La desintegración, un proceso continuo y casi siempre en movimiento.

Emboscada de Andrés Waissman. Andrés Waissman en Munar desde el sábado 27 de octubre de 2018 hasta el sábado 8 de diciembre de 2018.

La instalación reúne, en un mismo espacio, dos pinturas de gran formato, una larga tira de dibujos sobre papel, un video proyectado sobre el ambiente que muestra la evolución de una gran viruta hacia su oxidación, y una serie de objetos monocromos que plantean un recorrido activo por parte del espectador. En una planta rectangular la instalación tendrá un planteo longitudinal, con un cortinado negro que cancela la luz levantado sobre un espacio posterior de aproximadamente 4 metros y que funciona como fondo.




El ingreso privilegiado a la instalación presenta a nivel del piso dos esculturas de animales mitológicos dispuestas a modo de espejo, enmarcando la entrada. Por detrás se encuentra un espacio compartimentado a partir del posicionamiento de 4 a 6 objetos-columnas, cuyo color piedra es de igual génesis que el del resto de los objetos. Hacia el fondo de la nave central un tercer animal mitológico se posiciona direccionado hacia la pared ocupando el eje central de la vista principal.




En uno de los dos sectores laterales –determinados por la propia existencia de los objetos- se distribuye una larga hilera vertical de papeles pintados, son bosques quemados, que desde el suelo dialogan con los seres que se comprimen dentro de las columnas, que los aprisionan y contienen. Y en el otro lateral apoyadas contra la pared y el suelo y otra sobre el suelo, dos pinturas blanco negras abstractas.

La asimilación evidente del color pétreo a la escultura clásica trae al presente más de un periodo artístico cuyo protagonismo fue de grandes escultores de piedra. Los inacabados esclavos de Miguel Ángel se presentan como instantes del proceso de transformación de un material noble y virgen hacia la figura que potencialmente se revelaba en el bloque. Transformación que no culmina con la concreción o pulido sino que trasciende hacia lugares impensados, convocando lecturas contemporáneas que son provocadoras de tradiciones de otro tiempo. Fioravanti en tanto artista moderno abre con su pan dame de lobos marinos la puerta de un espacio infinito. En el presente las formas de estas esculturas invitan a una interpretación cargada de cierto humor ignorando las pretensiones iniciales. Son dos enormes estructuras voluminosas e inesperadas en ese contexto.

Esta instalación junto a las de Viruta hacen pie en la desintegración, un proceso continuo y casi siempre en movimiento. No solo es el polvo que se desprende del material de acero en las virutas lo que se evidencia como residuo de la desintegración, en estas obras esa metamorfosis está conceptualmente visualizada en la contorsión de las figuras que intentan amoldarse a la cámara donde están forzadas a un mínimo espacio. En estas apropiaciones suscriptas a la estética medieval románica, esta instalación se dibuja como un pasillo procesional en donde el espectador es dirigido hacia la última figura detenida sobre el suelo como punto de referencia para todo el conjunto. Estas seis cámaras que contienen animales y figuras zoomorfas hablan de una existencia aprisionada cuyos contornos se desdibujan en el contacto forzado, asfixiante y sinuosamente humano entre las paredes. Las figuras que habitan los espacios laterales, esconden la gracia de cierto erotismo que transversalmente está en todos los períodos de producción estética. Erotismo soslayado pero a la vez presente.

La diferencia entre el reír y el "hacer reír" se propone para entender la importancia de la risa en la retórica antigua, "ya sea como aspecto de la conducta, ya sea como herramienta estético-retórica", o para descifrar los dibujos grotescos de Leonardo da Vinci que, a la vez, muestran y provocan "los caracteres brutales de la risa".*

Como parte de esta escena de climas y penumbra, de luz apenas proyectada por un video que muestra la viruta palpitando, esta instalación se asume como un espacio de decisión para discernir y asumir: lo viejo y lo nuevo, lo consolidado y lo desplazado, la risa o el espanto. Los hilos de alambre que tejen los objetos presentados asumen la complejidad de aproximarse a los fenómenos del pasado desde la práctica artística, configurando en el escenario contemporáneo una posible definición del “aquí y ahora”.

*Extracto del artículo de Roger Chartier sobre el libro Corderos y elefantes: la sacralidad y la risa en la modernidad clásica (siglos XV a XVII) de J. E. Burucúa






Andrés Waissman nos cuenta sobre Emboscada 2018

Retomé la serie de los trabajos sobre papel en blanco y negro. Juego con las tinta preparándome para iniciar obras sobre las telas. De las tintas y el agua al esmalte y los diluyentes. El juego está en el contraste entre transparencias, brillos, opacidades y negros plenos; como en Fondo de Ojo y dentro de lo que pertenece a la serie de Animales Mitológicos. Esta vez trabajo las superficies con menos juegos, dejo que las medias tintas lleguen casi hasta el color del papel. Hay una intención de territorio y menos sugerencias de animales. Este es uno de los períodos que más se prolonga en el tiempo porque no lo siento agotado. Se multiplican espacios que se convierten en terraplenes o baldíos, en orillas. Estos me están permitiendo llegar a una síntesis atmosférica a la que soy adicto. Ese viento mudo que la luz y las sombras proyectan. Como en el Renacimiento todo valor o tono replica en alguna parte de la obra. Los líquidos no son excesivos ni se desparraman porque sí. Hablo de cómo encaro estos trabajos porque vengo también de los dibujos de Marabunta, en donde el tratamiento es más selectivo, solo utilizo la mancha de vez en cuando, lo más importante en esta serie es la línea y en que ese trazo defina una multitud heterogénea y multicultural. El concepto radica en lo mismo, multitud de personajes, gente de todos los tiempos. En las esculturas me ocurre lo mismo, cambia fundamentalmente el soporte pero para nada la idea del animal, el hombre bestia, el ahogo, lo multitudinario, el encierro. Restos de ramas invadiendo las zonas libres. La viruta no es ajena a todo lo que ocurre en formatos más tradicionales. Son ellas el eslabón encontrado en el relato y es la frecuencia eléctrica que existe entre tierra y hombre y espacio ciego. Valoro sobretodo vivir en una época de encrucijadas terminales, en el risco demencial de la tecnología y de la vocación destructiva que anima a la sociedad contemporánea. Tanto Multitudes, El Alfabeto Perdido, Fondo de Ojo, Animales Mitológicos. Marabunta, La Sombra Colectiva o Los Mutilados (1973-75) son obras iniciadoras que me advirtieron sobre la vida.


Hasta el 8 de diciembre de 2018 en en Munar (Av. Don Pedro de Mendoza 1555 - CABA)
Instagram @munar_arte

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