El encanto de la transgresión. Sobre Puta magia, de Amaya Bouquet. Por Mariano López Seoane

Puta Magia. Amaya Bouquet en PM galería desde el miércoles 13 de noviembre de 2019 hasta el miércoles 4 de diciembre de 2019.

Cuenta el historiador griego Strabo que en el pico más alto del Acrocorinto, había un templo dedicado a Afrodita. El tesoro del templo era una estatua de la diosa vestida con una armadura y sosteniendo un escudo como si fuera un espejo. El templo es célebre porque historiadores y cronistas de la Antigüedad lo han asociado con la prostitución sagrada, indicando que los servicios sexuales ofrecidos por las cortesanas devotas de Afrodita lo habían vuelto centro de peregrinación.



Lo sabemos. Nos separa de ese pasado uno de los procesos de inversión de valores más feroces y determinantes de la historia de la humanidad: el que opera el cristianismo con las creencias paganas y heréticas, haciendo de la antiquísima cultura religiosa mediterránea, y de sus imágenes, duraderos emblemas de lo diabólico. Como resultado, las funciones que las prostitutas sagradas reunían (una espiritual o religiosa, de desciframiento y comunicación con el orden superior oculto; la otra, pedagógica, de iniciación en el erotismo, la sexualidad y los secretos de la reproducción) quedarán separadas para siempre a la luz del día. El mundo de la vigilia – el mundo vigilante – le ofrecerá desde entonces a las mujeres, los roles polares, y rígidos, de la puta o la santa. Y todo intento de arrimar esos dos mundos, todo coqueteo con la posibilidad de aliar lo sagrado y lo sexual, pasa a ser monopolio de quienes viven peligrosamente, alineados en general con los saberes herméticos que circulan hasta nuestros días en distintas formas del esoterismo.

Pero como sabemos desde la historia de la serpiente y la manzana, toda insinuación de peligro conjura la excitación de la transgresión. Y es así que en ambos lados de esta grieta se multiplicaron los intentos, algunos célebres, por suturarla. Santa Teresa llega trabajosamente a un éxtasis místico que en la clásica representación de Bernini se ve como un orgasmo. Del otro lado, Madonna canta una y otra vez que el acto sexual puede ser una experiencia religiosa. La lección parece ser: al obedecer las leyes de cualquiera de estos dos polos hasta el furor (como hacen la mística y la puta desacatada) se alcanza la epifanía de su parentesco atávico.



Perteneciente a una generación amujerada en la circulación radial de “Like a Prayer” y “Like a Virgin” (en ambas el modo de acercarse a lo sagrado es la comparación: se mira, pero no se toca), Amaya Bouquet ha cultivado en su trabajo el encanto de la transgresión. En Puta magia, sin embargo, no trabaja en pos de una reunión imposible de las dos mitades de la mítica puta sagrada. Anclada en la figura de la puta, y en las pasiones bajas que se le atribuyen, Amaya parece buscar metódicamente el poder mágico de eso que desde hace milenios se señala como bajo, sucio, pecaminoso y contaminado. Lejos está esta muestra de proponer una elevación. Por el contrario, postula que allí donde nos reclinamos y nos hincamos para reptar entre nuestros fluidos, allí mismo reside el poder de transformarlo todo. Como si se propusiera una actualización en clave bruja de la máxima de Hölderlin:
“Donde está el peligro también está la salvación”.

Todas las obras concurren en celebrar la fuerza de lo bajo. Símbolos mágicos (“Sigilos”), dibujados con semen y revelados con fuego, que, cargados o activados con la energía de su propio orgasmo, operan en el inconsciente. Pinturas al óleo en las que es evidente el regodeo en la pincelada; la obsesión, que bordea el onanismo, por el detalle. Y que hacen de las retratadas, mujeres frías a la manera de Van der Weyden o Caravaggio, meras portadoras de bocas, reducidas a su vez a la función residual de glory hole. Claro que en una muestra dedicada a la inversión, esa función receptora y servil se transforma en fuente de goce y de poder: las bocas hueco parecen agujeros negros determinados a engullir todos los falos del universo. En la misma línea, un cristal tallado ofrece una contra-narrativa de la concepción: apoyada en investigaciones científicas (y en lo que el Tantra viene afirmando hace miles de años) que sostienen que son los óvulos los que eligen por qué espermatozoide se dejarán fecundar, Bouquet celebra la terquedad altiva de los órganos de reproducción tradicionalmente codificados como “femeninos”.



Sí. Esta muestra viene a poner comillas en cada término, y nos invita a profundizar la descomposición en curso de las oposiciones tradicionales. El autorretrato de la artista como mujer embarazada que domina la sala, lejos de obedecer las convenciones angelicales que suelen regir la representación de esta etapa de la vida, explora la posibilidad de que el poder de reproductivo sea también poder sexual y poder político. Una embarazada enmascarada en concha nos mira desde arriba desafiante. No es un ser débil al que hay que cederle el asiento. Es una luchadora entronada dispuesta a descargar su fuerza sobre nosotros, una “Venus de las pieles” tan magnética como temible.

No puede extrañar que en este conjunto dominado por bocas, vulvas y óvulos, los atributos “masculinos” se instrumentalicen, puestos al servicio de las empresas intelectuales y mágicas de la artista: el pene, transformado en dildo bañado en oro, ha devenido separador de lectura, partiendo en dos las entonaciones de un misario; su leche fresca se vuelve tinta invisible de los deseos más secretos de la amante, encriptados en los sigilos que impulsan su manifestación. En este punto, Puta magia sigue al pie de la letra la letra del mito, y vuelve al origen. El origen de Afrodita, nacida de la espuma que se agita en el mar cuando sobre él se derraman las gotas de sangre y semen de su padre Urano, castrado por su hijo Cronos.

Mariano López Seoane



Hasta el miércoles 4 de diciembre de 2019 en PM galería (Belaustegui 388 - CABA)





Amaya Bouquet. En 2008 fue seleccionada para la novena edición de Curriculum Cero en la Galería Ruth Benzacar. Durante ese año, recibió la subvención de Línea Joven del Fondo Nacional de las Artes . También en el mismo año, Amaya comenzó a estudiar la talla de cristal de la mano bohemia en la Escuela Nacional de Vidrio, donde desarrolló su propia técnica, que incorporó a su obra de arte. Su pasión por las artes aplicadas motivó a Amaya a estudiar la técnica del pan de oro, la joyería fina y el trabajo guillochè con esmalte. Sus piezas revelan su fascinación por los diferentes aspectos de la luz relacionados con su naturaleza física y de manejo, así como su sentido espiritual. Su trabajo se distingue por los materiales ornamentales y nobles y está inspirado en la oramentación, el esoterismo y la biología.


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