El Libro de la Semana: "Extravíos de vanguardia", de Roberto Jacoby y José Fernández Vega

En esta publicación, los autores recorren la escena cultural argentina desde la experiencia del Instituto Di Tella hasta hoy, en primera persona.



De Roberto Jacoby se pueden decir muchas cosas, pero hay dos en las que no hay modo de que sus detractores no coincidan con sus partidarios: una, que es una figura única, impar, un “original”; la segunda, que está ahí, que desde hace por lo menos medio siglo ha estado siempre ahí, en todas y cada una de las inflexiones en que algo del orden de “lo contemporáneo” irrumpió en la escena artística argentina: el happening, el conceptualismo desmaterializador, el Di Tella, el arte de medios, el pop-glam político de Virus, las fiestas nómades, el activismo de la alegría, la revista ramona, el proyecto Venus y las comunidades virtuales, las instituciones de artistas, etc.

Sólo que una de las originalidades de Jacoby es justamente el modo paradojal, a menudo contradictorio, siempre autoirónico, en que gestiona y da forma a ese estar ahí. Modo múltiple: Jacoby es sociólogo, artista, concept manager, letrista pop, etc., prácticas que suele desplegar en sucesión pero siempre llegan a leerse unas debajo de las otras, como en un palimpsesto; modo intermitente: Jacoby está mucho y de golpe está poco, aparece y desaparece, condensa como un pararrayos todas las fuerzas de una época (el Jacoby de los 60 y el “arte de los medios”) y luego se repliega, desertando de la escena artística; modo fuera de escala: pocas muestras, poca “obra” visible, “proyectos”, y de pronto una megamuestra retrospectiva ("El deseo nace del derrumbe") en el Reina Sofia de Madrid; modo “eminencia gris”: Jacoby está en todas pero nunca del todo en primer plano, siempre entre otros (generalmente más jóvenes), siempre en penumbras, hablando poco, dejándose transportar por boca de otros como una bacteria traviesa y regocijada.

Es difícil decidir hasta qué punto esta fenoménica jacobyana es obra de un programa (y Jacoby, con sus zapatillas negras y sus buzos con capucha, se vuelve la versión siempre futura de un monje negro del arte), o responde en realidad al azar, a los avatares imprevisibles de la historia, al azar de la historia —tan tortuosa, sobre todo en la Argentina— de eso que normalmente llamamos reconocimiento. Que es una obra, sin embargo, no caben dudas. Por lo pronto, el tema aparece varias veces en estas conversaciones con José Fernández Vega. Por momentos como motivo de sorpresa: cuando Jacoby cuenta que recién hizo su primera muestra individual en 2001 —y el lector incauto no puede dejar de preguntarse: pero ¿cómo? ¿el pionero de los media arts debutando a los 61 en el sótano de Belleza & Felicidad? Por momentos como una constatación fatal, entre complacida y resignada, como cuando Jacoby dice que casi todas las cosas que hace “son casi secretas. Se entera una pequeña cantidad de gente, un pequeño círculo, y después circula como si fuera una especie de mito”.

“Mito” es aquí la palabra capital. Jacoby la deriva de la única figura en quien ve un precedente, una autoridad, un “ídolo intelectual”: Oscar Masotta, otro polimorfo cuyos aportes al campo del arte, al menos hasta 2008, año en que tienen lugar las cinco primeras conversaciones que integran este libro, Jacoby deplora que no hayan obtenido el reconocimiento que merecen. (El estatuto del Masotta “del arte” ha cambiado bastante desde entonces, según la puesta al día de Ana Longoni en la reedición 2017 de "Revolución en el arte", la reveladora antología de textos sobre arte de Masotta que compiló.) Para Jacoby no hay dudas: Masotta es el mito fundacional de lo contemporáneo argentino. O dicho de otro modo: Masotta es el que pone el mito en el corazón de una cierta idea, una cierta práctica, una cierta sensibilidad y una cierta ética de lo contemporáneo (cuya posta Jacoby tomará y enarbola todavía hoy). Mito en un sentido casi banal, de acontecimiento borroso o borroneado, secreto a voces, rumor o versión, incluso leyenda; mito como misterio deliberado, hecho o información premeditadamente escamoteadas que dan pie a trascendidos, comentarios, reconstrucciones más o menos infieles, más o menos imaginarias, cuyos efectos, con todo, son más reales que los efectos de los hechos reales. La modulación de la información como fuente de carisma, y el carisma como matriz de sentidos, relaciones, ficciones sociales.

Todo el Jacoby “desmaterialista” parece salir de ahí, de esa fascinación por el modo en que ciertas operaciones sobre el flujo de información generan efectos que ni la artesanía ni el talento ni la producción son capaces de generar, cautivos como están de una creencia en la materia que ya a mediados de los 60 (o a principios del siglo XX, hora Duchamp) era vieja. No se trata de trabajar con obras, objetos, cosas, sino más bien de montarse y afectar lo que ya existe, como un parásito o un saboteador, y ser capaz de reconocer la carga de porvenir que encierran esas interferencias. Inventar, sí, pero no cosas sino lógicas, posibilidades, condiciones, horizontes.

Tal como lo reconstruyen con Fernández Vega, siguiendo cierto zigzag temporal que no siempre ayuda, el itinerario de Jacoby no podía ser lineal ni progresivo. Trabaja a pedido hasta bien entrada su vida de artista, como si las solicitaciones del mundo se antepusieran siempre a su deseo personal (al punto de dar a entender que no existe, o sólo existe en esa relación con el otro), y no siempre en términos armónicos, como lo prueba —entre otros highlights— su participación de la Bienal de San Pablo 2008, cuyo tema era “Arte y Política”. Invitado a representar a la Argentina, Jacoby presenta dos proyectos que le son rechazados. Surgido de la galera, el tercero —instalar en el predio de la Bienal, a una semana de las elecciones presidenciales en Brasil, una unidad básica de apoyo a Dilma Roussef, con mesas, volantes, tambores y militantes— es el vencido. Pero las autoridades levantan la obra, amparándose en la legislación que prohibe la publicidad antes de los comicios.

El episodio sería deprimente si no nos llegara por boca de su autor y su víctima, que lo transforma en una gran crónica de la picaresca “bienal latinoamericana”, pródiga en esas paradojas estético-ideológicas que hacen las delicias del artista conceptual. Como el libro no deja de probarlo, Jacoby es un gran “narrador de obras”, uno de esos artistas que hasta en eso honra la fe conceptualista que abraza. Tiene gracia, levedad, sentido del detalle y la comedia (“Era como poner todo un poco en broma”, dice por ahí de la experiencia San Pablo) y una destreza para el cuadro de costumbres y las sinopsis de época que quizá le venga del ejercicio de la sociología, de donde también saca ese oído para los tics de lenguaje, formas de decir en las que lee hábitos de clase, reflejos culturales, posicionamientos, ideologías: “Se usaba mucho decir «¡Cuánta fuerza tiene esta obra!»”. (Sólo Fogwill —otro doble agente de y en la publicidad— rivalizaba con Jacoby en este culto del lombrosismo sociolingüístico.) Si hay algo que este libro deja en claro es que Jacoby es rápido, un artista de la velocidad, aun cuando se tome su tiempo y “renuncie” al arte, por ejemplo, durante casi veinte años. Maestro del sprint mental, empieza un proyecto de investigación sobre el Cordobazo al día siguiente de la insurrección, cuando la pólvora sigue en el aire, como si el acontecimiento pudiera coincidir, ser uno, con el archivo que lo archiva. Bajo la dictadura militar, se repliega en un ensayo sobre Lenin y la teoría leninista de la toma del poder ("El asalto al cielo"), alarde de autismo ana-contra-crónico que tres años después conecta con las primeras letras que escribe para Virus. Es como si Jacoby no llegara a las cosas, como si las interceptara, les cayera encima, las tackleara sin violencia, “entrándoles” (actualidad del foquismo) por los eslabones más débiles o menos evidentes.

Los artistas-atletas se esfuerzan por llegar primero. Jacoby, en cambio, es, quiere ser el primero (un poco como lo fue Masotta). Incluso en eso es reacio al sudor, la gravedad, la heroicidad sufrida que implica todo hacer. Por eso tiende a borrarse, a minimizar el nombre propio y la firma (se niega a firmar sus notas en La Opinión y Juan Gelman, que es su jefe, lo reconviene: “Robertito, Robertito, ¿cuándo vas a crecer?”), pero cuando se trata de cuestiones de precedencia pela los colmillos y es capaz de despellejar a cualquiera que le discuta los privilegios. “El «quién lo hizo primero» (whodunitfirst) es relevante”, dice en la que quizá sea la página más seria y enfática de "Extravíos de vanguardia". Más aun: “ser el primero” es el “valor supremo”, en la medida en que funda el mito (¿quién estuvo ahí? ¿quién lo vio? ¿quién puede atestiguarlo?) y el mito, según la escuela Jacoby, es condición de posibilidad de nuestra relación con lo contemporáneo.

Fuente TELAM

por Alan Pauls, 8 de Agosto de 2017
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