Cómo fue que nos encontramos en un bosque de Anabella Papa Y Mariano Perarnau en Casa Escópica

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Viernes de 14 Marzo, 20.30 hs

Dos vegetaciones se reconocen y se crecen: son los verdes opulentos, brillantes y febriles de Anabella Pappa y Mariano Perarnau, sucedidos por celestes, turquesas, azules y marrones, que funcionan como vértice para el encuentro de estas dos obras.

Como primera hermandad entre ellas ubicamos la elección de las paletas: una búsqueda desaforada por el color de lo que puede brotar y darse fruto sin esperar al hombre.

Hay cascadas, paisajes derretidos: cataratas visuales, como las llama Perarnau.

Un caballo o una ciudad, una casa, invenciones atrapadas por un ojo en velocidad de obturación lenta. Las formas, así, son barridas por el movimiento: estamos ante relámpagos dilatados, avances morosos de las pinceladas. En estos borrones de empaste se imprime una versión del mundo electrizada por la naturaleza. Todo está sacudiéndose: nada en la obra de Mariano puede identificarse como quieto. En Pappa también encontramos algunos paisajes: pero ellos disparan, antes que a la idea de agitación acuática, a la del fuego. Llamas que lengüetean los bordes.

También (en ocasiones, en lo que observamos de él, y casi siempre en lo que observamos de ella) encontramos la aparición de personajes que vienen a desmayar su vida en los lienzos, arrojados por una mano mayúscula e invisible. En Perarnau, por caso, una monalisa andina, La giocondina: en Pappa los párpados vencidos de una mujer que toma sol bajo un enorme sombrero blanco que rebota la luz.

En este último universo, se trata de seres en contra de sí mismos, heridos por su propia condición: “Alerta en estado de alerta constante buscan mis personajes un espacio donde existir”, escribe Anabella. El movimiento, ahí, está a cargo de las siluetas humanas. Son los personajes los que lo ejercen: se lastiman, fuman, luchan, pedalean, se dejan despedazar, golpear, atacar por otros. A las pinceladas, entonces, no se les exige otra cosa que sostener apenas a esos animales (algunos de ellos hombres y mujeres, y otros animaloides extravagantes, cruzas). Son líneas simples, precarias, que no tienen mayor pretensión que esa y aceptan su destino enfrentándolo con resolución.

Cómo fue que se encontraron estos dos artistas en el verde: para averiguarlo habrá que observar pacientemente el diálogo que se produce de lado a lado de las paredes en las habitaciones. Cómo se dirigen, entre sí, mensajes intangibles y secretos.

Un tipo de complicidad involuntaria los reúne y nos revela un camino posible entre los
árboles.
Valeria Tentoni


Casa Escópica

Viamonte 260
casaescopica@hotmail.com

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