Adiós al lenguaje. Capítulo II de: $oporte. El uso del dinero como material en las artes visuales

El estado de ánimo sobre el que se erige este libro está muy lejos de la ironía, el cinismo, la queja y el aburrimiento que dominan el Stimmung actual. Muy por el contrario, el espíritu que lo mueve es el de la crítica activa y melancólica de un mundo que no acaba de terminar. Si como todo lo indica –la catástrofe está a la vuelta de la esquina– el crecimiento de las brechas sociales, la digitalización e internetificación de la vida y el peligro ecológico serán los aspectos centrales de los años por venir, una mirada política (es decir, vital) precisa resistir. La caída de la racionalidad moderna y el aún incierto modelo de construcción de la realidad a partir de datos (no de teorías) al mismo tiempo incomprobables y absolutamente certeros han empujado a las ciencias humanas (en sentido laxo, desde la filosofía hasta la economía política, pasando por la historia y los estudios sociales) a la búsqueda de métodos que puedan ajustarse a las investigaciones que esta época sugiere. Hace por lo menos un siglo que esta cuestión se ha vuelto evidente y central, por lo que existen casi tantas puntualizaciones metodológicas como obras, asunto que hubiera sido extraño en las universidades de antaño. Sin embargo, las fisuras de la metodología moderna se encuentran ya sugeridas en dos de los espíritus que han inspirado estas palabras y que, no por casualidad, han sido parias del mundo académico-universitario.



Aby Warburg y Walter Benjamin son pensadores en los que la verdad aparece como constelación, como composición y no como perfección última o cerrada. En ambos, no son tanto los escritos (fundamentales, por cierto) como un gesto, una manera, frente a la práctica, al material y a la propia verdad lo que ha marcado una línea metodológica ineludible hoy en día.
Benjamin dejó claro que la relación con un texto no se basa en sus argumentos inmediatos, sino en su forma interna, cuyo contenido se prehende durante una recepción subjetiva y activa, a través de un proceso de transformación y autotransformación; con él, sostengo que las posibilidades de un escrito o una obra trascienden a quien son atribuidas o al ejercicio de racionalización al que nos acostumbró el sistema académico actual. En otras palabras, hay un espacio oscuro y adyacente a la conciencia sin el cual ningún proceso conceptual puede llegar a ser.

Warburg, por otro lado, mostró cómo ciertas imágenes pervivieron durante toda la Edad Media y volvieron a la superficie en el Renacimiento. Habría que –siguiendo su estela y procurando hallar un espacio interseccional entre historia y filosofía– recuperar esa potencia y dar voz a las imágenes como portadoras de efectos insoslayables. Podríamos, por ejemplo, preguntarnos cuánto del pensamiento medieval ha subsistido en la Modernidad y sigue aún operando contra “la razón” y “el individuo”, que tan seguros y conquistados creen estar.

Como todas, la subjetividad actual tiende hacia la desaparición. Así lo explicita esa invaluable pieza filosófica que Jean-Luc Godard lanzara en 2014: “Quienes carecen de imaginación se refugian en la realidad. La pregunta es si el no-pensamiento contamina el pensamiento”. En los tiempos de Internet, el sujeto se está diluyendo en un nuevo Gran Otro, que aún nos es imposible definir (él mismo no está aún definido). Sin embargo, el regreso del Islam a la escena política o la importancia de Dante o Averroes en los tiempos de la inteligencia artificial no hacen más que mostrar un camino, parentemente inevitable, hacia el desvanecimiento del sujeto del derecho moderno (que ha sido leído como absoluto) hacia alguna nueva versión del intelecto agente.

Frente a lo que se perfila como un proceso irreversible de autonomización (de la imagen, el lenguaje, la tecnología o el dinero), un problema al que nos enfrentamos es si es posible concebir la teoría y el arte como medios posibles para la verdad. Si, como quisieran determinar los tiempos que vivimos, la respuesta es negativa, todo el arte se reduce a una cuestión de gusto y toda investigación a un problema de opinión. En ese caso, lo único que puede haber son consumos y nichos de mercado de los cuales los trabajos dependen para existir: “El arte deviene idéntico al diseño”1 y el pensamiento social a la religión (una cuestión de devoción). En el caso contrario, ¿qué posibilidades tiene la expresión (teórica o artística) de hacer aparecer algo verdadero más allá de la falsa ilusión de la obra-de-arte- talismán que pueda iluminar con su existencia, de un solo y milagroso golpe, toda la realidad política y filosófica?

Hoy las artes tienen una mayor capacidad para expresar al mundo que las ciencias humanas, pero no porque sean superiores en algún sentido, sino, simplemente, porque aún conservan cierta permeabilidad a discursos heterogéneos que las humanidades han perdido gracias al letargo academicista que las aqueja como respuesta al Mayo francés2. Las artes visuales son aún, de algún modo, un núcleo autocontenido, en tanto que forman o absorben a sus exponentes más representativos. En la actualidad, la filosofía y las ciencias sociales se encuentran, en su versión universitaria, encorsetadas en una situación muy similar a la que se hallaban en el siglo XIII. Si la tarea principal era, entonces, la copia y comentario de los clásicos (filtrada, por supuesto, por el velo de la ideología imperante), hoy es la producción de papers (en el mejor de los casos, eruditos) que replican y comparan argumentos sin pretender (por los bríos de quienes los escriben o temor a quienes los evalúan, quién sabe) arriesgar nuevas explicaciones o vías para hablar del mundo, para decir algo. La Academia no es ya un espacio de diálogo, crítica e innovación, sino un sitio consagrado a la paráfrasis y el archivo, mientras que la creatividad y el arrojo son desterrados. Hoy parece más importante descifrar qué dijo alguien sobre una cosa que comprender la cosa misma. Pero el pensamiento, como la philía, es un estado que persiste, de modo que es central preguntarnos quién es hoy sujeto del pensamiento (¿quién piensa?). Si nosotros no lo hacemos, alguien (o algo) nos suplirá en la tarea.

Pese a ser el portador universal de valor y a sus colosales influjos sobre el mundo del arte (o tal vez justamente por ello), el dinero no ha sido uno de los medios predilectos para la expresión artística. Comparativamente, son raros los casos en los que el dinero aparece expresamente en obras de arte, ya sea representado o (menos aún) como material. Claro que existen obras de oro y de plata, pero eso no las hace directamente obras-hechas-condinero, ya que para ello deberían estar acuñadas. A diferencia de aquellos exponentes de la historia del arte que han representado monedas o diferentes formas del valor y las riquezas, el uso de dinero auténtico trasciende la ilustración idílica y coloca al público directamente vis-à-vis con la materia poseedora del mayor poder de compra. Y dado el monstruoso espacio que ha tomado el dinero como elemento sacralizado (convertido en fin, adorado), acaparando prácticamente cada actividad o producción humana, algo que aquí me interesa es poder pensar sobre un uso específico del dinero que se hace visible cuando éste forma parte concretamente de piezas artísticas. Por eso el foco estará puesto en trabajos que lo utilicen como material y no que lo aludan o representen. En efecto, uno de los objetivos que, entre tantos otros, me llevó a la escritura de este trabajo es poder colocar al llamado money-art (al arte hecho literalmente con dinero) como categoría estético-política para posteriores análisis. Por eso, nuevamente, no es importante enumerar todas las obras de esta categoría, sino ampliar su estudio teórico y reflexionar sobre el ser de los medios.



Sobre el libro $oporte. El uso del dinero como material en las artes visuales de Hernán Borisonik que se presentará el Martes 31 de Octubre de 2017 a las 19hs en la Casa Victoria Ocampo (Rufino de Elizalde 2831, CABA).


1 En su breve e interesante ensayo The Truth of Art (del que proviene esta frase), Boris Groys revisa algunas posturas acerca de la verdad y la individualidad en la era de Internet.

2 Mucho debería decirse sobre esta cuestión, que toca tangencialmente a este texto. Me limito, por ahora, a mencionar a Abbott, Stonor o Scott-Giles y Krabbendam, que ponen de manifiesto el enorme problema que enfrenta el pensamiento social desde mediados del siglo XX.


por Hernán Borisonik, 23 de Octubre de 2017
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