Ficción Nº22 Las navidades pasadas de Gimena Castellón Arrieta en El Mirador

Ficción Nº22 Las navidades pasadas. Gimena Castellon Arrieta en El Mirador Espacio desde el jueves 7 de noviembre de 2013 hasta el jueves 19 de diciembre de 2013.
Ficción Nº22 Las navidades pasadas de Gimena Castellón Arrieta
jueves 7 de noviembre en El Mirador

Es el derrumbe de la farsa: un pino enorme y seco, como un tótem incendiable, se ha caído para siempre. Estamos ante el fin de la ingenuidad, de la buena fe y de la espera. La maravilla se ensucia y se derrite, buscando el horizonte del olvido.

Sobre las lápidas se graban las inscripciones de la memoria ajena.
Sobre el metal, aquí, se martilla la suavidad y se instala la figura de la sorpresa. Las nueces y las cajas de regalos contienen la promesa de la ejecución del deseo. Pero no podremos saber, jamás, qué hay dentro de ellas ni quién las trajo hasta aquí.

Las roscas, que funcionan como premoniciones, a la vez que denuncian el desastre sostienen el límite con el pasado, y por eso lo constituyen.

Dicen: antes de nosotras, hubo algo sobre lo que recostarse.

Gimena Castellón Arrieta trabaja desde una bola de plástico importada, bajo la nieve artificial. Observa el universo de su infancia a través de la distorsión del centro, del transparente: la curva de la superficie corrompe las felicidades pasadas, las luces titilando, los regalos inútiles. Camina con el hacha sobre los hombros en el invierno de ese bosque imposible para arrasar con los villancicos y sembrar la música descompuesta de la revelación. Una melodía ensordecedora.

Una chica abre su boca para gritar el espanto plúmbeo del frío: su palabra está detenida en el tiempo y no puede oírse. Tampoco llegan las cartas ni se mastican los turrones. Todo está inmovilizado por el ojo preciso y filoso de Gimena, diseccionando la vidriera de la mentira.

Adentro, el calor del hogar seca la paleta: el negro, estaca cromática de la obra de esta artista, deviene en marrón. Una hojarasca dispuesta como una alfombra sobre la que aparecerán las siluetas del engaño.

Veintidós son los capítulos del Apocalipsis. El veintidós, número maestro, ostenta su carga mística en la ficción de Castellón Arrieta. Es un símbolo de conocimiento y sabiduría.

La disposición podría asemejarse a la de una escena del crimen. Estas son las pruebas del desencanto, parece declarar. La navidad no puede ser en el futuro, se instala desde el título. La navidad es un caso cerrado y tiene culpables, víctimas y encubridores.

Ahora, los ciervos se arremolinan. Están confundidos por la temperatura pero miran al frente. Amenazan con pasarse toda la eternindad cumpliendo su puesto en las postales antiguas.

Pero hay un ciervo, solo, que escapa.
Valeria Tentoni

¿Cuántas imágenes cuentan una historia? ¿Dónde empieza y termina un relato?

Cuando entramos en la muestra “Las Navidades Pasadas”, vemos una serie de dibujos que recrean las Navidades que nunca fueron.
Renos en el bosque, invierno, comida de fiesta, trineos y la nieve. Una familia feliz.

En una segunda mirada, la calidez de esas imágenes deviene pregunta. ¿Qué historia nos están contando? Algo de lo unheimlich resuena cerca.

Entonces aparecen las piñas caídas al costado del camino, los grabados oscuros y arrugados, yun pino derrocado que ya no quiere más.
Desde una esfera, tres renos sin nombre se congelan en arena. Parecen alegres, pero no. Con dificultad, sostienen pequeñas ramas.

Niños y animales susurran en sepia un porvenir desencantado. Sus gestos se congelan frágiles en la memoria, tal como fueron narrados un día.
Un par de pulóveres de color verde y rojo son aplastados bajo el peso de los símbolos que destejen la trama.
Una vez, todos estuvimos allá, dentro de esos pulóveres abrigados, siendo niños y tal vez felices.

Hoy el relato llega a su fin. El secreto elige revelarse bajo una bella forma.
Dulcemente y sin dolor entendemos que Papá Noel no existe, pero la forma que Gimenaelige para contárnoslo es elegante y amable.

Cuando dejamos el lugar, algo de esa nostalgia festiva queda susurrante en el espacio, y otro poco viaja con nosotros en silencio.
En el fondo, somos esos niños que queremos creer.
Por Gisella Lifchitz

El Mirador Espacio
Brasil 301
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