Un ecosistema, natural y simbólico | La conquista del reino de los miedos | Celina Eceiza

La conquista del reino de los miedos. Celina Eceiza en Móvil (cheLA) desde el sábado 2 de noviembre de 2019 hasta el sábado 21 de diciembre de 2019.

La conquista del reino de los miedos, una instalación blanda y envolvente creada especialmente para este espacio que pone énfasis en su trabajo sobre telas y en el imaginario que despliega sobre ellas de figuras y formas entre oníricas, bucólicas y psicodélicas. Mezclando el humor con imágenes referentes a lo sagrado, técnicas de artesano y formas planas al estilo naïf, su obra da forma a un paisaje de abundancia y calma que concreta la posibilidad de la evasión.




La vida como un manjar,
el inconsciente como un tesoro,
el espíritu como un gigante,
el color como una droga,
el espacio como superficie de sensaciones,
la evasión como una posibilidad.
El capricho como un milagro creando
la dicha de la vida ascendente.
Hay un convento a la vuelta de tu inconsciente
donde vive un aquelarre de mariposas.
Toman vino y decoran con flores el lugar brindado.
Algunas están podridas
y otras floreciendo.

El mundo para evadir.
La evasión para conectar.
Un leve rocío de perfume de lágrimas
moja a las carmelitas.
Todo el mundo está ahí en medio, yendo y viniendo,
en donde cada tanto los dioses pasan sonrientes.
Una mariposa también puede ser un ángel.

—Celina Eceiza




Sobre La conquista del reino de los miedos
Celina Eceiza es una de esas artistas que puede hacernos ver el paraíso en la tierra. Pero no
porque busque evocar ideas ya viejas de perfección o porque convivan en sus pinturas, tal como
lo hacen, todos los reinos de la naturaleza, sino porque en su obra –desde hace un tiempo, en sus
telas– se despliegan con soltura, liviandad y sin jerarquías, formas y cuerpos capaces de
comunicar una energía tan calma como electrizante que oscila entre el ocio y el disfrute, el acecho sin apremio y cierta bonanza que surge de la manera en que se yerguen seguros,
satisfechos y libres de toda preocupación.

Fondos y figuras hacen visible, fundamentalmente, la energía de lo vivo, de una fuerza que fluye y
que en sí misma parece incontenible –así lo sugieren su irregularidad y desproporción, sus formas
tan llenas–. En estos cuerpos en búsqueda de equilibrio existe la posibilidad del movimiento, de
transformar o de haberse transformado, de un inminente cambio de estado, de ser alimento.
Parecen fluir, además, porque tienen la particularidad de exhibirse siempre en diálogo con otras,
están conectadas, apiladas, se afectan y eslabonan, brotan unas de otras, se enganchan como
elefantes, de la trompa y la cola, anticipando una conexión infinita. Las gotas de lluvia y las
lágrimas riegan las flores, la bebida es empujada adentro de las bocas, los pájaros llevan y traen
cosas que son mensajes capaces de comunicar cielo y tierra o una tierra con otra: acercan.
Incluso cuando no las vemos, entendemos que hay otras formas adentro o detrás de ellas, otros
cuerpos que los estimulan, los rellenan, los nutren, los persiguen, los miran, los iluminan, los
queman. En todas ellas late la capacidad de la multiplicación, de la reproducción: en los huevos,
las flores, los vientres, incluso en las telas de araña que se extienden como rayos de sol o pueden
crecer, como media sombras, entre las telas. En los jarrones que son a la vez formas de pan y de
vino multiplicados. Unos y otros son receptáculos y conectores, como una vasija, un tronco, una
rama, una mano, un sexo, una herramienta.

“Elaboro imágenes que funcionan como contemplativas del mundo y al mismo tiempo refieren a
lo bajo, lo oculto, lo mítico y lo sublime, pero también a lo vulgarmente cotidiano en clave
bucólica”, escribió Celina sobre su propia obra. Y continúa: “El humor y lo sagrado se mezcla con
lo caprichoso hallando lugares en el encuentro de culturas y creencias, incorporando las
imágenes y formas que estas toman: una carpa estilo árabe, el toldo de un kiosco, la naturaleza
muerta de un pintor naif, la decoración casual o las técnicas de artesano de feria”. Esta
convivencia de imágenes, de culturas, de técnicas, de diosas y de diablos, es lo que configura este
paisaje de la abundancia en el que no hay hambre, no hay ansiedad, no hay debilidad ni amenazas
tal como las conocemos. Donde las líneas ondulantes –que reproducen, sin forzarlo, el trazo de su
dibujo casi automático–, permiten que las formas se encuentren sin lastimarse. Que se derramen
con naturalidad unas sobre otras, como lo hacen los senos estrábicos de las mujeres que viven
sobre estas pinturas, y que todas ellas floten plenas sobre sus fondos frescos e iluminados.

Celina Eceiza es una de esas artistas que puede hacernos ver el paraíso en la tierra porque
recupera a las formas como parte de un ecosistema, natural y simbólico, que da la bienvenida a
todo lo que se le presenta y donde vida y muerte se reúnen sin chocar, donde todo parece ser
fruto, donde se integra el adentro con el afuera. Porque sus cuerpos exuberantes y libres, capaces
de recibir y de transmitir energía, creadores y guardianes, están en calma. Porque su exquisitez
blanda, liviana y rugosa nos permite escapar del mundo liso y firme y recordar que la capacidad de
nuestras formas de ablandarse, e incluso de deformarse, es lo que les permite abrazar y abrazarse
a lo que las rodea.

—Alejandra Aguado





Hasta el 21 de diciembre en Móvil (Iguazú 451 - CABA)








Celina Eceiza nació en Tandil, Provincia de Buenos Aires, en 1988 y vive en Buenos Aires desde 2006. Cursó la licenciatura en Artes Visuales en la Universidad Nacional de Arte (U.N.A) de Buenos Aires. Durante sus años de estudio, se formó en los talleres de los artistas Carlos
Bissolino, Pablo Siquier y Viviana Blanco. Obtuvo la Beca de Formación Artística otorgada por el
Fondo Nacional de las Artes y El Centro Cultural Haroldo Conti en 2014 y en 2016 fue seleccionada
para ser parte del programa de formación del Centro de Investigaciones Artísticas (CIA), Buenos
Aires. Entre 2012 y 2015 coordinó el área de publicaciones de la galería Big Sur, con las que
participó en ferias nacionales e internacionales, y donde también realizaba la selección de artistas
visuales para la revista digital e impresa. En 2011 ganó el Segundo Premio en Proyecto A. Entre sus
muestras colectivas se destacan Bienveni2, Jamaica Galería, Rosario, 2019; Consti, Galería
Constitución, Buenos Aires, 2019; fiebre bot fantasma, Casa de la Cultura de la UAEM, Ciudad de
México, 2018; La sonrisa del alma sin dientes, Alimentación General, Buenos Aires, 2018; Las
manos en el fuego. Beca Mundo Dios, Centro Cultural Ricardo Rojas, Buenos Aires, 2015; Si supiera
no lo haría, Centro de Investigaciones Artísticas, Buenos Aires, 2015; Otero VII, Espacio Otero,
Buenos Aires, 2013; Señales de vida, Galería Pasaje 17, Buenos Aires, 2012. Realizó, entre otras, las
siguientes exhibiciones individuales: El diablo está en una flor, Moria, Buenos Aires, 2018; No hace
falta gritar, Big Sur Galería, Buenos Aires, 2015; El refugio de la memoria, Mundo Dios, Mar del
Plata, 2015; La llave maestra, Agatha Costure, Buenos Aires, 2013; Rica y apretadita, Isla Flotante,
Buenos Aires, 2011. La editorial Tammy Metzler publicó en 2018 su primera novela, El falsificador.
Más recientemente, su trabajo ha sido seleccionado para participar de la exhibición del Premio
Braque 2019 en el MUNTREF Centro de Arte Contemporáneo, Sede Hotel de Inmigrantes, Buenos
Aires.


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