Se viene el estallido

Cuando le preguntaron a Hugo Albrieu por qué colecciona obra de artistas del NOA, respondió que ese es el trecho que alcanza a recorrer en su auto, en lo que dura un fin de semana. Que visita a los artistas, charla con ellos, comparte un almuerzo, se sube de nuevo al auto y vuelve a La Rioja. Imposible no imaginar ese viaje de regreso, con el baúl cargado de obras (ya sé que no se hace así, pero estamos imaginando) y el auto tapado de tierra. Creo que por eso se dice que la de Albrieu es una colección “tierra adentro”.



La primera exposición de esta colección fue en 2015 y se tituló “Sobre la Biocenosis y los objetos encantados en el paraíso”, curada por Lucía del Milagro Arias y Guillermo Córdoba en el “Museo de Bellas Artes Evita-Palacio Ferreyra” de la ciudad de Córdoba. Aquella muestra se hizo en el marco del “Programa Colecciones”, bajo la dirección de Tomás Bondone. Esta nueva exhibición en el Museo de Bellas Artes “Octavio de la Colina” (MOC) de La Rioja, también forma parte de un ciclo dedicado a las colecciones. En algún punto, los museos están respondiendo con estas muestras a la pregunta más vieja de todas: “¿de dónde venimos?”. Porque resulta que casi todo museo nace, como es sabido, del viejo y querido gesto de coleccionar. En el caso del MOC, su patrimonio viene de un conjunto de obras adquiridas en el Primer Salón Nacional de La Rioja, en el año 1951.
“El estallido del interior”, en efecto, carga las tintas sobre este mirarse para adentro de la institución museal: Guillermo Córdoba, artista y curador otra vez, ha infiltrado varias de las piezas de la colección Albrieu entre las obras de la colección del MOC. Por eso, si uno recorre el ala del museo donde se expone en forma permanente su patrimonio, se topa en estos días con los dibujos esquizo-flúor de Martín Brizuela, junto a un óleo de Leopoldo Presas. O con el “Símbolo del veneno” de Pablo Curutchet (esa calavera naranja flúor, ploteada sobre una chapa calada) debajo del “Asesinato de Facundo Quiroga”, obra de Adolfo Bellocq. O con el registro fotográfico de una acción performática, al lado de una señorita pintada por Gómez Cornet. En esta última serie de fotografías, es el mismo Albrieu el que se desnuca tomando champagne, vestido de blanco, en medio de lo que parece un basurero, o una chacharita o un patio donde van a quemarse trastos viejos. La acción se había titulado “SummerTime” y su registro, realizado por el artista Karim Ayame, emana una tristeza en la que se mezclan herrumbre, verano y Chandon.

For ever Young
Rafael Cippolini dijo una vez que las escenas artísticas se parecen a sus coleccionistas. No conozco a Hugo Albrieu, pero en su foto de perfil en Facebook (sí, lo stalkié) hay un camión contenedor de color azul que dice Hugo. Sé que es riojano, artista, bioquímico y coleccionista. Sé que fue pintor. También que le gustan las plantas y que en el patio de su casa crece una ampelopsis hermosa, una de esas enredaderas que en el otoño se ponen rojas y según parece, todos sus amigos se la envidian. Pero probemos con modificar apenas la frase de Cippolini, y digamos que las escenas artísticas se parecen a sus colecciones.

Un joven con corazón en lugar de cabeza, dibujado por Pablo Peisino. Un niño, de mocasines y un poco anacrónico, que mete el cráneo adentro de un ligustro (la pintura de Noelia Farías prácticamente roza el zócalo). Cerca de ese niño asustadizo o asqueado, que no quiere tener nada que ver con el mundo, hay dos óleos de Marcos Acosta. En uno de ellos el paisaje ha sido ocupado por una enorme forma geométrica en negro que lo cubre prácticamente todo: firmamento, llanura y horizonte. En el otro, delante de un cielo violeta, listo para tormenta nuclear o para invasión extraterrestre, se recorta una figura densa y extraña como la primera. Su título es “Alguna clase de invasión” y, para hacer carne el nombre, invade a su vecino, un acrílico de Carlos Rodríguez de colores tan brillantes que encandilan. Cuando digo que lo invade no es metáfora: el óleo de Acosta está montando perpendicularmente, cortando al medio la obra de Rodríguez. Detrás suyo, se forma un mini escondite donde la exposición continúa, obligando a mayor intimidad con las obras que esperan ahí. También hay otros corazones, uno de ellos hecho de confites color rosa pastel (bueno, no son confites, son comprimidos de clonazepam 2 miligramos). Y un temple sobre lienzo de Germán Wendel, donde vemos uno de los sacos que suelen llevar sus animalitos pero esta vez sin personaje adentro. El saco se sacude solo en el viento, con las mangas estiradas, y Wendel lo ha titulado “El país de las larvas”. Ahora bien, resulta que en este título duerme una de las primeras pistas para leer la colección de Albrieu. Como nos enseñaron en el secundario, tanto la anatomía como la fisiología de las larvas son diferentes a las del adulto. Larvas, entonces: fase juvenil y eterna promesa de crecimiento.

Aunque la infancia sea el territorio al que siempre se vuelve, en las obras de esta colección ese gesto cobra carácter de idiosincrasia: hay un principito Kamasutra en una palangana, están Batman y Robin, hay naves, casitas, está Heidi sobre un trapo de piso, un osito lleno de blisters farmacológicos, acuarelas de gatitos, hay un perro píxel, transformers. No importa si son videos, objetos, instalaciones, pinturas, grabados o fotografías, no estamos hablando de un modo de producción sino de una sensibilidad para la cual un letrero puede decir “próximamente” para siempre, recordándonos con luces LED, la espera de lo que no va a ocurrir. La idiosincrasia –decíamos- de una generación deforme. Como los dibujos de Martín Brizuela, esos bichos en apariencia bonachones y felices, aunque de cerca te das cuenta que están llenos de protuberancias, todos transpirados y con las pupilas dilatadas. O como el video de Manuel Molina, quien se aprende a la perfección una coreografía de Beyoncé y después resulta que su trabajo estaba inspirado en Theodor Adorno.

Benjamin escribió que “en todo coleccionista se esconde un alegorista”. En la colección Albrieu, lo que se esconde es una alegoría amorosa y cómplice con los adolescentes que –asumámoslo de una vez- no podemos dejar de ser. Si hay objetos, son amorosos como los de Yésica Costa; si hay animalitos son postales del fin del mundo (obsesión generacional por excelencia) como los dibujos de especies de Mariano González. Si hay una bomba, cuando explota dice kabum. Si tendremos certezas, serán de una sola cosa, como aclara Paloma Márquez cuando titula sus rulitos de tinta negra, prolijamente pintados sobre el bastidor blanco. Si hay castillos son inflables y, por ende, posibles de pincharse como el de Gaspar Núñez. Si hay un poncho catamarqueño, es mega pop y parece hecho de lágrimas. Si buscamos a dios, es en el diseño y en las bolsas de compras, espejadas y luminosas, como las de Gustavo Nieto. Si hay banderas, son frágiles y precarias como “Embanderamiento”, esa tinta sobre papel de Pablo Guiot, parecida a los dibujos dejados en los márgenes de algún cuaderno de clases. Y, al final, si hay compañerismo es porque hay afecto. Por eso, antes que rojo soviético, el estandarte de Aníbal Buede es fucsia y lleva una estrellita, la misma estrellita que se puso de moda entre los tatuajes de las chicas alternativas. Arriba del estandarte de Buede, Gustavo Piñero cita la frase de la filósofa contemporánea Karina Jelinek (“lo dejo a tu criterio”) recortada en caligrafía infantiloide, sobre la cartapesa rosa yogurt.

Este gesto adolescente también se extiende a la curaduría, que despliega un arsenal de desobediencias: además de chantar un cuadro atravesando otro (¿usando qué? un palo, a la vista de todos y sin disimulo), además de interceptar al caudillo Quiroga con una calavera flúor, muchas de las obras están montadas en el piso, o junto a los zócalos, o de espaldas al público pero con espejito (como el enano de jardín plateado de Rodro Cañas), o detrás del bastidor de una pintura, como si el curador estuviera jugando a la búsqueda del tesoro. Otras obras parecen haber sido elegidas según los criterios de un viaje de ácido, es decir por sus colores resplandecientes y flasheros. Pero nada de esto habla de inmadurez o ligereza: decir adolescencia es hablar de la convivencia -intensa e insoportable- entre el máximo de los boludeos y el más profundo dolor, la más aterradora falta.

Teorías de conjuntos
Toda colección narra un tiempo y un espacio histórico, un modo de relación con el medio del que forma parte. La colección Albrieu es, en un punto, el catalizador de una generación –y de unas subjetividades- a las que siempre les ha tocado estar entre, como a todo adolescente (por eso se dice que esta etapa es, por naturaleza, trágica). Los artistas que componen esta colección, crecidos en salas de video juego bajo la luz neón de las maquinitas y los ruidos de disparos y patadas marciales, son niños menemistas (como dice un amigo) que en un momento vieron estallar el mundo. Y entendieron (entendimos) que cuando el mundo estalla hace kabum, pero con sangre en serio. Su sensibilidad kidult, frágil, neurótica y sobrecalificada, es tan consumista como batalladora: transitaron el riesgo país y sobrevivieron para contarlo.

El temperamento que los atraviesa fluctúa entre el “profesional creativo” que exige el capitalismo posfordista y el club amistoso de freaks inasimilables. En ese sentido, la colección nos habla de un estado del arte argentino en los dosmiles y tanto. Un estado al que el crítico Claudio Iglesias define en “el marco de la institucionalización del arte contemporáneo”. Por ser hoy algo tan obvio y corriente, tendemos a olvidar (un poco como se olvida el trauma, es decir, repitiéndolo en su versión desfigurada) que hasta hace pocos años, el actual grado de “profesionalización” e “institucionalización” al que refiere Iglesias (y del que hablan por ejemplo una colección de arte contemporáneo en Córdoba o en La Rioja) eran imaginables sólo en el terreno de la ciencia ficción.

Imposible pensar, por lo tanto, las dos exposiciones de la colección de Albrieu si no se hace en tándem con la salida del closet que efectuó en los últimos años el coleccionismo de arte contemporáneo en el interior del país. Entre los míticos números de la revista ramona dedicados al tema (en uno de ellos se reprodujo una charla de 2005 en el Museo Caraffa en la que un coleccionista cordobés afirmaba: “…yo salir a reunirme con Norberto o Inés para hablar de coleccionismo, o ver qué han visto ellos, no, la verdad es que eso no se da. Menos que menos ir a buscar artistas, o plantearnos ir a una bienal juntos o a ver cosas”), a la más reciente creación del Colectivo Coleccionismo Federal con base en Córdoba, el mencionado closet más que abrirse, por estas tierras interiores estalló. Y eso ocurrió de la mano de la detonación de su concepto. Aprendimos que un coleccionista contemporáneo no posee –o no solamente- un catálogo de cosas, que ya no se dedica –o no exclusivamente- a la compra de obras, sino que colabora en la formación de artistas, sigue sus procesos, participa activamente en la construcción de la escena.

Por ese lado, lo que advertía Iglesias es cierto, pero habría que agregarle un detallito nada menor. Si, como dice el catálogo de esta exposición, el coleccionismo es “una práctica social que interviene en el proceso de escritura de los relatos actuales sobre el arte”, la Colección Albrieu (y el mapa sobre ella trazado en “El estallido del interior”) es una buena muestra de que ese “relato” no puede escribirse al margen de los entramados afectivos y de las rutas –incluso geográficas- que unen a los sujetos que participan de él. Esta colección, en su propia composición y dinámica, traduce un modelo de artista (y, al mismo tiempo, una experiencia del arte) que no se reduce –o no únicamente- a la construcción de una carrera profesional o a la competitividad de una escena. Una experiencia en la cual –como en la adolescencia misma- tallan fuerte los trazos del afecto, de la cercanía, de la confianza entre pares, de la cotidianeidad compartida. A lo mejor esta experiencia pueda reconstruirse siguiendo las coordenadas del GPS de un auto, que sale y regresa a una ciudad (pongámosle La Rioja) en lo que dura un fin de semana.



Museo de Bellas Artes “Octavio de la Colina” de La Rioja (MOC)
Dirección: Pasaje Diaguita Nº 75
moc@municipiolarioja.gob.ar

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