El siguiente acto de esta trama misteriosa

El adversario. Verónica Gómez en Fundación Federico Jorge Klemm desde el miércoles 9 de octubre de 2019 hasta el viernes 20 de diciembre de 2019.
Sobre la Muestra "El adversario" de Verónica Gómez en Klemm

Voy a escribir solo sabiendo lo que ya sé. Empiezo nada más que con la experiencia de haber visto la muestra con detenimiento pero sin haber leído el texto del catálogo. Las obras de Verónica Gómez en la Fundación Klemm me atraparon desprevenido en un paraíso espeso en el que los pintores podemos ser felices. No sé cuál es la sensación que esta muestra puede provocarle a un espectador que no sea pintor. Me imagino que tal vez la no figuración aparentemente tan severa puede resultar tediosa o incomprensible. Probablemente hay un primer límite de cuatro minutos que deba ser franqueado. Me imagino a muchos entrando y saliendo en esa cuenta regresiva. Yo, por el contrario, me quedé como cuarenta y ocho minutos (que tampoco es tanto). La maraña de líneas que compone la muestra se vuelve inmediatamente una tela de araña para los espectadores pacientes.

Verónica siempre fue figurativa, muy figurativa. Siempre trabajo temáticas muy literarias, incluso ilustrativas (como cuando hizo los retratos de mascotas). Sin embargo, en su última muestra en el CCR ya convivían retratos expresionistas con algunas de estas imágenes abstractas que dan forma a la muestra en Klemm. Esto me sorprendió de entrada y me hizo bien. En aquella muestra del Recoleta, recuerdo que ella explicó cómo esas imágenes abstractas hechas con trazos lineales reflejaban un temperamento y le daban forma. De algún modo esas imágenes brotaban desde un ánimo que ella programaba lentamente en su mano hasta encontrar el trazo preciso que luego se desarrollaría en una bruma tupida.

Decidí entonces no leer nada en principio porque la muestra me pareció tan intensa que no necesitaba sumarle palabras. Me pareció que cualquier texto corría el riesgo de quitar espíritu a lo que las pinturas ya estaban diciendo. Me llevé el catálogo, pero me quedé pensando en todo eso que había visto y no lo leí.

Yo escribo cuando siento ganas y desde la perspectiva de un pintor. Mi mirada es recortada, parcial y carece muchas veces de referencias estéticas. A su vez, no siempre puedo ver todas las muestras que me gustaría y eso restringe todavía más estas palabras. Sin embargo, este año gratamente pude asistir a tres muestras de pintura que me impactaron y me quedaron en la memoria: Una de Silvia Gurfein *1, otra de Aimé Pastorino*2 y esta última de Verónica. Las tres fueron muestras bastante silenciosas dentro de cierto circuito del arte pero, para mí al menos, enormemente profundas en el planteo que hicieron sobre la Pintura. Creo que las tres muestras fueron testigas de un tiempo en el que lo profundo posee cierto desprestigio. Y no pretendo ser solemne al decir profundo. Creo que lo pienso como algo que sea el producto de un trabajo y un pensamiento sincero, decidido, no especulativo. Profundo no significa una imagen en particular, sino que refiere a un modo de hacer la pintura. Profundo tal vez se opone a lo Instantáneo; es algo que dialoga con la Historia y no se desvanece como las Stories.

El espacio de la sala en donde se presenta la muestra es bastante complicado. Tiene dos grandes columnas de cemento y un piso oscuro de plástico. La luz, además, es puntual y le otorga una sensación teatral a todo lo que allí ocurre. En todo Buenos Aires, creo que no existe una sala más lejana a la idea del cubo blanco (que por otro lado ya resulta un poco anacrónica, sobre todo para mostrar pintura). Pienso entonces que es necesario lograr dialogar con esa sensación de templo subterráneo que trae la sala. Por eso, creo que la muestra de Verónica adquiere una solemnidad extra que va de la mano de ciertas decisiones. Todo el montaje es simple y severo. Todo está alineado. Hay obras grandes y pequeñas en distintas configuraciones, pero ese orden tan simple refuerza la sensación de que esos recuadros son ventanas a través de las cuales hay que asomarse. Todo llama a la tranquilidad y a la necesidad de observar casi como en una meditación.

Como antes decía, Verónica siempre pintó figurativo. Incluso creo que en su trabajo la figuración solía tomar un papel central creando situaciones también literarias que la llevaban casi siempre a forzar los límites tradicionales de la Pintura construyendo Instalaciones. Sin embargo, aquí concentra todo un trabajo reciente que es puramente abstracto y esto la confronta con un enorme desafío: Sostener una muestra solo con los recursos plásticos. Alcanzar la potencia necesaria para que esas obras no luzcan como un experimento menor o un desliz caprichoso de su obra precedente. Asimismo, esto la obliga a desarmar todo lo antes hecho al pensar el cuadro como un espacio abstracto con sus propias leyes. Resulta curioso que, así como ella realizó este recorrido, Silvia Gurfein hizo el opuesto en la muestra que mencionaba más arriba. Ella, en contraste con su obra abstracta, tuvo la necesidad de pintar jarrones con flores. Ambas, yo creo, proponen un momento de detenimiento necesario. Un tiempo de madurez en el que se hace preciso establecer un diálogo con la tradición de la Pintura.

Entre las obras distingo tres situaciones a las que decido ponerles nombre: El fuego gris, La tempestad y las Pruebas de laboratorio:

Verónica trabaja con líneas. Mínimas, superpuestas, enlazadas, yuxtapuestas y entrecruzadas. Miles de trazos que en su densidad construyen las pinturas. Al mirarlas no queda claro si cada trazo es individual o si, mediante algún dispositivo, logra trazos múltiples. Pero sí resulta evidente que, casi como un organismo, cada línea tiene un principio (a veces un punto), tiene una voluntad de movimiento y también una velocidad propia. Solo con esas tres dimensiones Verónica desarrolla un inmenso vocabulario de líneas que hablan por sí mismas. Casi podría decir que el resultado final es solo el rastro necesario de esas voluntades que se materializan como si fueran chispas que se enfrían y dejan una estela en su recorrido. O más bien pienso en fuegos artificiales que estallan de distintos modos y se congelan en el camino dejando una impronta gris que se superpone una y otra vez. Pienso esto porque alguna vez pinté fuegos artificiales y me acuerdo de como tuve que hacerlo en una superposición de tiempos para que realmente se sintiera el estallido. Encuentro esto en las pinturas de Verónica porque las diferentes capas tienen también diferentes valores y esto genera una sensación de volumen perturbadora. Esos cúmulos de líneas toman formas y se mueven. Se ven densos y fantasmagóricos de lejos pero luego, al acercarse, permiten ver los intersticios hasta un fondo infinito y plano que las contiene.

Me detengo ahora un momento en esta situación de la distancia. La profundidad de la que antes hablaba también tiene mucho que ver con esto. Las pinturas son planas, en eso estamos de acuerdo. Pero la construcción del espacio tiene muchos tiempos superpuestos (que superficialmente nos permiten sentir la distancia). Sin embargo, además de esa situación perceptual, la superposición de esos tiempos le otorga al cuadro la potencialidad de múltiples lecturas. De algún modo un cuadro profundo contiene muchos cuadros superpuestos ¿Qué quiero decir con esto? Que no basta con pararse un segundo frente al cuadro y mirarlo. Que hay un tiempo de contemplación necesario en el cual el cuadro se expande y nos permite ver todas esas capas ¿Me refiero a una sensación espacial? Un poco sí, pero sobre todo me estoy refiriendo a las capas de sensaciones y pensamientos que devienen cuando eso se expande. Es por esto que, para ver un cuadro, hay que estar presente, hay que dialogar con él en vivo y dejarse llevar. Incluso, me pregunto si este no será el motivo por el cual la pintura sigue siendo un lenguaje vivo y vigente.

¡Vuelvo a los cuadros! Retomo entonces la idea de ese fuego gris, de esas chispas congeladas, pero ahora las pienso principalmente en los cuatro cuadros enormes con fondo de color. Sé por el trabajo previo de Verónica que esas obras responden a temperamentos. Entonces un fondo liso de color implica una primera decisión. Ese color funciona como fondo de una escenografía que luego ocurrirá por delante y lo alterará todo. Al cambiar el contraste todas las relaciones entre las líneas se alteran. Sin dudas además el color posee esa fuerza solemne que nos predispone a ciertas sensaciones. Elige dos extremos: el rojo y el azul primarios (o casi); luego el negro y un rosa neutro que incomoda por lo impreciso. En estas obras especialmente las líneas parecen armar una primera escena, un preludio para algo que luego va a ocurrir. Creo que el color despega esa capa de gris hacia otro plano y uno siente que detrás de eso, y también detrás del color finalmente hay una escena figurativa (una tragedia griega o una comedia). Es extraño como después de un rato las líneas se transforman en cúmulos y el color de fondo es un cielo profundo. Por delante ocurre esa tempestad brumosa que es un paisaje pero que también es una persona representada en tormentas.

Por último, casi para contradecirlo todo, un grupo de obras pequeñas forman en la pared una retícula de colores aparentemente sin forma. Juntos se ven como una paleta de Photoshop o un Pantone de colores neutros que viran hacia el verde. Sin embargo, al acercarse, en ese tiempo que la obra exige, esos planos de color se desarman en todo un proceso que queda registrado en los márgenes de esas manchas. Los colores son el producto de superposiciones, de capas unas sobre otras, gastadas, de diluciones desparejas de un color sobre otro que generan una gradación suave. Parecen recortes, muestrarios de distintos momentos climáticos. Incluso recuerdan a las pruebas de laboratorio que se ponen entre dos vidrios para ser observadas en un microscopio.

La retícula es un esfuerzo por pensar lo que ocurre fuera de control en esas otras brumas. Materializa tal vez cierto espíritu científico que está siempre presente como fantasía en las obras de Verónica (recordemos las palomas mensajeras o el museo del invento). A la vez este muestrario de situaciones me resulta interesante para plantear cierta pugna entre un espíritu y el otro, entre la tempestad y el rectángulo. Incluso entre la figuración de las tormentas y la pura abstracción en la negación de la composición.

Luego de esto, no me queda otra opción más que leer el catálogo y con alivio no me encuentro con una voz encriptada diciéndome qué pensar. El texto es solamente una especie de dialogo extenso y tangencial entre dos artistas. Toda la abstracción se vuelve nieves, espadas de Kenjutsu, cuentos de Ray Bradbury, paisajes de Finlandia, películas azules. Las palabras me cuentan todo eso infinito que yo ya sabía que estaba ahí contenido. Pero sobre todo me quedo con la imagen del teatro griego en donde la escenografía es un paisaje que atardece. Termino de escribir, entonces, con la ansiedad de pensar cómo va a ser el siguiente acto de esta trama misteriosa.

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Por Santiago Iturralde
Buenos Aires. Diciembre de 2019
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*1 . Silvia Gurfein
“ASTILLA ESTRELLA PÁRPADO PANTALLA” en Galería Nora Fisch.
http://nuevo.norafisch.com/es/muestras/astilla-estrella-parpado-pantalla/

*2 . Aimé Pastorino
“Piano piano si va lontano” en Galería Walden.
http://www.waldengallery.com/exhibiciones#/piano-piano-si-va-lontano/

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