrez

Jorge Di Paola Levín vivió caminando estas pocas calles y se sentó en estos lugares. Así fue tejiendo relaciones (anti)sociales y políticas con notables de las letras y las artes. También con hombre comunes. Algunos eran ambas cosas.

No fracasó, ni triunfó. Ninguna de las dos cosas le importaban.

Witold Gombrowicz y Víctor Grippo, son los pilares principales donde se apoya este recorrido histórico, tan profundo como acotado.

Cuando volvió a vivir a Tandil, a principios de los 90, era –a mi entender- el único intelectual que debíamos conocer (si te dejaba, claro) y leer.

Me pasó en Golden Bar. Me arrimaba para escuchar. Podía ser física cuántica, literatura o política. Un discurrir que me desasnaba alternando con fino humor.

Cuando lo conocí, le nombré a Marcia Schwartz, una amiga en común. Él estaba diagramando la revista “El Sureño”, versión minimalista de “El Porteño”, la que había fundado con Miguel Briante y Gabriel Levinas.

Logró presentarla en el Aula Magna de la UNICEN, en Pinto y Chacabuco, pero solo llegó a publicar un número. A esa actividad asistió Carlos Gorriarena, quien estaba realizando una muestra cerca del lugar.

Algo que supe saber es que su agenda porteña estaba llena de encumbradas personalidades y era más abundante que la de acá. (Allá, acá es allá – Minga!). Venían a consultarlo “le tout” Buenos Aires. Viajaban exclusivamente para verlo en persona.

Otros, que llegaban a la ciudad, por algún otro motivo, no dejaban de visitarlo. Así pude ver el aspecto físico (pude escuchar, mudo, a algunos) de Germán García, Tomás Abraham, Ricardo Piglia, Nicolás Peyceré, Sergio Bizzio y Daniel Guebel.

Compartí amigos con los que sí pude hablar: Rafael Cippolini, Roberto Jacoby, Daisy Aisenberg, Kiwi Sainz y Gustavo Bruzzone.

Muchos de estos encuentros fueron en Liverpool, el último bar al que fue Dipi. Prácticamente, no le daba bola a nadie, aunque solía aguantar a algún impostor, a veces prostituido por el próximo whisky. A un plomo, nunca.

Todavía voy, cada tanto, a esa misma mesa donde al mediodía pega el sol. Lo recuerdo con la cabeza apoyada en su puño, afinada la mirada, el pensar viniendo.

A dos cuadras de ahí está la Biblioteca Rivadavia. Cuando Dipi era adolescente, este espacio funcionaba como centro cultural. Su subsuelo, dedicado al teatro, juntaba inquietudes populares ofreciendo además un cineclub y encuentros literarios.

Allí estaba la primera edición de Ferdydurke, acontecimiento que le provocó su inmediata relación con Gombrowicz. Hoy, conserva su estructura original de acceso estrecho e incómodo. Para el joven Dipi era parada obligada en el camino desde su casa natal hacia el centro.

Vivía con su familia en la trastienda de la farmacia donde Salvador, su padre, llevó a vivir a su madre, en una unión tan firme como escandalosa. Diferencias de edad y religiones se combinaron para alumbrar al hijo único de un amor transgresor.

Lo que en su momento era el Museo y Academia de Bellas Artes (hoy MUMBAT), lo cobijó en su adolescencia. Evitaba ir a la Escuela de Arte, pero tenía trato directo con el viejo Valor. Así le decían, aunque no era tan viejo, al entonces director de la academia.

Y es allí donde, en la muestra del 57, conoció a Víctor Grippo, a la sazón soldado de la Patria, destinado en Tandil. También ahí, promediando el 2002, urdió el libro “Víctor Grippo – Reunión Homenaje”, en las computadoras del museo, junto a su muy joven director, Cristian Segura.

Supe acompañarlo a la muestra de dibujos de Mariano Betelú, de esculturas móviles (¿eran de Gómez?) y a la de Rossanigo, un amigo en común.

En el Hostel Casa Chango formó conmigo una sociedad que contribuyó a reforzar una amistad que venía desde algunos años. Levó su PC en un carro de supermercado, un cyberclochard, para usar la banda ancha. Pudo conectarse con sus amigos de Buenos Aires varias horas al día. Por las tardes, los turistas, ignorándolo todo, compartían mate con el genio del mal genio.

Fue la plataforma desde donde se organizó, en cooperativa, junto a Cristian Segura y la Fundación Start, la Última Bienal Venus, en 2002. En 2004, se filmó buena parte de un documental sobre una serie de escritores vivos producida por EMB Entretainment, dirigida por Sergio Belotti.

Donde vivía Witoldo (Casa Gombrowicz) es un sitio algo empinado para llegar. Una diagonal forestada hasta un arco de estilo italiano, muy sólido, en piedra. Se trata de un departamento “de alto”, externo, ubicado a pocos metros, a la derecha de la arcada. Su escalera es inconfundible: tiene una baranda de hierro, siempre bien pintada de blanco. Completa el frente, un cuadradito de pasto sin plantas delante de la vivienda principal. Hasta ahí caminaba, a principios del 2000, observando el suelo y llevando material para crear sus varitas mágicas a la vez que se ejercitaba después de su primer ACV.

Algunos datos sobre los bares “de antes”. Sobre Rodríguez, pegada a la facha del Teatro Cervantes: La Rex, antigua confitería (diríamos decente) que juntaba a Gombrowicz con “la barra” que formaba Jorge Di Paola, Juan Carlos Ferreyra, Jorge Vilela y Mariano Betelú. Hoy, es un baldío vallado. En la esquina frente a la plaza principal, haciendo cruz con el Banco Nación, el Bar Ideal, una postal de los pueblos de provincia, cuyo nombre podría provenir de ser, justamente, un punto ideal para observar los movimientos del corredor financiero local. Se ha transformado hoy en la moderna Frawens.

En la arteria principal, pero más allá, o más acá, según (copio su estilo), encontramos el Bar Tito el que desde 1934 aguanta bohemios y trasnochados que se mezclan con paisanos solterones o universitarios, según la hora. Iban tano “ellos” como “nosotros”, eterna grieta, cuando se fumaba adentro.

También en esa calle estuvo, desde siempre, Don Quijote, librería cedida gentilmente por su dueño donde se presentó “Moncada”, novela de espionaje escrita a cuatro manos vía e-mail con Roberto Jacoby, allá por el 2004. Esta librería tradicional se hallaba sobre mano izquierda, también pegada al teatro. Después de muchísimos años, y hace poco, se cambió a la vuelta, en Pinto al 600.

El tramo final de su vida transcurrió en la última casa materna. Su madre había empeorado de salud. Al morir ella, se quedó ahí para siempre.

¿Imaginan en qué calle? Acertaron: Rodríguez. Es un departamento grande en la esquina con Constitución, en el 2° piso, de un edificio típico de los 70. Allí, antes del desenlace que se conmemora, hubo tiempo para sus últimos romances. Uno de ellos con la virgen colegiala que hizo realidad su cuento más famoso.

MiledeMacaluso (la co-dama) última y fiel compañera, adecentó el lugar y cuidó de él. Heredado por sus dos hijas, se mantiene cerrado desde entonces.

El diario Nueva Era, frente a la plaza, fue alguna vez espacio para artistas y donde se realizó la primera muestra de Víctor Grippo, a la que asistió el escritor polaco causando revuelo, apoyándose y apoyado por los lectorcitos criollos (sic). Esto fue el 21 de abril de 1958.

Cuarenta y nueve años y dos días después, se nos murió.

Los restos fueron acompañados, por muchos amigos y algunos colados, hasta el Cementerio Parque El Paraíso.

Cruzando un arco de glicinas, hay una fuente. Saliendo a la derecha por una veredita, hay que pasar debajo de otro arco y ya por un caminito pedregoso se llega hasta una sombra de cinco cedros. Tres a un lado y dos al otro. Una vez pasado el último de la izquierda, por un hueco, antes de un arbusto, se dobla a la izquierda treinta y cinco pasos y encontrás la teja. Tipo francesa, de mármol, a manera de lápida. Dice DIPI.



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por Cristian Segura y Sergio Chango Gutiérrez , 23 de Abril de 2020
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