¿Qué está pasando en la isla que queda cerca de casa?

El territorio escapa de la representación

La serie de las islas utópicas traza su trayectoria entre el siglo XVI y los umbrales del siglo XX. Conforma una biblioteca que interviene en el mundo con una doble distancia: se separa una vez con las tapas del libro y lo vuelve a hacer con el cerco de las aguas. Esas figuraciones de una sociedad feliz recortan su naturaleza ideal contra un horizonte de oposición: los territorios que están afuera del libro, individualizados por la contradicción y la heterogeneidad. Una zona del arte contemporáneo interviene en esos territorios. Lo hace marcando su diferencia con un concepto central del utopismo moderno: el de representación.




En las últimas décadas, el malestar parece haber distribuido otra vez las distancias. Una franja de la imaginación artística desplaza la línea de fuego hacia una configuración más precisa. Esas prácticas parecen haber descubierto el nexo que identifica los territorios con las representaciones, la relación que reduce una cosa a la otra. Y se proponen recorrer el espacio de esa identificación.
Por un lado se trata de permitir la eficacia locativa de las representaciones: para eso hay que despegarlas del sitio imposible en el que intentan separar lo que entra de lo que permanece afuera. Se transforman entonces en entidades móviles, son transportadas desde un soporte histórico a otro, prueban el efecto de los diagramas que causan al aterrizar sobre territorios distintos. La misma sensibilidad que hace viajar a las representaciones regula la velocidad de ese desplazamiento: las hace más lentas para que no se disuelvan en la pura abstracción, para que puedan volver a conectarse con la realidad de lo múltiple. Por la misma dinámica, la práctica artística vuelve sobre la existencia conflictiva de los territorios cada vez que la puede enfrentar al espejo roto de sus representaciones: para comprobar el desfase, para inventariar las figuras de la tensión; para pronunciar, por primera vez, el nombre de ese intervalo.




Para el arte signado por esas coordenadas los conceptos son materiales estéticos desgastados por varias décadas de uso; otro tanto sucede con los procedimientos que se atribuyen al “artista como etnógrafo”. La tensión que lo ocupa no parece elegir una genealogía o la otra; antes bien, recurre a la vez a las dos y juega con lo intraducible de sus formas estéticas, de las que puede disponer como de un repertorio. El territorio se pone en frente, al lado, en copresencia de la representación. No se quiere destruir ninguno de los términos opuestos, sino jugar en el espacio que se abre una vez definida la oposición.

¿Cuál es el procedimiento que hace posible ese juego? Para ensayar una respuesta al interrogante tal vez haya que volver –siguiendo el gesto de nuestra época– a las teorías estéticas de la modernidad. A comienzos de siglo XX, el formalismo ruso encontraba lo característico de la técnica artística en la singularización: crear percepciones nuevas para objetos ya conocidos . Ese procedimiento invita a mirar más de cerca: designa cada uno de los accidentes que hacen a una cosa como si la estuviéramos viendo por primera vez. Por un momento olvidamos que nuestro lenguaje dispone de una palabra que vuelve esa cosa intercambiable por otra. La singularización toma por asalto la ley de esa equivalencia; nos invita, en última instancia, a asombrarnos frente al hecho de que sea posible el lenguaje.




La constelación que permite pensar La isla que queda cerca de casa trabaja con la intensificación de ese procedimiento: designa entidades abstractas para singularizarlas por medio de la historia y la geografía. La tensión entre el concepto y una contingencia sin nombre se intensifica al rescatar un universal que el sentido común pos-moderno había dado por irremediablemente perdido. Digámoslo de una vez: la isla que tenemos más cerca, a poco tiempo de tomar la autopista La Plata-Buenos Aires, singulariza el concepto de la utopía insular. Trabaja con ese modelo volviéndolo extraño, pero también entrañable: no se reduce a mostrar la distancia que aleja de nuestra fecha toda una historia de las ideas, sino que demuestra a través de acciones precisas la posibilidad de restituir su coeficiente existencial.

El resto de un futuro se presenta como ruina

La historia empieza con los planos de un country que nunca se llegó a construir, en el partido bonaerense de Ensenada. Un desarrollador inmobiliario inicia las excavaciones para el sistema acuático que se perfila como su principal atractivo, formado por varios canales y una laguna. Cinco años después, lo único que todavía recuerda el proyecto son los primeros trazos de aquel comienzo. Saliendo de La Plata por la autopista que la conectó fatalmente con la ciudad de Buenos Aires, un islote emerge a nuestra derecha desde un pequeño cuerpo de agua. Ese promontorio es el único resto visible de aquel proyecto. En ese pedazo de tierra Dani Lorenzo descubrió con optimismo la ruina de un futuro privatizado; un baldío que la fantasía podía tomar para la propiedad colectiva. Y algo de eso tiene lugar en ese paraje desamparado por el Dios-capital; probablemente desde antes de que el artista lo señalara. El lugar es visitado algunas tardes por otros cuerpos a los que no reúne el proyecto o la propiedad; son pibes que viven cerca; algunas veces Lorenzo los vio nadar. Habitan el lugar a la intemperie de la ocupación racional que habría tenido como destino. A la luz de la más prosaica hermenéutica no hay signos de que pasen muchas más cosas por esa zona. Sin embargo, esas pocas notas de vida alcanzan para pensar la topografía poética que la intervención encontró: un accidente geográfico al que los avatares de la historia social quitaron el parecido con cualquier mapa.




En La isla que queda cerca de casa el futuro utópico es expuesto como una ruina. Pero –usemos otra vez la palabra- para poder arruinarse ese futuro anterior se singulariza. Por eso se trata de un hecho artístico y no de una declaración de intenciones o un diagnóstico altisonante sobre el fin de la historia. La utopía regresiva que se descompone sigue el modelo de un jardín arcádico: una tierra ancestral donde estaremos inmunizados, por canales acuáticos, frente a los males del mundo. La sociabilidad estará a la altura de esa felicidad sin medida. Lo prometen los renders: jugaremos al golf bajo el sol y soltaremos la amarra para que los yates se encuentren con sus iguales.

El fantasma de la modernidad se mantiene optimista

Y sin embargo el tono del proyecto no es la nostalgia ni la denuncia irónica sino un optimismo de base realista; de un realismo al que no podríamos calificar como ingenuo. Lorenzo comprueba la muerte de la utopía pero saluda el nacimiento de su fantasma. Sospecha que la ausencia de futuro sobrepuja el presente con menor previsibilidad pero mayor energía. ¿No son fantasmagóricas las letras que escriben sobre una pared UTOPÍA, inquietas como el reflejo del agua? Toda representación tiene algo de fantasmal; toda historia, también, es un cuento de de fantasmas. Sabiendo esto el artista no busca impugnarla, sino ganarla para la política. Comienza entonces a escribir una nueva utopía –La imaginación utópica es imposible sin el tiempo lento de la escritura–; está será una utopía espectral: como lo han sido todas y un poco más.

El espacio de su despliegue no será una extensión a la que puedan objetivar la racionalidad de los medios o el control de la felicidad. La espacialidad aparece como la condición que hace posible lo múltiple : otras voces son llamadas a inventar una comunidad improductiva para la imaginación. De ese modo, la utopía es conservada como forma, pero descargada de sus contenidos egoístas . Mantiene el umbral de abstracción suficiente para permitir la ocupación colectiva. El enunciado que funda esa sociedad pone a trabajar la facultad de imaginar con una consigna: “Me gustaría que pienses en un lugar que te interese, un espacio que te genere alguna atracción”. “La única condición –sigue el mensaje que Lorenzo envió por WhatsApp– es que el lugar exista concretamente. También es importante que puedas determinar un sitio y no caer en generalidades como ‘me gustan los lugares con mucho verde’. Si esto es lo primero que se te viene a la cabeza explorá un poco más en tus recuerdos”. Lo vemos con claridad: las precisiones que especifican la tarea heredan del modelo utópico la matriz legislativa.




Pero un segundo poblamiento de la isla no necesitó más prescripciones que la indicación del lugar. Después de añadir la “Isla utopía” a Google Maps los usuarios empezaron a cargar paisajes fotográficos en los que se vuelve difícil determinar si la escena captada corresponde a la ínsula. Vistas del atardecer aparecen juntas bajo su nombre; probablemente el servidor haya sugerido la asignación al sitio de manera automática. ¿En qué espacio se inscriben esas imágenes? Están desfasadas desde el momento en el que nacieron: puntúan la línea de fuga que conecta los dispositivos móviles y geolocalizados con la posición invariable de la ficción utópica. Habitan un lugar incierto, entre el territorio y la representación.


La imaginación se despliega hacia el infinito

Cada acontecimiento estético es el resultado de la fuerza singular que se ejerce sobre un cuerpo determinado. La utopía, como producto de la formación histórica clásica, retiene su manera de pensar la realidad. La modernidad clásica entiende la realidad como un conjunto de fuerzas finitas que son constantemente interceptadas por una fuerza mayor, capaz de desarrollarlas de forma ilimitada: el nombre de esa fuerza es el de lo infinito . Nuestro islote, constreñido entre límites estrechos pero símbolo al mismo tiempo de lo incalculable, exaspera la condición histórica original de las utopías, la lleva hasta el extremo. En el proyecto de la isla que tenemos más cerca, la fuerza infinita de la imaginación, una potencia que se endereza hacia lo ilimitado, se encuentra con un cuerpo que exhibe todos los signos de lo finito: la isla está cercada por la propiedad privada, cerrada sobre sí misma por el contorno de una orilla y adornada con los “detalles inútiles” de la realidad. La ínsula utópica que tenemos más próxima es entonces el efecto de la inmensidad sobre una extensión diminuta. No es más que un pedazo de tierra, pero se pone en relación con la fuerza imaginativa que la eleva a lo infinito De ese modo la basura del country se transfigura en una utopía.

Los relatos sobre lugares concretos que Lorenzo despertó en otras voces siguen una lógica estética semejante. Están construidos con la misma tensión. A pesar de su existencia concisa, los paisajes evocados no tardan en estallar para perforar sus limitaciones. En las narraciones ese instante de fuga se puede reconocer a través de distintas figuras pero por medio del mismo motivo. Lo ilimitado de la imaginación se desprende de la escena evocada bajo la forma de un resplandor, una calma, una sensación de reencuentro o de plenitud. En ese cuerpo colectivo la imaginación retorna en cada caso a través de diversos phantasmata, fantasías que son inscripciones imaginativas de los sentidos sobre la memoria.

Al desagregarse de su marco ficcional, la imaginación que anima las utopías parece volverse una fuerza autónoma. Sin el obstáculo que se interpone a su cumplimiento –motor narrativo de las literaturas utópicas–, sin la presión de sus contenidos morales, sin el componente cohesivo implícito en el diseño de sociedades futuras, lo que se libera como residuo es el material común con el que están fabricadas: la fuerza imaginativa que propulsa las mentes hacia el infinito. Lo señalan la distancia que mantiene la isla por siempre separada, lo hacen los reflejos cáusticos que de lo concreto muestran lo inaprehensible, pero también el fluir marrón del agua y el destello del sol entre los pastizales. Los placeres clásicos de la imaginación se acodan en esas imágenes: lo grande, lo singular y lo bello .

El arte no deja la isla, pero la isla se arrima a la vida

En los meses que precedieron a esta exposición, la isla fue el núcleo en torno del cual se agruparon las iniciativas artísticas realizadas con la firma individual de Dani Lorenzo. Sus distintas exploraciones plásticas fueron llevadas hacia ese reparo que construyó como lugar común; como si al haberla ubicado en la geografía, la obra por venir se hiciera también un lugar en el mapa existencial de todos los días. Ese significado biográfico permite una última exégesis de la isla como alegoría del arte y la posibilidad: tanto sobre lo que puede el arte como sobre las condiciones que lo hacen posible.

En la contradictoria coreografía que acerca ese no lugar del que nos alejan las aguas parece inscribirse también un pensamiento sobre otro tópico común en la teoría del arte: la cuestión de su autonomía. En una de sus lecturas, la autonomía del arte es interpretada como la distancia paradójica que aleja para integrar, que aparta la realidad artística no para disociarla de la vida sino para restituirle por medio de ese recurso indirecto, su agencia para intervenir. El paisaje de Ensenada que Dani ficcionaliza produce todas sus figuras poéticas en ese espacio tensional. En el señalamiento del espacio que se mantiene apartado está cifrado el símbolo de una comunidad paradójica: para vincular elige la soledad, propone la imaginación como no lugar que todes tenemos en común.

Podemos pensar que la narrativa que pone a marchar Lorenzo es un injerto de imágenes extemporáneas en el territorio, una perforación que pretende desconectar un espacio múltiple de todas las imágenes que trataron de estabilizarlo. También podemos invertir el punto de vista y pensar que, de alguna forma, el proyecto nunca intentó hablar de otra cosa que de la confianza depositada en la potencia del arte y la imaginación. El hecho de que haya elegido una postal de los alrededores platenses para mentar esa tradición se debe a que su fábula tiene, a pesar de sus pliegues, la sencillez y la cercanía afectiva que los símbolos necesitan para producir comunidad. Si elegimos encontrar en el islote una metáfora de lo que puede el arte, nos conviene recordar que para Dani Lorenzo el arte es la posibilidad de conectar su imaginación con la de otras personas.






La muestra "La isla que queda cerca de casa" de Dani Lorenzo inauguró el viernes 7 de diciembre de 2018 en el Centro de Arte de Universidad Nacional de La Plata. Es el cierre de un proyecto de investigación artística que llevó adelante el artista durante 2 años y incluyó viajes en kayak a la isla, la colocación de un cartel vial apócrifo, la señalización en Google maps y muchas otras cosas.

Hasta el 21 de diciembre




1 Deleuze y Guattari, El Anti-Edipo, 1972.
2 Foster, El retorno de lo real, 1996.
3 Massey, Filosofía y política de la espacialidad, 1998.
4 Jameson, Arqueologías del futuro, 2009.
5 Deleuze, Foucault, 1986.
6 Addison, Los placeres de la imaginación, 1744.


por Juan Cruz Pedroni , 16 de Diciembre de 2018
compartir