La periferia de La Baranda

“No es todo feo, lo que se ve feo”

Hay tanto por decir de esta muestra del colectivo “La Baranda” que no sé por dónde empezar, entrar a deleitarse con la belleza de los objetos, del montaje, cuya crudeza golpea con fuerza, como si fuera una fusta, anunciándonos que todo duele y que todo es pasajero a la vez, desde lo útil hasta lo que se
desecha.

Atrevidamente, pasé sobre una improvisada alfombra, hecha con una carpa impresa, resto de una publicidad callejera, intenté mantenerme un poco aislado, observo y me reservo, es muy raro para mí, tal vez porque soy un paragua tilingo recostado en “la baranda” de la escalera de la Plaza de la Democracia de Asunción viendo emerger de ese submundo y de sus entrañas a 16 “curepas” extremadamente locos, diferentes y viscerales a los que une una misma pasión, el arte.



En muchos sentidos, una vez más, esta es una muestra estupenda en un local ubicado en el corazón económico de la vida nocturna asuncena, Espacio Bruto, es una galería cuyo espíritu dialoga con las obras de la muestra, muchas de ellas de la calle, de lo que sobra, de lo que no se ve, de lo periférico, fiel a lo que se pretende desde esta galería que es hacer visible lo invisible y que todo fluya a través de las cosas esenciales, amigos, birra, musiquita y buena charla, qué más queres?

La mayoría de la gente “chuchi” circula por la zona donde está ubicada la galería, esto me ha hecho pensar de la carga simbólica que llevan consigo los espacios que pasan desapercibidos y su poderosa vinculación con elementos que irrumpen en la realidad, esa realidad con la que estamos acostumbrados a convivir llevándonos a dialogar sobre lo que vemos y sus discursos secretos.

La Baranda, este colectivo de artistas que nació bajo el cobijo del Centro de Investigaciones Artísticas de Buenos Aires, con esta apuesta trae a la periferia de los “chetos” aquello de lo que huyen en la vida cotidiana, de lo exterior, de lo que repulsa al mirar y a su vez de lo que puede cuestionarnos, la mayoría buscamos de alguna manera huir del espejo interior a través de las cosas exteriores, de lo que deseamos mostrar, perfección, obstentación y belleza, entre otras cosas.



Creo que todos cargamos con nuestros prejuicios a cuestas y que ellos nos susurran perturbadoramente a cada paso que damos, en cada elemento observado y con cada objeto montado, a veces es imperceptible como la realidad supera la fantasía en ciertas cosas de la vida diaria.

Hay aciertos considerables de este colectivo cuyo esnobismo revolucionario, entendido al “sine nobilitate” como aquellas maneras de hacer arte, pero donde ellos dejan de lado muchos parámetros de la convencionalidad y eso es lo que me ha absorto al contemplar sus creaciones.

Hay en cada objeto una carga, una interpelación potente en simbolismos, a veces es necesario una lectura mucho más contextual, en otras es el simple gusto de la selección y en el mayor de los casos, resulta una provocación casi subversiva “a mirar afuera preguntándose uno mismo por dentro”.

Lo más llamativo de este colectivo, es diciéndolo con la vulgaridad merecida, la manera en la que lo bello y lo grotesco entablan una relación amorosa, casi pasional, furtiva y desenfadada al punto de provocar el éxtasis en algún rincón inesperado de este montaje rompiendo y recreando los conceptos estéticos, políticos y sociales ya asumidos como regulares.



La propuesta colectiva presentada tiene mucho del espíritu de sus integrantes para mí casi todos anónimos, tal como el montaje en su conjunto. Me hubiese gustado compartir más tiempo y charla, ya que los conocí ese día y apenas pude hablar con uno o dos, intercambiar opiniones de lo que pude ver en sus trabajos, origen de este texto y tal vez, mis apreciaciones sean un poco alejadas, atrevidas o sarcásticas, a lo mejor yo también estoy “barandeándolos” pero lo cierto es, que todo esto es lo que pude ver en esta interesante puesta en Espacio Bruto.

Indagando que hacían unos palos decorados puestos en la pared, me encontré con unas varas, unas ramitas de distinto origen para construir con ellas un montaje donde se disputa el poder y sus contracaras.

Así, un diminuto palito de hoveñia (Hovenia dulcis) frágil, atado con un moño tricolor formando algo parecido a una cruz con un guante rojo encima, comprendiendo que el poder de los símbolos es inmenso y que más decir sobre este en particular.

El guante, ese guante en particular y en el de estos tiempos en los cuales ha transitado la frágil democracia paraguaya, del casi nuevo tiempo, de este periodo denominado de transición cuya vida al final, con las prácticas arraigadas, acabaron en el conocido casi – casi, Paraguay democratico,
participativo y pluralista.



Desde ese objeto montado pude comprender y reflexionar sobre la responsabilidad de los dos partidos tradicionales -a fuerza de decir verdad- que es incalculable, en los males presentes de nuestra sociedad, aun hoy, como la tricolor anuda la cruz, ese amor a la patria mantiene a tanta gente luchando por un país más justo, inclusivo y realmente democrático.

El garrote, el bastón, esa madera que define nuestra cercanía, aquello que nos mueve a andar de aquí para allá, y que ejerce un poder o lo representa en las manos adecuadas, varas, bastones, varitas y cruces o débiles mástiles, para una frágil identidad que se va perdiendo.

Desde un recorrido por las estampas cotidianas asuncenas y un mapa que presagia un viaje fotográfico por casas, muros, columnas, cuerpos que se mueven y vinculan con un territorio cuya pertenencia es bastante vulnerada, casi desprotegida, lo que genera permanentemente unos paisajes muy extraños en esta capital del Paraguay, la Asunción de mis amores.

En cada rincón que uno puede apreciar se encuentra un destello de extraordinario abandono tanto del sector público como privado, calles llenas de baches, casas abandonadas, descoloridas y en ruinas, a veces tomadas por la vegetación circundante o por precarios ocupantes, pintadas y repintadas,
paredes con arte callejero, propaganda política, y basura abundante hacen que el paisaje esté rodeado a veces de una macabra belleza, donde la modernidad y la decadencia se pulsean todos los días.

En el ocaso de la vida, sin ejercicios de memoria y si no fuera por el arte o los artistas, se perderían muchos de los edificios o los nombres de los protagonistas de capítulos de la historia del Paraguay reciente tales como el arquitecto Jenaro Pindú y su imponente legado o del desaparecido Bernardo
Aranda y los hechos vinculados a su memoria, que hacen al paisaje y la historia asuncena y paraguaya.



Hay tanto que ver, hay tanto que celebrar, hay tanto por descubrir en cada propuesta de la periferia de la vida, en los contornos sutiles de lo ordinario, que ojalá La Baranda nos lo haga ver, reconocer y disfrutar en cada intervención…

Yaguarón, 03 de febrero del 2019.



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por Walter Fernando Díaz Ayala, 28 de Febrero de 2019
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