En busca de la ciudad Tesoro

Espesura. Artistas varias en Espacio Cultural Museo de las Mujeres (Córdoba) desde el viernes 13 de septiembre de 2019 hasta el sábado 2 de noviembre de 2019.

La vida se vuelve lenta luego de un largo período de retraimiento forzado. Vivir encerrado de algún modo nos devuelve al mundo, pero cuando ese encierro termina, aparecemos nuevamente en él un poco más torpes, con menos capacidad de razonar, la mirada más dormida y los pasos más inseguros y un poco extraviados. Llegar así a un museo no depara los mejores augurios, y tanto menos si atravesamos sus puertas sin saber ni cómo ni por qué. Pero al mismo tiempo hay un arrojo, la acción de una voluntad muda, un hábito, el de mirar, que se manifiesta frente a todo.



De repente y casi sin saber cómo, camino por el centro de la ciudad, que es un lugar complicado y lleno de cosas y gente en tránsito: alguien grita un sonido indescifrable, otros raspan las cuerdas de sus instrumentos en una canción eterna. Córdoba es una ciudad mal construida y que crece como se le antoja, pareciéndose cada vez más a un organismo natural, porque su desarrollo no está regulado de un modo explicable. ¿Acaso una ciudad debe tener una forma? Hay personas que escapan de Brasilia o de La Plata porque el rigor de su diseño, se vuelve un peso insoportable. El caso de Córdoba, siendo uno de los municipios más extensos del planeta, es un misterio con muy poco misterio. En el centro se enredan y anudan las personas que luego, desatadas y libres de esa madeja, de vuelta en camino, se alejan cada una a sus márgenes a vivir una vida desconocida.
Y allí en este engendro malformado que es el centro sigue el Espacio Cultural Museo de las Mujeres antes conocido como MUMU y antes como Museo de las Mujeres; existe, está ahí. Y dentro de sus habitaciones, en sus pasillos, salas, oficinas y escaleras y en el baño, los límites de nuestras miradas ciudadanas se cruzan y se juntan y se separan y se hablan las unas a las otras. Y muchas veces no se entienden. Pero no queda otra. Como en una película de Werner Herzog en medio de un viaje y lejos de casa, lo que importa es tener la voluntad de cruzarse con alguien de a pié, y hablar. Eso parecen estar haciendo las obras que ahora se exponen en el marco de la muestra que lleva como título “Espesura. Nueve pintoras locales”.

Lo que sucede ahí, entre ellas, es de carácter extraordinario, por el diálogo que entablan; fuera de todo orden esperable, estas obras configuran una reunión en la que se ha dejado de lado a las anfitrionas, quienes se han retirado a atender sus asuntos de trabajadoras con la charla continua como sonido de fondo; y también han quedado de lado las autoras, ya en sus casas sin poder escuchar los que sus cuadros cuentan, alzando y bajando la voz en la marabunta en la que han quedado.
Tal actitud es un ejercicio de oficio y un signo de vida; por parte de las autoras, porque el retiro desde la institución al hogar marca el regreso a lo cotidiano, a pintar entre las cosas y los menesteres, construyendo así el oficio de pintoras. Porque de un modo u otro lo que se expone y pone en relación es el resultado de un trabajo que obtiene, en conjunto, un resultado inesperado. Como si el ejercicio de pintar pudiera pensarse como una caza furtiva con rifles de miras mal calibradas, miras que guían los disparos hacia los lugares equivocados, pero dando siempre en el blanco, en un blanco: el del lienzo. No porque no se tengan cuidados, porque no se reflexione, o porque no haya historia ni ciudad ni institución ni persona ni nada. No importa nada porque del entramado de historias de esta ciudad, el lienzo se abre y contiene cada vez una imagen que nace y se expresa como es. Por parte de las anfitrionas, es un ejercicio de vida y de oficio porque con su trabajo han dejado dispuestas las salas para recibirnos, también han buscado un sentido y se han ocupado de que cada cosa esté en el lugar en que está.

Los cuadros y los objetos que se exponen en las tres salas anteriores del museo, reciben a quienes pasean, se disponen a ser discutidos, a conversar sobre su procedencia y su filiación, porque en cierta manera se constituyen y muestran como unidades por fuera de todo registro histórico, parecen mirarnos desde su individualidad. Se crea también un escenario que no parece una puesta en escena, sino que da la impresión de ser un verdadero lugar, pues tiene el poder de convertir la sala del museo en otra clase de habitación, transportándonos en el espacio y el tiempo.

La pregunta inevitable es si estas obras podrán ser miradas más allá de esta muestra. Quiero decir, si estos sentidos que se configuran dentro de la institución, prevalecerán cuando cada obra, junto a su autora, esté de regreso a su casa. Y más todavía, ¿cuál y cómo es esa casa? Las procedencias no son claras. Sobre todo cuando una cuarta sala entra en juego y confunde, pues parece autónoma, o en nuestros términos, está en silencio. Son esculturas geométricas deudoras de una fuerte tradición cordobesa. Y por eso, en este contexto, recrea un escenario que no parece real: esta obra parece saber cuál es su lugar, cuál su filiación y qué es un museo. Se abre así en el recorrido un espacio de tránsito, que nos conduce a otras salas. Más allá, paisajes alucinados. Y luego ya se confunden las fronteras: la instalación y el soporte audiovisual trazan ahora un mapa que no oficia de tal, pues nos pierde en esta espesura sin referencias cardinales, y lo que antes era la realidad ahora es ficción.
Y no hay más límites ni obras que hablan y otra vez el deambular indescifrable de miles de personas nos encuentran en la vereda de la peatonal cordobesa, con piedras mal pegadas que son un peligro, como algunos cuadros.

Espesura. Artistas varias en Espacio Cultural Museo de las Mujeres hasta el sábado 2 de noviembre de 2019.

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