Los días de Joaquín Boz en Barro

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Apuntes sobre Los días de Joaquín Boz

Hay un fenómeno, que la ciencia aún no logra explicar, conocido como "timidez entre árboles". Ciertas especies acercan sus ramas y sus copas, pero nunca se rozan. Como si pudiesen comunicarse entre ellas, cada una delimita su propio espacio, su propio territorio. Lejos de suscribir a estas posibles teorías, siempre me pareció que se trataba de un fenómeno opuesto a la timidez, como si, al decidir no acercarse, todas y cada una de las copas que conforman ese follaje cobraran fuerza, identidad, o más bien afirmaran su propio espacio. Esa misma fuerza encuentro en las formas borrosas y semiaisladas que componen las grandes pinturas de Joaquín Boz.

Pero la fuerza total, pienso, la obtiene el conjunto que llena cada panel de madera, tan vigoroso que disimula la composición y parece producto de una potencia ciega. Al recibirlo, uno tiene la impresión de estar dentro de una caverna prehistórica, frente a una pintura rupestre hecha directamente sobre la piedra y muchos años antes de la invención del pincel. La paleta telúrica mancha el panel como la tierra se adhiere a la remera de un niño. Uno siente retroceder hasta la infancia de la humanidad, al momento en que suponemos que el Homo Sapiens mantenía con la naturaleza un contacto directo, inmediato, previo a la dominación. Es también una infancia de las formas, puesto que los elementos (a veces manchas, a veces remolinos de tinta, a veces nubarrones) parecen estar todavía buscando su forma definitiva, como si se estiraran desde la abstracción a la figuración o hacia un estado desconocido.

En el mejor de los casos, aunque no les asignemos un referente preciso, estas imágenes aisladas se vuelven significativas para nosotros, como las imágenes en sus cuevas eran significativas y acaso mágicas para el hombre ancestral, o como una escoba cualquiera puede volverse una criatura única, amada o aterradora, para la víctima de un buen hipnotizador. Percibimos la fuerza latente que en ellas reside antes de clarificarse. Nada es nítido en estas pinturas. Quizá el principal interés de la obra de Boz sea explorar la potencia que anida en lo borroso, en lo rugoso, en lo impreciso, en lo larval que todavía lucha por encontrar su forma. Esta condición evolutiva es resaltada por el artista en algunos trabajos en papel, al que sumerge en aceite de lino para que vaya trazando un dibujo azaroso. Las plantas se inclinan buscando el sol para convertir la luz en energía. Con esa misma lentitud inteligente, el aceite se mueve esparciéndose sobre el papel.

Es difícil saber si la elegante y equilibrada disposición de los colores y las formas obedece a decisiones premeditadas, como las de quien camina sobre una fina capa de hielo, o si, por el contrario, son puro accidente, impulsos súbitos frente a la pintura. Creo que es justamente en esta competencia entre control y accidente, entre límite y libertad, donde se halla la precisión de su obra, tan ajustada como un traje hecho a medida.

¿Qué separa a un día de otro? Se puede pensar una respuesta inmediata, veinticuatro horas. Pero tal vez puede intuirse que sólo son milésimas de segundos lo que definen el fin de uno y el principio del otro. Lo cierto es que no sabemos describir el paso del tiempo sin pensar en el día como medida. Hay una distancia que separa esa unidad de tiempo que entendemos como un día. Y en esa distancia, tan sutil como la de los árboles que no se tocan por timidez, es donde radica quizás la singularidad: aunque se parezcan, no habrá uno idéntico al otro.

por Verónica Flom

Inauguración Viernes 12 de mayo de 2018 a las 19 hs en Barro - Arte Contemporáneo (Caboto 531 - CABA)

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