Zama, la poesía del mundo

Cuando empezó a circular, años atrás, que Lucrecia Martel estaba filmando su nueva película basada en la novela Zama de Antonio Di Benedetto, los rumores comenzaron a volverse una ansiedad comunitaria. Hacer una adaptación de un texto literario siempre es una tarea compleja y delicada, más aún cuando es un soliloquio oclusivo, cargado de desafíos imaginarios como la novela de Di Benedetto, ubicada en una zona no explorada antes ni por la literatura ni por el cine contemporáneo: los tiempos de la decadencia de la colonia española en un territorio latinoamericano que rebalsa de fecundidad y desconcierto, de sentidos y vacíos, entre la ficción y el testimonio imposible de una experiencia que es, a pesar de las distancias, sólidamente humana y actual. En este sentido, sería más adecuado hablar de traducción, como Lucrecia Martel ha dicho en algunas entrevistas, un reacomodamiento de lo simbólico en pos de una experiencia nueva tanto en la obra como en su espectación. Martel ha construido una obra poética que, en superpuestos planos, se presenta como un embriagador exceso. Una construcción que sobrepasa la novela porque traduce a partir de ella, de su bello y perturbador influjo, nuestra cultura y sus desórdenes imaginantes y produce la potencia de lo vivo.

Zama es una obra magnánima, construida con el cuidado del afecto a lo largo de cinco años y filmada en lugares de texturas y colores deslumbrantes que se potencian por el fino trabajo fotográfico y visual. Pero, a la vez, Zama es una película que cuenta con delicadeza. A partir de detalles aparentemente nimios, el relato confluye hacia una dimensión sugestiva, casi lisergica, que trabaja los límites de lo verosímil del realismo y del relato histórico. Antes de la primera proyección de la película en Argentina, en una charla con el público, Lucrecia Martel se detuvo en un aspecto central de su poética cinematográfica: considerar la película como una experiencia de inmersión. Para la directora, la sala de cine se percibe como una piscina cuya superficie es la pantalla. Ahí vemos las formas distorsionadas de un relato que se construye desde esa misma desfiguración, Para que el cine, y el arte, no se vuelvan lenguajes totalitarios, Martel insta a recuperar su potencia para modificar la realidad, no afirmarla. Y lo hace desde el trabajo con la sensibilidad sonora, la que construye un mundo al que no es posible sustraerse. Si la educación, otro de los temas constantes de las películas de Lucrecia Martel, nos envuelve como una tela que impide el vínculo afectivo por fuera de sus regímenes de percepción de lo real, el arte debe indagar en lo no dicho, trabajar para deconstruir las fronteras que configuran el volumen de los cuerpos y sus potencialidades.

El procedimiento es la inmersión, traducir el mundo y volverlo actual, sensible. Martel, siempre atenta a la potencia del sonido y su lenguaje, desarrolla en Zama un esplendor del paisaje humano y sus deseos de libertad. Los personajes, sutilmente elaborados desde la gestualidad y los elementos que los hablan, se profundizan con los detalles de una vida ruinosa en los albores de una burocracia despiada. Una épica sin héroes, ni redenciones: todos están presos en un encierro desigual. Los indios, los blancos, los negros, los animales, los bandidos conviven en un sistema cultural que los diferencia pero la cámara se permite desplegarlos en comunidad. Zama habla del poder y sus redes, pero también del deseo. Martel potencia esta dimensión a partir de la exposición de la ruina y la naturaleza. Por un lado, las escenografías de la institución colonial, despojadas y vetustas, donde los personajes actúan como en un teatro grotesco: lo esplendoroso de sus vestuarios y pelucas puesto en tensión con lo roto, los esclavos semi desnudos y las paredes despintadas que ejercen el poder de la crueldad de un modo que si no fuera trágico, sería ridículo. Por otro lado, la belleza sublime de los paisajes naturales y la sensualidad de los nativos que se resisten a los vejámenes de los blancos y de la tradición de una cámara, que como arma, los ha anestesiado en buenos salvajes, víctimas sumisas, crueles malones o impuras cautivas. Frente a los estereotipos con los que la novela dialoga, Martel apuesta a la dignidad y el desconcierto. Logra hacer de estas dos zonas una sinestesia que explota en escenas escalofriantes, cargadas de solapada violencia, suspenso y belleza, mostrando el reverso de la conquista en la dimensión humana, la desolación del hombre, sus impulsos deseantes, el misterio del miedo, la vehemencia del amor .

Zama es una película que estalla en los límites porosos que atraviezan nuestros cuerpos, nuestros modos de organizar la realidad, y de contarla. Una experiencia que rebalsa la espera de estos años de gestación: una película de casi dos horas que se vive en un instante y produce una de las sensaciones más maravillosas que el cine puede darnos, la poesía. Una atmósfera envolvente que convoca a traducirnos en otro tiempo y espacio, a sumergirse en el líquido espeso, trágico y sublime, de la vivencia latinoamericana para sentirla afectivamente actual.


Ficha técnica:
Zama (Argentina, Brasil, España, Francia, México, Portugal, Holanda, EEUU / 2017)
Guión & Dirección – Lucrecia Martel
Basada en la novela Zama escrita por Antonio Di Benedetto.
Elenco: Daniel Gimenez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Juan Minujín, Mariana Nunes, Rafael Spregelburd, Daniel Veronese
Asistencia de Dirección: Fabiana Tiscornia
Dirección de Producción: Javier Leoz
Dirección de Fotografía: Rui Poças
Arte: Renata Pinheiro
Vestuario: Julio Suarez
Sonido: Guido Berenblum (ASA)
Mezcla: Emmanuel Croset
Montaje: Miguel Schverdfinger, Karen Harley


por Carolina Bartalini, 3 de Octubre de 2017
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