El mundo que huye

Escuela de Emancipación. Virginia Spinelli en Naranja Verde desde el miércoles 19 de noviembre de 2014 hasta el sábado 20 de diciembre de 2014.

Spinelli nos ofrece una construcción de imágenes fragmentarias y minuciosas, habitadas por criaturas de apariencia dócil, organismos minúsculos, manos que estructuran formas inverosímiles, bosques exuberantes, delimitados por un bisturí.

Protomundo orientalista, de un preciosismo que lejos de ser condescendiente, actúa a través del desgarro y nos sugiere aristas insondables, nos incomoda.

El detalle preciso sostiene la imagen, las figuras se establecen en los márgenes del papel, cómplices, amenazantes. En uno de sus trabajos, por ejemplo, una mano pálida intenta asir el aire, rodeada de agrupaciones de frutas maduras y trenzas interrumpidas por el blanco del soporte. En otro, una mano sujeta con gran delicadeza un pañuelo o mantilla con ojos inexorablemente humanos.

Los dibujos de Vir son la prueba mas exacta de su inteligencia mordaz, excusan cierto sarcasmo, que como objeto náufrago deriva en la calma y la contemplación, reconocen un doble horizonte de lecturas, o un horizonte múltiple: La luz y la sombra, el círculo y las aristas, la ternura y la ira.

Ante sus obras, nos vemos seducidos por la inconsistencia y por lo monstruoso, por lo que aparece sin que sea posible divisar el origen de su aparecer. Representaciones asociadas a objetos escandalosamente sacrílegos y a rasgos incongruentes o enigmáticos, entrelazados por esa especie de axioma fellinesco, o citando a la artista, de Fellini gauchesco. Aquí parte su “intención”, que puede ser explicitada por las sensaciones producidas. Nuestra mirada sobrevuela superficialmente sus imágenes, que parecen huir, desvanecerse. Siempre hay algo que nos distrae, que nos obliga a continuar el recorrido.

Se reconoce un universo de influencias, que van desde la miniatura árabe, pasando por la pintura clásica y artistas tan disímiles como Redón o Juan Manuel Blanes.

Su mundo está formado por elecciones pacientes, inevitables. Hay una seguridad y una actitud zen: dueña de su propio destino, protegida de las inclemencias, construye su propio refugio, hecho de ramas e hilitos dorados. El camino que recorre es sorteado con delicadeza, y su intención desborda el autoconocimiento para situarse en un fin ulterior, develar un modo de ver, atrapar lo que huye.

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