Experiencia Manta

Manta refiere naturalmente, en nuestra lengua versión rioplatense, a una pieza de lana u algodón, de forma rectangular, que sirve de abrigo, ya sea adentro o fuera de la cama. Sin embargo, como suele suceder, una versión nunca agota nada (ni una palabra, ni un hecho, ni un sentimiento, nada) y entonces se incorporan nuevas versiones que poco a poco se acercan, y en el mismo movimiento se alejan del original. En realidad, ya lo sabemos, no existe un original, o sea, no hay un origen, y sin origen todo se ramifica hasta su disolución final. Por eso, Manta inevitablemente multiplica sus definiciones y refiere también a “determinados trajes regionales”, a una cubierta para proteger a las caballerías, a un costal que se emplea para extraer y transportar minerales, a una gran cantidad de algo (especialmente de golpes, “una manta de palos”, ejemplifica la RAE), a un tablón que sirve para escudarse de los disparos del enemigo, y hasta a un juego de naipes.



En cambio, en el campo del arte argentino, Manta refiere a una residencia afincada en San Martín de Los Andes, una ciudad sobre la costa del Lago Lácar, “ubicada en el sudoeste de la Provincia de Neuquén dentro de la Cordillera de los Andes en la Patagonia Argentina”. San Martín cuenta con una población de 30.000 habitantes y se encuentra (según Google) a 1.492 km de la Capital Federal, a 1485 km de Rosario, a 1454 Km de Córdoba, a 1921 km de Tucumán y a 2209 km de Salta.



Quienes hayan participado, de una forma u otra, en el Taller-Residencia Manta (yo participé en noviembre del 2017 y las astillas de esa experiencia aún ejercen en mí su influencia), sabrán que la primera acepción de manta (abrigo) no alcanza para describir lo que Manta nos da, sí, por supuesto, Manta nos ofrece un abrigo, un cobijo, un refugio, pero es una protección extraña o paradójica la de esta Residencia-Taller, porque a quienes abriga o refugia siempre termina por comprometerlos. Como si Suyai Otaño (coordinadora, responsable, cerebro y corazón de Manta) estuviera dispuesta a perseguir las consecuencias últimas de los versos del gran poeta alemán Friedrich Hölderlin: Pero donde hay peligro, / crece también lo salvador. Así, gracias a la ambigüedad de los versos del Poeta, nos vemos tentados a extender el campo semántico de Manta hacia otros parajes: trabajo, juego, mezcla, riesgo. Mucho trabajo, desde la mañana hasta la noche, como si el tiempo no fuese tiempo (¿lo es?), como si la luz no fuera distinta de la oscuridad (¿lo son?): resulta indiferente el momento del día cuando el propósito es pensar, ejecutar, investigar, en grupo o divididos, como si lo individual y lo colectivo fueran una mera variante de lo mismo; mucho juego, no en sentido banal de la diversión, sino en el de la seriedad y el compromiso con los que se deben observar ciertas reglas (sin reglas se extingue el juego); mucha mezcla, de disciplinas, de artistas, de ciudades; mucho riesgo, el riesgo mayor de pretender profanar (el término se lo apropió con justicia Aníbal Buede, y ahora de algún modo le pertenece) la percepción, los estereotipos, el sentido de las palabras.





Esto, en principio, es MANTA.

tallermanta@gmail.com

por Manuel Quaranta, 3 de Febrero de 2020
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