Cuando las santas vienen marchando

Incendio, corazón y cielo. Mariana robles en Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda desde el martes 6 de agosto de 2019 hasta el sábado 21 de septiembre de 2019.

Martes 13

Es el tiempo de la espera, un día frío en el centro de la ciudad. Un colectivo se detiene, con suerte, justo al borde de la senda peatonal, donde ya caminan algunas personas como si no existiese peligro. Es demencial ver a esos mastodontes de colores atravesar las calles angostas del centro histórico a toda velocidad, mientras los ojos de sus tripulantes miran impávidos por la ventanilla o las pantallas del celular.
Se me ocurre, luego de una jornada de trabajo, entrar a la Iglesia Catedral, despejarme del bullicio general. También pienso que ayer alguien, hablando de las iglesias expresó entre otras cosas que allí se va para obtener cierto recogimiento. Tan fuerte quedó resonando en mí esa palabra que quise ir a la iglesia mayor de la ciudad en busca su significado. Pero un momento después recuerdo que la exposición de Mariana Robles en el Museo de Arte Religioso está justo en frente, cruzando la calle, en la que fuera una de las casas donde vivió Juan de Tejeda. Aunque por rigor deberíamos decir que donde ahora es el museo, Juan de Tejeda más que vivir, nació. Los edificios del centro histórico cordobés están hermanados en dos vertientes: la religiosa y la de la conquista. Una de la mano de la otra. Y es así que la casa donde naciera “el primer poeta de la ciudad”, según se anuncia en una placa en la entrada, está junto a una iglesia y en frente de otra y la más importante.
Cruzo entonces hasta la puerta de ingreso para encontrarme con un papel escrito en computadora: MUSEO CERRADO, LOS ESPERAMOS MAÑANA DE 9:00 A 13:00 HS. Ya es tarde y las puertas cerradas son dos postigones verdes de al menos tres metros de alto, con aldabas en bronce. Los miro e inmediatamente pienso en la edad media. Mejor dicho, en alguna imagen de alguna película cualquiera de caballeros y magos. Y entonces imagino que golpeo las puertas con un tronco de un peso extraordinario, que las quiebro, venzo, y que se abren de par en par. Pero lo que sucede es que ya me encuentro de nuevo caminando en dirección a la esquina.
Allí hay una galería que es parte del edificio, donde un Cristo arrodillado sostiene una cruz de palos, a la que mira inclinado hacia el suelo. A su lado y sobre una roca, una calavera humana demasiado grande. Paso por esa esquina muchas veces por semana, a veces en más de una ocasión en un mismo día, pero nunca había reparado en ese cuadrado de vidrio ni en la imagen que contiene. La representación me resulta muy extraña, nunca lo vi a Cristo así. Además no sabía que estaba en esa esquina. No parece la encarnación de Dios, no tiene ese peso simbólico. Parece más bien derrotado, como si dudara, haciendo algo extraño… ¿y esa calavera? ¿Qué hace? ¿Qué significa? Imagino inmediatamente un lugar común: Shakespeare. Todo se vuelve más extraño e inverosímil. Pensar en Shakespeare solo es residuo y pereza, pero no encuentro otro modo.
Giro sobre mí y veo, expuestas a la vía pública, dos vitrinas empotradas en una pared. Dentro de sí contienen, cada una, una obra de Mariana Robles. Son dos vestidos con adornos. Hilos cosidos el que tengo a mi derecha, y un reloj el de mi izquierda. Me acerco. Una escultura que representa un vestido medio informe, un esbozo propio de la imaginación de la artista. Sus límites desbordan, no están claros. Pero sí lo está el reloj. Es una casita, tiene un péndulo y dice no sé qué hora. Es de color dorado. Y está sobre el vestido, dentro de la caja de vidrio, y afuera del museo que está cerrado. ¡Diablos! ¿Qué es eso? ¿Y por qué me atrae tanto? Apenas verlo supe que ese reloj en ese vestido en esa vitrina sería la estructura de todo. Todavía no puedo ver la muestra. Pero ya estoy ahí en ese tiempo atrapado.

Viernes 16

Camino hacia el museo seguro de que estará abierto. Estoy en horario y la muestra de Mariana Robles está dentro del marco del Mercado de Arte Contemporáneo 2019, conformado entre otras cosas por la participación de un conjunto de galerías que acaban de abrir sus puertas. En realidad se abrió una única puerta: la de la carpa levantada en la Plaza San Martín, centro neurálgico de la ciudad de Córdoba; carpa que contiene a todas las galerías y que pronto también alojará a librerías y editoriales para una nueva edición de la Feria del Libro y el Conocimiento.
Al llegar al museo me encuentro de nuevo las enormes puertas cerradas, según reza un cartel. Me resulta extraño pero no me detengo en ello, pues inmediatamente noto otra hoja A4 de computadora con una imagen del novio de internet: se anuncia una nueva proyección del ciclo de cine debate “Cine con Alma”. Hoy está programada Matrix. Desde las puertas del museo de arte religioso Keanu Reeves, anteojos y sobretodo negros, escopeta en mano, mira al más allá. Pienso en cuál será la lógica de programación del ciclo. Pienso en Matrix e imagino una cierta afinidad con lo religioso, desde el momento en que plantea una dualidad entre cuerpo y mente, y de cómo bajo los estímulos cerebrales necesarios, podemos vivir una realidad que no es más que una cáscara vacía, pura apariencia. Pienso en la dualidad entre el alma y el cuerpo y pienso en las hermanas Wachowski, que al momento de realizar esta película, eran hermanos: ¿tendrán algo para decir del alma? No lo sé.
Camino hacia la galería de la esquina, tal como la primera vez que llegué antes estas puertas, y me doy, otra vez, con una sorpresa. La que yo creía la imagen de un Cristo muy extraño, no es tal. Este hombre en cuero y taparrabo con una cruz de palos en sus manos es un ermitaño. Vivió en una gruta en el desierto de Calcis a principios del siglo V de nuestra era, y antes de ello fue sacerdote y traductor de la que fuera la versión oficial de la biblia durante 15 siglos. Es San Jerónimo. A sus pies yace un león que antes no había visto. La calavera sigue allí. Y la leyenda impresa sobre esta obra me da la razón al menos en algo de mi visita anterior, dice: “… una calavera evoca el recuerdo constante de la muerte y la fugacidad de la vida”. Shakespeare.

Sábado 24

Vuelvo al museo por tercera vez y lo encuentro por fin abierto. Es una mañana soleada de otoño, el centro de Córdoba bulle de gente y en la vereda un cantautor a los gritos nos mira pasar de reojo por detrás suyo, camino a la puerta principal. Llego acompañado por una amiga. El camino por la vereda de piedras se hace largo. Voy con una bota ortopédica porque me quebré la pierna, y me gustaría tener un bastón para golpear las vitrinas y señalar las obras desde lejos. Y también porque recuerdo una vez que vi a Jorge Barón Biza en una muestra de Irene Kopelman, hace ya más de veinte años. Él tenía un bastón y mascullaba por lo bajo, detenido debajo de unas bolitas de colores. Eran las 15 hs. de un día de semana en el Centro de Arte Contemporáneo.
La entrada al Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda cuesta cincuenta pesos, y se ofrece bajo la forma de un bono contribución. Luego de pagar y de que nos confundan con turistas, caminamos en el sentido contrario a la dirección en donde se encuentra la muestra de Mariana Robles. Esta casa fue también un convento, y como tal la exhibición permanente incluye, aparte de la colección de piezas de arte que atesora, habitaciones que muestran el mobiliario, los usos y costumbres de las religiosas que allí vivían, las vírgenes de las catacumbas.
La habitación a la que accedemos era la destinada a las visitas, a quienes las monjas recibían detrás de una reja de hierro forjado y madera, que divide la sala en dos. No hay por donde avanzar, así que luego de mirar pinturas del siglo XVII realizadas sobre espejos y carcomidas por el tiempo, volvemos sobre nuestros pasos y accedemos, por la galería del patio central, a la muestra de Robles “Incendio, corazón y cielo”. El conjunto de obras en exposición ocupa las cuatro paredes de una única sala, y dos vitrinas empotradas en el centro de la misma. Fiel a su estilo, Robles desborda la sala con colores y formas. Principalmente bajo dos tipos de expresiones: la pintura y el bordado. Distribuidas en conjuntos que forman unidades temáticas, el total de la muestra nace bajo la premisa de ser una lectura de una pieza que conserva el museo: un tapete titulado “El jardín del Edén”, bordado por las hermanas de la orden de Santa Catalina en el siglo XVII y expuesto al público ahora por primera vez. Iniciamos el recorrido en el sentido propuesto por un catálogo de mano que encontramos en la sala. Notamos primero que nada la deficiencia pasmosa de la iluminación, que no hace justicia a las obras expuestas, que precisan de iluminación localizada. En cambio, las dicroicas que nos apuntan desde el techo solo producen sombra y una luz plana que se reparte en cualquier dirección. Es una lástima. Pero no opaca la potencia material y narrativa que la muestra propone.
Vemos en una línea de continuidad una narración que avanza a modo de capítulos. En todos se despliega un juego entre el universo propio del tapete en cuestión, y el imaginario de Robles: los bichos mutan en todas direcciones; las hermanas religiosas, que como el Espíritu Santo, parecen ser múltiples y una a la vez, aparecen y desaparecen. Bordan a la luz del día y también son devoradas por fieras en la oscuridad de la noche.
Una serie de almohadillas bordadas con diferentes motivos llegan desde el espacio exterior: un cordero bajo los efectos del LCD, una mazorca retrolumínica, un burrito cordobés salido de un brownie tóxico y unos peces nadando en una jarra loca. Pájaros con antenas, árboles cuyos frutos son cabezas de santas, dientes devoradores que crecen en los vientres, fieras innombrables y zambullidas que encandilan en la luz del día y producen temor en las sombras. Y hasta un ser de una orden desconocida, travestido con hábitos y corona de espinas, habita este jardín estrafalario.
El carácter de lo sagrado se presenta de modo libre a través del misterio que emana de las imágenes bajo la forma de vestidos, dibujos, pinturas, bordados, objetos, y hasta una cabeza que mira desde lo bajo, cuyo cerebro es un coctel demente de colores tejido al crochet. Al modo de un rezo que por repetición nos conduce al trance, lo sagrado aquí se desprende no solo del tema, sino de la repetición descontrolada en la insistencia por reproducir lo que no tiene una forma final y que es por ello un misterio.
Las citas son múltiples, pero no importan. La obra de Robles posee una virtud: es una expresión genuina que trabaja desde lo doméstico. Para hacer arte hay que tener una voz propia, algo que decir, no a modo de una sentencia ni argumento razonable, sino al modo de una potencia que se traduce en obra. Robles quizás sea en Córdoba una de las artistas que mejor encarna la figura de una artista visual. Despreocupada de todo en un sentido figurado, su obra crece sin límite ni formatos fijos. Devora al modo de una bestia atrapa corazones, roba y se inmiscuye donde nadie la llama, y todo a plena luz del día y en el centro de esta ciudad, que es como cualquier otra.
Luego de dar la vuelta completa al perímetro de la habitación, salgo al patio central que oficia a la vez de distribuidor hacia las innumerables habitaciones del museo. Me siento en un alero a mirar las palomas, el dolor en la pierna no me permite seguir. Mi compañera en este raid vuelve con imágenes de otro tiempo: habitaciones donde las monjas dormían sobre tablas de madera, la sala de objetos en restauración llena de vírgenes en burbujas de vidrio. El cuadrado del cielo que se ve desde donde estoy sentado muestra también la cúpula central de la Iglesia Catedral. Imagino la vida hace 400 años, este convento frente a la Catedral, la hermanas cuidando de las plantas y cocinando en su encierro, más allá el río y personas entre medio yendo y viniendo, traficando cosas y asuntos propios de una vida antigua.
Este jardín de artificios donde descansan las palomas podría ser, como tantos otros en esta ciudad de las campanas, un Edén a su medida. Pero nadie parece hoy detener su marcha para dar lugar a la contemplación que propone el museo como chance de recuperar un vestigio de otra vida. Recuerdo entonces aquel vestido con reloj, que estaba afuera del museo, en una de las vitrinas. Nos vuelven a confundir con turistas que vienen de un país lejano. Afuera el bullicio sigue, y como una interferencia insoportable para un viaje en el tiempo, llega el canto a los gritos de quien sigue marchando.


Incendio, corazón y cielo. Mariana Robles en Museo de Arte Religioso Juan de Tejeda (Córdoba), hasta el sábado 21 de septiembre de 2019

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