Rápida y furtiva

No hay presagio en esta mañana soleada de invierno, del encuentro que me espera. La ciudad, como siempre, marcha a su propio ritmo. Pero esa marcha no se vuelve indiferente por no poder estar atenta a todo lo que sucede. No es por indiferencia que, con parsimonia, se apostan como si nada más hubiera alrededor, unos viejos y algún joven frente a la mesa que lleva consigo un tablero de ajedrez. Ni tampoco es por indiferencia que el guitarrista y cantor, instalado en la esquina de Obispo Trejo y Dean Funes, discute con un policía, y le exija respeto: “Vos no podés interrumpirme en medio de una interpretación. Si querés decirme algo, al menos esperá que termine”. Más allá, no actúa con indiferencia un Michael Jackson que desconoce tanto su propia muerte como el documental que lo transformaría para siempre en un ser del que ya no se sabe bien qué pensar, mientras baila enfundado en guantes de terciopelo blanco, cocidos en algún barrio de la ciudad.
Cosas que suceden mientras cruzo la puerta de ingreso del museo, que si no se mueve es por ser sobre todo una antigua casa, o eso creo. Inscripto frente a la Legislatura en pleno centro, a fines del siglo XIX el edificio fue casa de Juárez Celman y también lugar de reuniones políticas de los hombres representantes del gobierno de la época. Una vez adentro, el recorrido que hago no tiene la lógica que propone la disposición de las habitaciones que alojan las cuatro muestras. Pero tampoco me desvío tanto de un itinerario previsto por la misma arquitectura, o al menos no tanto como para no llegar en el orden que corresponde a la última de las habitaciones. Allí, en uno de sus rincones me encuentro, como si fuera una peatonal fantástica y a escondidas del bullicio que impera fuera, con todo un mundo de seres y cosas que se despliegan en movimiento, bajo el eco lejano de unos cuervos que sobrevuelan lugares a los que mi mirada no llegará.
Tras cruzar la puerta de ingreso me salteo la muestra que se exhibe en el hall, y leyendo a medias y a las apuradas el texto curatorial ploteado en la pared que tengo en frente, camino hacia la derecha hasta iniciar el recorrido por la muestra de Selene Cráteres “Bestial. El amor en tiempos de propiedad”. Pienso en la anacronía que sugiere el título y trato de involucrar en términos amorosos a esos bichos que pueblan las salas, pintados sobre bolsas de comida industrial (“su” comida, la que la industria ha fabricado para ellos) y alternados con esculturas diminutas de soretes grisáceos, que me retrotraen a mi más tierna infancia, cuando un sorete de perro existía libre y sin preocupaciones en el suelo, alcanzando entero su ciclo de vida, hasta volverse gris y duro y desgranarse como cemento mal confeccionado, desapareciendo para siempre por obra y gracia del tiempo. Los colores y las formas de esta muestra se disponen de tal manera que el conjunto tiene sentido, avanza sobre el espacio, se piensan las salas y el ingenio -a veces- no se vuelve un rulo ensimismado. La mixtura de formatos entre la pintura, la instalación, la escultura y el fanzine transmiten alegría, pero no es lo que la muestra intenta mostrar.
Un movimiento interesante me hace apurar el paso y quedar frente (o mejor dicho “sobre”) la primer video instalación de Sofía Torres Kosiba que expone “Bravaria. El Reino Inexistente”. Su rostro se despliega en contraste con el pasto verde en un plano cenital, dispuesto sobre un manto negro al modo de alas negras. Su boca se mueve y emite un sonido grave… Avanzo a la siguiente habitación y otra video instalación muestra a la artista acostada al modo de alguien sin techo en la plaza San Martín, huyo y camino hacia el frente y entro en la sala donde se exhibe la muestra fotográfica “Liderazgos entrañables” a cargo de Natalia Roca y Fondo de Mujeres del Sur. Luego de un saludo cordial a quienes conversan allí adentro, doy media vuelta sin llegar a las fotografías.
La nueva habitación en la que entro, a la que debería haber llegado de seguir la lógica expositiva, depara el encuentro anunciado sobre el comienzo. Nada hacía esperar la sensación que me toma de repente, al ver el conjunto de esculturas dispuesto sobre un rincón. Lo primero es una impresión física, que se traduce en sonrisa, una alegría simple de que esas obras existan. De tamaños y volúmenes diversos pero todos en cierta escala que no podríamos llamar pequeña, el despliegue de la materia parece avanzar, moverse, contener en sí algún principio que lo hace más que lo que se puede ver, sin que ello signifique que sean otra cosa. No hay nada detrás, solo la expresión de las esculturas que logra recrear un mundo nuevo, lleno de vida y con sus propias reglas. Lo que yo creo un pájaro antropomórfico domina la escena, en un trono, instalado firme mira hacia un costado, en diagonal difusa. Ni sus ojos ni sus rasgos están definidos, y lo mismo vale para las demás esculturas. Y eso parece, en contra de toda suposición, otorgarle a estos seres más vida. Porque es el despliegue de la materia lo que se revela, antes de pensar nada, la experiencia de su existencia se hace cuerpo y emoción.
Es ahora que los cuervos vuelan en lo alto, y que descubro al límite del suelo, un monitor donde danzan unas piernas clásicas. ¿Qué hacen allí? No me detengo en ellas, pero deseo que desaparezcan y giro para caminar sobre mi izquierda y llegar a una puerta cuyo paso está vedado. Detrás suyo, una especie de altar, una vitrina, un mueble. Se disponen en él, entre otras cosas, unas esculturas diminutas de pájaros. Parece otra vez un reino fantástico e imagino que en algún lugar de esta casa, una joven señora de tez blanca y pálida, recorre los pasillos con un vestido largo de colores apagados y lleno de volados, como la reina de este mundo de engendros felices.

Antes de salir, justo antes de volver a la calle y a la rutina, veo en el suelo unos barcos de papel, dispuestos en círculos. No sé qué representan. Sobre ellos unos barriletes llenos de imágenes. Ya es demasiado.
Afuera todo sigue su ritmo. Y el Michael Jackson sigue bailando.

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