Lanzamiento - Las malas lenguas de Alejandro López

Un cadáver enterrado en el patio de la casa de Máximo Posse es descubierto por unos albañiles que trabajan en trasplantar un árbol de granada para poder colocar en su lugar una pileta de poliuretano. A partir de este incidente, Las malas lenguas empieza a desentramar una historia familiar que se vuelve cada vez más compleja, oscura y fascinante, como toda buena historia familiar. Recorriendo diversos géneros literarios a la manera de Puig, herencias, adopciones, empleadas domésticas, taxi boys, relaciones incestuosas y contactos sobrenaturales con un primo muerto son algunos de los ingredientes de esta novela que transcurre entre Buenos Aires, Corrientes y Milán y con la que Alejandro López confirma una vez más ser un maestro en el arte de componer narraciones complejas, corales, pero sobre todo adictivas.





1. El día que encontraron el cadáver en el jardín de Maxi
Estaba a punto de cruzar la Panamericana cuando
sonó el celular. Apenas reconocí la voz de la señora que
limpiaba en casa. Que los albañiles habían encontrado
restos humanos en el patio de atrás. Le dije que no se
preocupara, que estaría de vuelta en media hora. Me quedé
en blanco. Bien temprano había tenido mi primera sesión,
interminable, con la tarotista recomendada por la tía
Violeta. Luego clase de tenis de hora y media.
Doblé en la primera callecita que encontré y detuve la
marcha. No sabía qué hacer. La mucama mencionó que
los albañiles querían dar parte a la policía, que era lo esperado
en estos casos. Le dije que hicieran lo que había
que hacer.
Hacía dos años que vivía en la casa de la calle Ávalos.
La propiedad había sido de mi tía Cielo, hermana de
mamá, y anteriormente de la familia de su marido: los
Ortiz Chazarreta. Puse primera, me temblaba el pulso.
No podía creer lo que me estaba pasando. ¿De quién serían
los restos? ¿En qué estado estarían? Se me venían
mil cosas a la cabeza. La cara de mi tío Dionisio con su
corte lamido milico y al lado Cielo, ¿ayudando a ocultar
rastros? No sabía qué pensar pero la casa había sido de
ellos por más de treinta años.

Me resonaban los comentarios de mi abuela sobre la
adopción de mi prima Marga, tan de un día para otro.
¿Serían los cadáveres de los padres biológicos?
Recordé de golpe a las dos videntes ciegas que habían
hecho una “limpieza energética” en el departamento de la
calle Junín. Una planta baja prestada por la tía Cielo y el
tío Dionisio cuando dejé de vivir con ellos.
Las videntes, en ese momento, hablaron de muerte
violenta o asesinato. En ese entonces, lo conectamos con
la muerte de mi primo José María que se había suicidado
hacía unos meses en Milán. No sabía qué pensar.
Un colectivo me encerró y tuve que frenar en seco.
Me di con el volante en la frente. Se me vino a la cabeza
la imagen de Luchito, el hijo de una mucama que había
desaparecido, sin dejar rastros ni avisar a la familia ni a
nadie, también de un día para otro. ¡Recién ahí me cayó la
ficha de que Mabel, la tarotista, más temprano, me había
hablado de un muerto! No lo podía creer. Me quedé repasando
el resto de las cosas que me había dicho. Que iba
a conocer a un rubio, que iba a tener una relación estable
con el rubio y mil cosas más que no podía recordar en ese
momento.

Desde la esquina vi dos patrulleros parados frente a
casa. Seguí de largo y estacioné a una cuadra. Podía oír
a la tía Violeta contando cómo le allanaron el departa-
mento por una estafa que había cometido Pelusa, su hijo
menor, y tuvo el departamento lleno de policías. El peor
momento de su vida, según ella. No tenía idea de si era
necesario llamar a un abogado, si iba a tener que declarar,
si iba a quedar detenido o qué.
Fui acercándome despacio con las raquetas y el tubo
de pelotas en la mano. Busqué mi muñequera para secarme
la transpiración. El sol me daba directo a la cara. Una
de las raquetas se me resbaló y al hacer un movimiento
brusco para no darme un golpe sentí un tirón fuerte en
el pecho. El volante me retumbaba en la frente como los
bocinazos de una alarma. Cuando vi que en la entrada
de casa había tres oficiales de uniforme hablando con la
mucama y con un grupo importante de vecinos curiosos,
perdí el conocimiento.

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Alejandro López nació en Goya, Corrientes, en 1968. Publicó La asesina de Lady Di (Adriana Hidalgo, 2001), La asesina (Eloísa Cartonera, 2003), Kerés cojer? = Guan tu fak (Interzona, 2005) y Rubias del cielo (Mansalva, 2016). Su obra de teatro Cuentos putos fue incluida en la serie Decálogo, indagaciones sobre los 10 mandamientos. Tomo III (Libros del Rojas, 2010). Fué agente CIA (Centro de Investigaciones Artísticas en 2010)




Colección Blatt & Ríos

ISBN 9789873616815
168 págs.

por Blatt & Ríos, 25 de Septiembre de 2017
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