Museo Nacional de Bellas Artes en UV estudios

La última exhibición que tuvo lugar en UV estudios fue Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago Villanueva con la colaboración de Violeta Mansilla, Agustín Ceretti, Hoco Huoc y un grupo artistas, críticos y curadores invitados.



A simple vista, el único eje de esta nueva colección presentada por el MNBA es la muerte. Obras de artistas como Mariette Lydis, Mildred Burton, Liliana Maresca, Líbero Badíi, Antonio Berni y Feliciano Centurión con una museografía trash diseñada por Hoco Huoc hicieron del living de esta casa de Villa Crespo la nueva sede temporaria del museo.

Un museo que solo duró un día nos hace anclarnos específicamente en el presente. No hay pasado ni futuro. Nada que representar ni imaginar. Así Villanueva cumple su fantasía de concretar un museo doméstico y de clase media, como indica su petición en la carta –que funciona como texto de sala– dirigida a la directora del MNBA en el año 2015 solicitando que el museo deje de ingresar obras a su colección para terminar con la idea representacionista y colonial que pretende ser una colección nacional.



A diferencia de la carta dirigida al director del Instituto Di Tella, en la que Pablo Suárez manifestó su renuncia a participar de la Experiencia 1968 explicitando que cualquier gesto dentro de la institución, incluso el más radical, era neutralizado y no tenía ninguna eficacia política, la operación de Santiago Villanueva resulta un poco más fría. Donde Suárez manda a imprimir 25 mil ejemplares de la carta para repartir él mismo en la entrada del Instituto, Villanueva envía una carta interna que recién hace pública cuatro años después en esta exhibición.

Si lo que caracterizó a los años sesenta fue la radicalización ideológica producida a mediados de la década con el ímpetu destructivo hacia las instituciones y centros de poder, en el último tiempo pareciera que los artistas recobraron la esperanza en estas instituciones, logrando introducirse y trabajar dentro de ellas. Por lo tanto, la carta de Santiago Villanueva resulta más un comentario de época, un gesto pensado más como materia prima que como un pedido real de transformación institucional.



El logo de este nuevo museo fue creado por Agustín Ceretti que después de haber diseñado con éxito la tapa del libro de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se encargó de darle la nueva identidad visual al MNBA. Este nuevo logo, mucho más cerca del arte que de lo corporativo, es una obra en sí misma. Lo contradictorio fue su utilización para la producción de remeras exhibidas en la entrada y listas para la venta.

En 2015, Paul Preciado escribió una entrada en su blog titulada “Museo Apagado” en la que analiza el devenir de los museos en la nueva era neoliberal, comenta cómo las estrategias de crecimiento financiero y de marketing entraron de lleno en estas instituciones para superar la dependencia de la financiación estatal en tiempo de crisis y hacer del museo un negocio rentable. Estas remeras nos señalan esta dirección, que en vez de aportar a la verosimilitud de la fantasía de un posible nuevo museo, intentan romper la ilusión mostrando una problemática que existe.

El programa público consistió en un congreso que llevaron adelante distintos artistas, críticos y curadores en el transcurso de la exhibición. Entre la obra de Liliana Maresca utilizada como atril y un textil con un poema de Feliciano Centurión de fondo desfilaron distintas ponencias que destruyeron –en un buen sentido– la idea rígida y hermética que suelen ser características de un congreso. Desde Delfina Bustamante narrando los percances y aventuras de la biografía de un artista postmilenial hasta Emilio Bianchic hipnotizando a los espectadores con su impactante performance de feet-painting. Julián Sorter propuso una nueva modalidad de adquisición de obras para el museo: un sorteo entre todos los artistas presentes y luego una carrera desde la calle Padilla hasta la calle Humboldt entre los seleccionados. Así el ganador, entraba en la colección. Por último, Juliana Laffitte con la ayuda de unos guantes blancos y de movimientos extremadamente sutiles, realizó una performance que consistió en descolgar la obra de Antonio Berni, sosteniéndola en sus manos durante 15 minutos mientras recorría con la mirada a todos los presentes. 15 minutos de tensión absoluta, risas y silencio.



Dentro del psicoanálisis la fantasía es un mecanismo de defensa de los seres humanos para lidiar con la angustia. Con la fantasía, el sujeto construye un escenario nuevo que cubre la falta evitando que la angustia emerja. En esta exhibición, este acto de fantasía no viene a cubrir una falta, sino a pensar una nueva posibilidad del escenario institucional con los recursos ya existentes. Una reformulación de lo que entendemos hoy como museo.

Repensar las prácticas artísticas por fuera de las narrativas grandilocuentes y de los grandes nombres –varones cis heterosexuales y blancos– no sólo es importante si no que necesario. Estos pequeños actos ayudan a que el conocimiento y su transmisión no se queden en lo metódico o en lo sistemático, sino que atraviese lo cotidiano, lo político y lo social.


Salecl, Renata (2018). Angustia. Buenos Aires. Ediciones Godot.
Preciado, Paul B. (2017). Posmuseo. El museo apagado: pornogorafía, arquitectura neoliberalismo y museos. Buenos Aires. Ediciones Malba.



Rodrigo Barcos (1991). Egresado del Bachillerato de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente, estudia la Licenciatura en Política y Administración de la Cultura en la Universidad Nacional Tres de Febrero. Exhibió individual y colectivamente en UV estudios, el Museo de Bellas Artes “Timoteo Navarro” de San Miguel de Tucumán, el Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca y el Museo Provincial de Bellas Artes “Emilio Pettoruti”. Colabora con distintas revistas de crítica y poesía. Fundó la galería BÚM (2015-2018) en la ciudad de La Plata y curó exhibiciones en la Sala Microespacio del MPBA.


por Rodrigo Barcos, 21 de Agosto de 2019
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