Caminata al Cauce Viejo del Riachuelo

La cita fue el domingo 5 de noviembre de 2017. El objetivo: conocer el Cauce Viejo del Riachuelo, la última porción del Riachuelo antiguo preservado dentro de la ciudad de Buenos Aires en los fondos del parque Ribera Sur.



Nuestro punto de encuentro fue la entrada del Autódromo Municipal, en el barrio de Villa Riachuelo, donde se cruzan la Avenida Roca y la General Paz, en el vértice sur de la ciudad.

Íbamos con Guillermo Luciano Gómez, compañero del Colectivo Ribereño, nacido y criado en el barrio, que recordó la historia de la zona mezclada con la de su familia remontándose hasta mediados del siglo XIX: gente de campo, criadores de caballos y dueños de chacras en esos mismos predios donde hoy se levantan las manzanas llenas de casas y edificios.

Antes de partir, repasamos datos más recientes. Estábamos en los terrenos de un antiguo proyecto urbano, el Parque Almirante Brown, definido por el primer gobierno de Perón para construir un espacio verde, con zonas deportivas y de vivienda, y la idea de desarrollar la zona sur de la ciudad abriéndola al Riachuelo, a unos trescientos metros de donde estábamos.



Los planes fueron abandonados tras el golpe del ‘55. Se retomaron más tarde pero con intervenciones aísladas. Y hacia una de ellas, justamente, caminamos, al Parque Ribera Sur, el rincón verde, resto del antiguo Parque, hoy gestionado por la Obra Social de la Ciudad (ObSBA), ubicado entre el Autódromo, la General Paz y el Riachuelo.

Mientras una larga hilera de autos hacía cola para entrar al Parque a hacer asados y pasar el día a la sombra, avanzamos en hilera y escuchábamos de fondo el zumbido denso de los motores llegando desde la pista del Autódromo, que nos iba a acompañar durante toda la caninata, omnipresente junto al canto de los pájaros, el ruido del tráfico y del circuito de kartings a metros de donde estábamos.

Apenas ingresamos, fuimos hasta la primera cancha de fútbol, donde a un costado, en una zanja natural, se observa el punto donde el Cauce Viejo ingresa al parque y la ciudad, entubado por debajo de la Avenida General Paz.

En este lugar se inician los 800 mtrs. de recorrido del Cauce Viejo. ¿Por qué no se rellenó con tierra? ¿Por qué se mantiene a cielo abierto este tramo del antiguo río, en lugar de haber sido sepultado como todos los demás meandros de su recorrido en la ciudad?

La forma original del Riachuelo cambió por completo -o mejor dicho, despareció bajo toneladas de tierra- cuando se terminaron las obras para rectificarlo en la década del ‘30. El plan de obras venía demorado desde hacía décadas, y era esperado para poner un freno a las inundaciones, de las que Guille todavía recuerda historias oídas y vivencias propias, entre refugios buscados en las alturas de la zona cuando las aguas alguna vez crecieron hasta 30 metros, y la gente se refuguió en los altos de Lugano y salía en canoas a salvar lo que pudiera.

El Cauce que visitamos en la caminata es una versión reducida y degradada del antiguo curso natural de aquél Riachuelo, con menos caudal que en su época y una vegetación empobrecida, pero donde se mantienen rasgos de ese tiempo, hoy desaparecidos en el resto de la ciudad.



Bajo los árboles de la cancha y otras paradas de la caminata, Guille fue contando de los tiempos cuando eran chicos y andaban por estos predios con sus amigos, cazando ranas en los bajos inundados o tirándose al agua en el Riachuelo, o en algún ojo de agua.

La caminata se internó en el parque siguiendo el “arroyo”, donde subsiste un área de especies naturales únicas para la ciudad de Buenos Aires.

Habíamos venido para reconocer el lugar, y la imagen que observábamos no era la esperada para la mayoría de los visitantes. Quizás porque no existe casi niguna imagen previa que pueda usarse de referencia: esta zona de la ciudad se mantuvo en un limbo, entre descampados y planes a medio hacer, entre proyectos como el del antiguo Parque, o el plan de desarrollo industrial de los años ‘30, que intentó sin éxito aprovechar el canal rectificado para el transporte de mercaderías por el Riachuelo.

Sin duda, la imagen de un paisaje verde a orilas de un río nunca se instaló en el imaginario de la ciudad, mucho menos en esta parte.

A mitad del recorrido, llegamos hasta otro resto del antiguo Parque Brown, un monumento al Almirante, con sus escalinatas de piedra, entre cadenas y anclas rodeando el palo mayor de una de sus embarcaciones.



Más allá, contra el paredón del Autódromo, alguien señaló la zona de excavaciones arqueológicas, donde un equipo de investigadores está desenterrando materiales de un asentamiento indígena del siglo XIII, el primero descubierto en la ciudad de Buenos Aires.

Siguiendo por las orillas, comprobábamos restos de la forma meandrosa del curso todavía preservadas, y la pendiente ya seca a sus costados, señal de un tiempo más caudaloso, donde sin embargo se mantienen, todavía, cúmulos de pastizal y cortaderas, además de árboles y manchones de flores.

En varios lugares observamos zonas podadas, donde hasta hace un tiempo crecían montes de cañas. Y fuimos charlando sobre cuánto podría recomponerse la vegetación si se la dejara crecer sin tratarla como maleza o cortar el pasto para darle la prolijidad de un jardín.

En muchos puntos del curso el agua está casi estancada por completo, por la cantidad de basura y escombros arrojados en el lugar, entre llantas viejas y bolsas de nylon enganchadas entre los brotes.

(A simple vista, se podría recomponer parte de la forma antigua del Cauce si se removieran las descargas de tierra realizadas en distintos lugares de las orillas, que deforman su recorrido).

Los visitantes se dispersaban, algunos animándose a sumergir los pies en la maleza espesa de la orilla, otros manteniendo la distancia desde el camino pavimentado a unos metros, siguiendo la vista panorámica del descampado coronado de hileras de árboles y la vegetación del Cauce, por momentos cubierto por completo.



A un costado, donde el curso empieza a hacer un giro y el terreno se levanta varios metros a su lado, se preservaba un tala, aíslado pero entero todavía, con su tronco flaco y sus hojas secas y diminutas.

(En crónicas periodísticas de los años ‘60, cuando se hacía referencia a Villa Riachuelo, el barrop siempre aparecía como una zona desconocida de la ciudad, a la que era necesario volver a presentar en público, y se recordaba a los porteños las promesas de un desarrollo posible, de cuya cercanía el Autódromo era una prueba, cuando todavía se corrían carreras de Fórmula 1 que aprovechaban la General Paz para ampliar su pista).

(En esas notas se mencionaban los fondos del barrio por donde caminábamos, en donde según los cronistas aún podían verse, con algo de suerte, liebres surcando a toda velocidad para esconderse en un arbusto).

Después de avanzar unos 500 metros siguiendo el curso de agua el terreno se vuelve empinado, todavía cubierto de vegetación, donde el Cauce hace un giro y enfila hacia una valla lateral.

Subimos la pendiente y a nuestro lado sentimos el tráfico de la Avenida 27 de Febrero, que recorre en línea recta el límite sur de la ciudad hasta Pompeya, y más allá los reflejos del agua en el curso rectificado del Riachuelo.

Desde la elevación donde estamos podemos ver el Cauce Viejo envuelto en matorrales y árboles inclinados, unos cuatro o cinco metros más abajo, donde la barranca daba una idea del tamaño que habría tenido el río, y sus crecidas, en otros tiempos.

Bajo nuestros pies el Cauce volvía a entubarse para pasar por debajo de la avenida y unirse al curso principal del Riachuelo.

Estábamos en el Mirador, como lo bautizamos con Guillermo. Mientras charlábamos, asomados a su baranda, Guille recordó a su papá empleado de Obras Públicas, encargado del Puente La Noria, ubicado unas cuadras río arriba. Y a su bisabuelo, Hércules Pontiroli, un italiano que a fines del siglo XIX se había hecho cargo del Puente Antiguo, a pocos metros de donde estábamos.

El ganado llegaba a pie desde Provincia rumbo a los mataderos de Liniers, recordó Guille, que siempre habla de los caballos todavía presentes en el barrio cuando era chico.

Mientras caminábamos Guille también había estado hablando de los querandíes, los antiguos habitantes de la zona. “Mi bisabuela, Dominga Villarruel, era querandí”, contó, como hace siempre que puede.

Se armó, entonces, una asamblea espontánea. Y cuando alguien propuso ponerle un nombre al Mirador, los querandíes fueron una de las primeras referencias, mientras otro agregó la idea de un “paso”, como lugar del cruce, y se terminó consensuando “El paso de los Querandíes”, que Guille procedió a dejar grabado en el material de la baranda, inclinado con una piedra con la que dejó raydas las letras.

Ya estábamos en el tramo final de la caminata. Seguimos bordeando el Cauce por la otra orilla hasta un espacio de sombras, junto a las canchas de tenis y la pileta descubierta, donde nos sentamos a descansar. Algunos se despedían y otros nos quedamos charlando en el pasto.

¿De dónde viene el Cauce?, se planteó. No está claro, aunque se sabe que hay otros tramos del Cauce Antiguo del Riachuelo sin rellenar del lado de la Provincia en la Matanza, en tramos entubados o canalizados en forma de zanja.

Como en toda la caminata, se seguía escuchando el sonido áspero de los motores mientras aceleraban o rebajaban en las curvas del autódromo, mezclado con el canto de los pájaros, el de nuestra charla, superpuesto a los intentos de contemplar un poco de naturaleza.

No era un oásis. El Cauce estaba lejos de ser una reserva virgen. Pero a la vez, por algún motivo todavía sin desentrañar, había quedado aíslado del resto de la ciudad, con cambios pero seguro muchos menos que los de todos los demás espacios de su territorio.

Tal vez no fuera una muestra de naturaleza “original” sino algo más interesante. Quizás fuera mejor pensarlo como un lugar donde la ciudad se fundió con un pedazo de campo, y dio por resultado ese resto caprichoso pero a la vez capaz de disparar asociaciones y ayudar a imaginar cómo habrá sido aquel paisaje perdido, y el proceso que fue transformándolo hasta dar lugar a los empredrados y los cimientos que lo rodean.

Antes de despedirnos, entonces, hablamos de cómo proteger el área. Y empezamos a pensar cómo construir un espacio de reserva natural e histórica para el Cauce Viejo del Riachuelo.




Expediciones Puerto Piojo participará en el Festival Maciel Foto Documental (Circuito callejero en el histórico barrio de Isla Maciel) los días 16 y 17 de Diciembre de 2017 en la Isla Maciel (Avellaneda)



Expediciones Puerto Piojo, quiere recuperar la historia de la última playa de río de Buenos Aires, que fue visitada como lugar de paseo por vecinos de la zona de La Boca, Dock Sud y la Isla Maciel hasta su cierre en 1976 , y formaba parte del frente costero del Río de la Plata, que se extiende desde el Riachuelo hasta la Bahía de San Borombón. La playa se ubicaba en donde actualmente funciona el Polo Petroquímico de Dock Sud, en la desembocadura del Riachuelo. El proyecto busca reconstruir la historia de Puerto Piojo mediante fotografías, mapas, entrevistas y recorridos por la zona de ese antiguo balneario y sus inmediaciones. Recuperando su historia también recuperamos la relación siempre complicada, y hasta traumática, de nuestra ciudad y su río.

Integran Expediciones a Puerto Piojo: Carolina Andreetti, Juliana Ceci, Sonia Neuburger, Pablo Caracuel, Charly Gradin

por Colectivo Ribereño, 28 de Noviembre de 2017
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