Algunas de las construcciones con las que el conquistador escenificó al continente

América negra y bruta. Laura Códega en Mite desde el jueves 24 de mayo de 2018 hasta el domingo 24 de junio de 2018.

"¿Quién puede negar que el uso de la pólvora en contra de los paganos es incienso quemado en honor a Nuestro Señor?" Gonzalo Fernández de Oviedo, colonizador español.





En los años 1550 y 1551 se produjo, en el Colegio de San Gregorio de Valladolid, la Junta de
Valladolid. Las denuncias de fray Bartolomé de las Casas sobre los abusos cometidos por los conquistadores desembocarían en un debate entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés Sepúlveda, que puso en cuestionamiento el derecho de la corona a someter a los indios. Sepúlveda expuso como ideas esenciales en su defensa de la conquista: la oposición a la idolatría y pecados de los indígenas, su naturaleza bárbara y servil, la necesidad de garantizar la sumisión para predicar el evangelio y la necesidad de detener la antropofagia y los sacrificios humanos.




Desde la perspectiva de Sepúlveda los indígenas eran bestias salvajes, cuya brutalidad justificaba el
derecho a esclavizarlos. La discusión sobre si los indios poseían alma y si eran o no humanos ya se había saldado con anterioridad en las diversas bulas papales. Por otra parte, asumiendo el sentido esencial del cristianismo, las Casas argumentaba que todos los seres humanos son iguales, y específicamente que los indígenas eran iguales a los verdaderos cristianos porque eran nobles, obedientes, pacíficos y desinteresados de las riquezas materiales. Por estas mismas virtudes, las Casas afirmaba que los indios fueron derrotados por los españoles.




El desconocimiento del lenguaje verbal y la incomprensión gestada en los desencuentros entre los
conquistadores y los indios, favoreció a los prejuicios racistas y a la construcción de una bestialización de lo desconocido por parte de los españoles: los rasgos grotescos, las figuras antropomorfas, el hermafroditismo, la hipersexualización, lo femenino como fuerza poderosa, peligrosa e indomable, amazonas, sirenas, centauros, cinocéfalos, la chinchilla con cabeza humana, el orejudo, el acéfalo, la antropofagia, la barbarie y el mito de la tierra salvaje fueron algunas de las construcciones con las que el conquistador escenificó al continente.

“Colón no tiene nada de empirista moderno” dice Tzvetan Todorov en La conquista de América, “el argumento decisivo es un argumento de autoridad, no un argumento de experiencia”. Sabe de antemano lo que va a encontrar; la experiencia concreta está ahí para ilustrar una verdad que posee, no para ser interrogada. (1982, Ed. siglo XXI, p. 25, 26). En la crónica de su primer viaje Colón afirma “Tres sirenas emergían de la superficie del agua, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara.” (9 de enero de 1493, Diario de Navegación de Cristóbal Colón). América era para el europeo un mundo invertido plagado de analogías infernales.




Desde sus inicios el movimiento cultural brasileño antropofágico se apropió de estas figuras anómalas
y deformes. En el libro Por una ciencia del vestigio errático (Ensayos sobre la antropofagia de Oswald de Andrade), Gonzalo Aguilar reflexiona sobre la pintura Abaporu de Tarsila do Amaral en la que se ve un ser cuyo pie es desproporcionadamente grande, y reflexiona: “Hay que inventar un nuevo cuerpo porque el nuestro, tal como lo conocemos, se organiza alrededor de la jerarquía de la cabeza y de la idea”. (Bs As, Ed. Grumo, 2010, Cap.1).

Para Colón, los nativos vistos desde sus preconcepciones religiosas o novelísticas, no eran más que
parte del paisaje natural del Nuevo Mundo, seres igual de extraños que los pájaros, plantas y animales, que no tienen derechos ni voluntad, y que constituyen tipologías dignas de una colección de variedades para ser mostrada en Europa. La diferencia idiomática era para los españoles sinónimo de ausencia de lenguaje.
Diferente, homogéneo, carente de atributos culturales, sin lengua, ley, ni religión: el conquistador percibía al indio de una manera etnocéntrica en la que se asentaba la certidumbre de la superioridad española. Para Colón, todos tienen la misma estatura, la misma desnudez, y andan pintados igual (Todorov p. 36).




La imagen del caníbal fue el principal arma política y estética usada para fundamentar el dominio. Ver
a los indios como inferiores, salvajes y caníbales, ayudó a devaluarlo, despojarlo de sus tradiciones y
matarlo; y sentó las bases para la justificación del esclavismo y de la asimilación e imposición de valores.
Durante los siglos que siguieron el europeo soñó con el buen salvaje; pero este ya estaba muerto o
asimilado.

Pese a la imposición de la cultura y la tecnología europea sobre los rituales indígenas, la
comunicación entre las personas no mejoró con el tiempo. Entre muchas otras atrocidades, los caníbales fueron condenados y quemados vivos, lo cual demostraba que la sociedad europea con sus masacres masivas no resultaba moralmente superior a las sociedades indígenas con sus sacrificios humanos y la antropofagia.
(Todorov, p. 252)

La Conquista de América proyectó una nueva relación con el Otro poniendo en práctica estrategias
para la transformación de una sociedad esclavista en una sociedad colonial y la de ésta en un nuevo tipo de colonialismo. En la evolución de las relaciones entre los conquistadores y los indios “el pasado vaticina el presente”, afirma Todorov, y como parte de la búsqueda del Yo actual nos debemos al estudio del Nosotros en el pasado.



Inauguró el Jueves 24 de mayo de 2018 en Mite (Av. Santa Fe 2729 - CABA) @mitegaleria

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