El desvío de la mirada. Pinturas de Alejandro Puente en Henrique Faria

El desvío de la mirada. Alejandro Puente en Herlitzka + Faria desde el miércoles 15 de abril de 2015 hasta el martes 19 de mayo de 2015.

Desde la primeras experiencias informalistas con el Grupo Si, Alejandro Puente se ubicó en el área de quiebre con las propuestas del arte moderno. Si bien al comienzo prefirió el gesto trazado con fuertes contrastes, tras un breve período informalista, optó por pintar formas simples con el color modulado por la pincelada. Tanto su pintura gestual como su “geometría sensible” –según la llamó Aldo Pellegrini– valoraban la impronta del sujeto, contra el distanciamiento racionalista que habían sostenido los programas de arte concreto.

En 1965, Puente extendió la forma y el color hasta los cantos del bastidor en la serie de obras que presentó junto a César Paternosto en la Galería Lirolay. Esas pinturas cobraban el carácter de objetos y obligaban al espectador a desplazarse, tal como observó Saúl Yurkievich al señalar que “permitían otras visiones, además de la frontal”1. En este marco, Pintura (1965) puede entenderse como un nuevo quiebre con la visión clásica de la “ventana renacentista”, que ya había sido cuestionada por los artistas concretos mediante su propuesta de marco recortado.

Mientras se difundía el pensamiento estructuralista, Puente realizó obras modulares a partir de la noción de sistema, como Sin título (1967), formada por cuatro bastidores triangulares. Pronto, esos módulos con acentos de color en sus bordes invadieron el espacio, quebrando la bidimensionalidad. La noción de sistema como totalidad fue central para el programa de sus estructuras primarias –que exhibía junto a una hoja de información– y para sus secuencias cromáticas, como la que presentó en em>Information, donde sus obras dialogaron con las producciones conceptuales del panorama internacional.
Sin embargo, en esa misma época Puente estaba dando un nuevo viraje en su poética, porque frente a las diferencias culturales que percibía en el ambiente neoyorquino2 , comenzó a encontrar un aire de familia entre los sistemas cromáticos esquematizados en sus hojas de información y las grecas prehispánicas. Sumergido en el estudio de la recurrencia de esos
escalonamientos en los patrones culturales, se interesó por reinterpretar su simbología, y esta decisión fue la plataforma de lanzamiento para las búsquedas que continuó a lo largo de su trayectoria. Las reflexiones que compartía con Paternosto y Julio Alpuy, se profundizaron al regresar a la Argentina a través del contacto con la obra y los textos Joaquín Torres García o el acercamiento a Libero Badii, con quien intercambió la experiencia del choque cultural y el interés por la iconografía americanista.

Fueron surgiendo, entonces, composiciones organizadas mediante una grilla homogénea que, como la trama de los textiles, contenía guardas simbólicas (dibujos Sin título, 1977 y 1981). En algunos casos las secuencias cromáticas adoptaron los formatos de los uncus, como en Uncu (1973), que desde su mismo título en lengua quecha se inspira en las prendas que los incas vestían como símbolo de poder y estatus social.
La experimentación con materiales no tradicionales le permitió diversificar sus reelaboraciones: realizó collages con plumas, aprovechó las texturas propias del aglomerado y el corcho, trabajó con incisiones sobre madera, anudó hilos de colores para crear variantes de quipus –en alusión al sistema de cuerdas codificadas por color y cantidad de nudos que los incas usaban para contabilizar– y pintó la regularidad del módulo y los motivos iconográficos con una textura de factura suelta, tal como se observa en Ancasti (1982) y Paicha (1988).

Inaugura el Miércoles 15 de Abril a las 19 hs


Henrique Faria Buenos Aires

Libertad 1628 - CABA
Twitter: @hffabuenosaires

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