La práctica artística como creación de nuevas narrativas históricas

Memoria colectiva en tiempos de genocidio. José Luis Landet, Pedro Roth, Mariela Yeregui, Ester Nazarian, Enrique Ježik, Irene Serra en CC Paco Urondo desde el sábado 4 de noviembre de 2017 hasta el lunes 4 de diciembre de 2017.

“El arte es lo que resiste: resiste a la muerte, a la servidumbre, a la infamia, a la vergüenza”
(Gilles Deleuze)



“No se trata de conocer el pasado como verdaderamente ha sido. Se trata de adueñarse del recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro (…) aquel en que los vencidos de la historia captan, en una iluminación repentina, que el sentido de sus vidas les va a ser robado”
(Walter Benjamin)

Ante las atrocidades perpetradas desde el hombre hacia el hombre, las sociedades deben elaborar tácticas de apropiación del pasado, donde el tiempo no es entendido como algo inerte sino en tanto bloque histórico de experiencia vital y compartida. La relación con el pasado que suponen estas maneras de relación no es algo caprichoso: se trata más bien de una producción de subjetividad que evidencia una revisión crítica de la concepción histórica como tiempo homogéneo que postula al presente y al futuro como desarrollo lineal del pasado.

La “re-significación” de lo pasado es condición para el desarrollo de la subjetividad, cuyo devenir adquiere sentido en la medida en que vincula la diversidad de vivencias, confiriéndole significado a un determinado hecho, a un estado de cosas o a una coyuntura específica, asignándoles un lugar en la vida social. Ese lugar es de alguna manera “inolvidable”, en el sentido de que su olvido tiende a imposibilitar nuestro ser-hacer-pensar futuro.



Para volverse público, ese reconocimiento memorial de la inhumanidad perpetrada requiere lenguajes, es decir, formas específicas de expresión, de representación y de conceptualización. Y es, en esa precisa articulación, que la exposición “Memoria colectiva en tiempos de genocidios” visibiliza toda una reflexión sobre la base estructural de la historia: la memoria y sus posibles prácticas al interior del deseo y la praxis social. La muestra aborda algunos de los genocidios producidos a lo largo de nuestra historia, entendiendo a la poética como camino de resistencia a los abusos del olvido instituidos y operados por la Historia oficial. José Luis LANDET, abre el espacio con la introducción sobre el padre del concepto de genocidio, Rafael Lemkin; Ester NAZARIAN deconstruye el genocidio armenio; Pedro ROTH, el Holocausto; Mariela YEREGUI, el caso de Ruanda; Enrique JEŽIK, la masacre de la etnia bosnia, e Irene SERRA se acerca al exterminio de los pueblos originarios en Santiago del Estero.

Para estos artistas, el ejercicio de la memoria y su trabajo de “rememoración”, citando a Benjamin, es salvar lo que ha fracasado en nuestra supuesta humanidad, rescatar la memoria de aquellos que alguna vez no tuvieron nombre, escuchando la voz de los vencidos. Una tarea que significa, teniendo en cuenta al mismo autor, “cepillar la historia a contrapelo”, oponer la voz y el cuerpo de los oprimidos a la historia oficial que, sigue siendo, la de los vencedores.



El “Gran Crimen” de los turcos contra los armenios, el campo de exterminio nazi de Auschwitz, la matanza entre tutsis y hutus en Ruanda, la masacre de la etnia bosnia, el aniquilación de pueblos originarios desde Santiago del Estero a lo largo de toda la extensión del mapa argentino y latinoamericano, el genocidio en Irak y Siria, la ESMA, el Estadio Nacional chileno, las fosas comunes en Guatemala y tantos otros hechos perpetrados contra la humanidad toda, no forman parte del pasado, sino de un presente desde el cual nos vemos obligados a reflexionar urgentemente, frente a una contemporaneidad donde las derechas radicales y los espectros del fascismo son cada vez más evidentes y corpóreos.

Se trata, entonces, no sólo de mostrar de qué forma se perpetúan los vencedores a través del “proceso de transmisión” de una historia y de una cultura hecha a medida de las necesidades del poder hegemónico, sino, como reclamaba Benjamin, de “devolverle la esperanza” a los vencidos, a nosotros mismos, siendo ese, tal vez, el deseado “por-venir” que inaugura la práctica poética-artística, ese porvenir que la hace resistir a la muerte, a la subordinación, a la cobardía . Desde esta preocupación, el arte como memoria colectiva y menor, plantea su propio dictamen: la responsabilidad del enunciador-productor-artista, como custodio de la memoria, se hace acción de rescate en medio de las múltiples amenazas del presente. Una responsabilidad ética que todas las instalaciones de esta exposición nos imponen también a nosotros para continuar, de forma afectiva y vehemente, sobre la construcción de narrativas locales que resignifiquen, desde el pasado, a nuestro aquí y ahora. Como señala la curadora de la muestra Laura Pomerantz, “el artista local que crea en tales circunstancias, intenta, entre otras cosas, preservar un evento, mantener su memoria cual testimonio de un presente. A pesar de existir generalmente cierta distancia temporal y geográfica con los actos inhumanos, su propuesta, tal vez sin intención, va adquiriendo tintes a modo de evidencia, como si observara tras un telescopio de lente subjetivo, desde el que capta fragmentos de grietas corroídas por la barbarie y por el tiempo”.

El nudo de los dispositivos artísticos de Landet, Nazarian, Roth, Yeregui, Ježik, Serra, en tanto enunciación colectiva, nos abre a la posibilidad de entender la memoria, entre la tensión del olvido y el recuerdo, no como simple revisión del pasado sino como un ir y venir por los rincones de una presencia que no se detiene en puntos fijos, que transita por múltiples direcciones críticas. Desde las narrativas históricas que crean estos artistas, nos queda imaginar el trabajo de una memoria que no sea pasiva y cosificada, sino una actividad capaz de reformular enlaces entre pasado y presente para estallar el tiempo; para lograr un espacio poblado de formas reabiertas de representación histórica, una posible geneaología de memorias locales que permita la constitución de un saber histórico de las luchas y la utilización de ese saber en las tácticas actuales.



Después de todo, la función del arte es mostrar, presentar, hacer visible la realidad que generalmente se pasa por alto, se niega, se falsifica. Son estas prácticas artísticas y culturales las que nos permiten una exploración transversal de nuestro pasado histórico y en-común, desconfiando de las terminaciones y de las frases acabadas a favor de las interferencias y residuos del tiempo. Retomar la construcción de memorias desde las prácticas poéticas pone en juego la relación entre la propia sensibilidad y la emergencia de cartografiar nuestra historia a partir de las experiencias sociales y políticas más radicales. Allí, al interior de esas interacciones micropolíticas que siguen proyectándose en el sin fin de pliegues de la historia, se abre un desafío a la imaginación, a nuestra capacidad de interpretación en torno a pensar la imagen en su sentido más amplio y problemático en nuestras sociedades de control; pensar con las imágenes, más allá del dato visual, en los aspectos que ocultan; y repensar las narrativas oficiales para reescribirlas desde lo singular-subjetivo para provocar esa tan esperada escritura que nos permita adueñarnos, como señala Benjamin, del recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro.

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