Posta de poetas postas

El pasado viernes 6 septiembre en CIA presentaron sus libros los escritores Leticia Obeid, Damián Ríos y Facundo Soto. Aquí todo el registro multimedia de toda la actividad.




Un amistoso
Cuando entré al auditorio estaba lleno: Las sillas todas ocupadas, los bordes de cemento de la pared que ofician como asientos completos. Algunos poquitos sentados en el piso. Otros poquitos de pie ¿Qué convocaría a tantos un viernes a la noche?.

Bajo una luz tenue, sentados de derecha a izquierda estaban Damián Ríos, Leticia Obeid, Guadalupe Maradei, Washington Cucurto y Facundo Soto. No es menor aclarar el orden para armar la imagen. No es menor aunque haya fotos. Pensar a la pequeña Guada con su figura dulce junto a las magnitudes de Cucu. Damián y Leti compinches. Facundo divertido por los comentarios de Cucurto. Todos reunidos detrás de una mesa donde apoyar micrófonos, la jarra con agua, los vasos, los libros festejados y tal vez también para escudarse un poco de la timidez y la torpeza del cuerpo que solemos tener los que escribimos.

Guadalupe presentó a Leticia. Leticia a Damián. Damián editó –con Blatt- a Facundo. A Facundo lo presento Cucurto. Como jugar a los toques entre amigos, dibujando líneas en la cancha cuando pasan la pelota. Cuando se escuchan y ceden la palabra. Por eso verlos reunidos ahí no era poca cosa. Y por eso también del otro lado de la mesa estaban acompañándolos otros escritores con reconocida experiencia o que recién pistean esto de la literatura. Es bueno aclarar esto para sentir la temperatura del lugar. Un clima buena onda, tranqui. Festivo. Sobre todo de alegría. Una linda forma de tomarse la vida.
Mariela Gouiric





Presentación Frente, perfil y llanura, de Leticia Obeid

A Leticia Obeid la conocí primero por escrito, primero por su apellido desplegado in extenso (El Halli Obeid) que me preocupó como posible víctima de erratas ni bien lo vi en la tapa de la revista ramona 70 (dedicada a Poéticas Contemporáneas), número que me tocó editar en 2007. Allí Leticia respondía una serie de preguntas sobre su modo de hacer arte, dentro del cual situaba un umbral, un momento inaugural: Música, una muestra individual que presentó en 1999 en Casa 13 de Córdoba. El trabajo consistió en una instalación hecha con una serie de objetos intervenidos o realizados en base a letras de canciones. El orden interno de ese trabajo, aseguraba Leticia ya en ese momento, tenía la forma de un inventario donde las únicas jerarquías estaban dadas por cuestiones sentimentales.

Creo que no cabría frase más exacta para condensar también los principios de su poiesis literaria.

Porque en Leticia las incursiones en distintos lenguajes y técnicas (pintura, fotografía, video, instalación, música, escritura) no constituyen vueltas de página sino manifestaciones de una misma sensibilidad, que desborda los casilleros disciplinarios y los desafía, como en una suerte de sinestesia constante, estructural, perceptiva.

Años más tarde nos cruzamos en un seminario al cual la convocaron para proyectar su mediometraje B. en el que registró un viaje a París siguiendo y resignificando algunos de los fragmentos del Libro de los Pasajes de Walter Benjamin. Allí trabajó con la idea de constelación como una manera de establecer relaciones entre los elementos que aparecen en una búsqueda determinada atravesando temas y momentos, sin catalogar ni establecer jerarquías. Es decir, otra forma del inventario, que en su obra funciona en términos de listado exhaustivo o de colección pero también, fundamentalmente, en términos de invención.

Leticia inventa con virtuosismo series inesperadas, lúcidas, desestabilizadoras, entre objetos, paisajes y personas que a simple vista difieren en casi todo. Así, en Frente, perfil y llanura, los compañeros de la dependencia del teatro San Martín en donde la narradora en primera persona del Capítulo 1 llamado “Oficina” se desempeña, desfilan en un muestrario de vidas de empleados estatales junto con una secuencia de objetos que hacen al paisaje arquitectónico del lugar y de la cual ella se considera parte (dice al final del capítulo: “miro las paredes, los objetos, ellos me miran a mí, soy una más en el conjunto de cosas cantarinas”).

En “Se conoce que sí” el personaje de Elena retrata las transformaciones y el deterioro del pueblo y de la casa de su infancia en Noetinger, una localidad cordobesa; mientras que en “Fantasma” la misma Elena disecciona los escenarios y las personas del pasado que fue encontrando en su paso por Córdoba Capital luego de salir huyendo de su Noetinger natal, robándole a su madre la mascota nueva.

Inventarios y también, podría decirse, una “poética de lo que hay” que se equipara con lo que al final de la novela la narradora adjudica a las mujeres de su familia: “una mezcla de liviandad y derrota, de escepticismo y candidez” que resulta de la resignación a que “las cosas no funcionen bien”.

Pero en la obra de Leticia esta constatación no se produce desde la distancia o el desprecio. Al contrario, su narradora ama las cosas feas, vetustas, desgastadas, las abraza, tanto como a los inspiradores cielos color malva que la circundan cuando maneja en la ruta, o al cuerpo desnudo con aroma a pan que deseó por mucho tiempo y con el que finalmente pasa una noche.

En un diario íntimo que lleva adelante actualmente, Leticia dice: “Una cámara en el filo registra las cosas con cierta temblorosa indecisión, con algo de nerviosismo. Una cámara enamorada acaricia la piel de las cosas, se vuelve cómplice de la luz para atrapar una pelusa que rodea a los objetos y a las personas. Una cámara enamorada es táctil y usa mucho el zoom.”

Otra vez, es la misma autora la que formula una reflexión que funciona como llave de acceso a su propia obra y que mide con exactitud la temperatura de su escritura.

Una cámara enamorada que registra la geografía de un estado de ánimo, como indicó Damián Ríos, pero no como en las poéticas románticas tradicionales en las que los vaivenes del clima y del paisaje condicionan los humores de personajes y narradores, sino a la inversa. Los sentimientos, los amores contradictorios, las nostalgias y los desapegos de las narradoras de Obeid marcan el ritmo del relato y pautan los inventarios. Y el mismo desenlace parece dar cuenta del proceso de aceptación de ese movimiento. Diez años atrás el personaje de Elena había partido dando un portazo cuando le sugirieron que su obra era sentimental. En el presente del relato, reiteran la misma apreciación pero esto no dispara una crisis sino que funciona como punto de partida de la seducción, del coqueteo. Una seducción en la que nosotros como lectores también quedamos inmersos.

Por todo esto, podríamos decir que si el Borges cultor de paradojas se refirió alguna vez a Eduardo Schiaffino como el artista que “pinta bien y escribe mejor” estableciendo cierta jerarquía entre las dos prácticas, en el caso de esta artista-escritora, de Leticia Obeid, el epítome debería ser: “la artista que hace todo bien”.
Ojalá nos sigamos encontrando.
Guadalupe Maradei




Algunas notas sobre El verde recostado de Damián Ríos

El verde recostado abre con una anécdota clave en la escritura de Damián Ríos: la discusión narrada entre un guitarrero profesional, pedante y ampuloso y un pescador que ha creado una chamarrita para su perro. Esta mascota tiene de particular que sabe instintivamente cómo acomodar el cuerpo para que el bote no vuelque cada vez que su amo se agacha a buscar un anzuelo. El pescador entrerriano, agradecido, le compone una hermosa canción que en una noche de borrachera se anima a cantar frente al guitarrero uruguayo, un visitante que mira todo con cierta superioridad y que cree en un Arte con Mayúsculas, vehículo de grandes y graves ideas políticas. Dos sistemas se encuentran esa noche, se enfrentan, y gana el representante del Saber. Pero el saber y la verdad no siempre son la misma cosa.

A primera vista percibimos en el texto un abierto homenaje al pescador, ese artista amateur; entendemos que el poeta está tomando partido, y nos queda muy claro el lado que elige, incluso sabiendo que va a perder la pelea, por lo menos esa noche. Pero también hay un reconocimiento a esa chispa insólita, inexplicable, que se enciende en el animal y le permite anticiparse al hombre, hacer algo por él y con él. Porque quizás lo que Damián quiere señalar es que en el bote van juntos, el hombre y el perro, porque saben cómo moverse de a dos y, quizás esto mismo aplicaría al hombre y la poesía: una relación de solidaridad los lleva a andar juntos por el mundo porque han aprendido a oírse, a presentir sus movimientos, y a rescatarse mutuamente, cuando la ocasión lo pide.

Los movimientos de la poesía de Damián son así también, precisos e iluminados y con eso va dibujando una ética para habitar el espacio del lenguaje con una humildad atenta; si podemos entender esa paciencia, podremos quizás entrar en contacto con un estado de gracia que aguarda en los rincones más cotidianos,
como nos dice un poema que celebra el amargor de la yerba y la dulzura de elegir las palabras para hacer un idioma que es tan en común con otros como único, un lenguaje que se puede usar para hablar con los ausentes:

para mi solo y sin que nadie me vea
para estar con todos los muertos que tengo
y que tendré porque tomar un mate, un poema,
es tocar el cielo con la lengua

Daría la sensación de que toda su escritura arma un territorio donde nos podemos reclinar a mirar el mundo desde esa posición horizontal. La sencillez de su idioma nos puede hacer olvidar que allí late la obstinada decisión de un artista: hay en ese tejido un trabajo muy refinado, mucho oído y pensamiento y lo que llega a nosotros, finalmente, son unas formas que parecen haber surgido mansamente de la pausada respiración de un cuerpo que percibe el verde recostado, las manchas amarillas entre dos lomas que encajonan un aire o la manera en que el resplandor de una vela mueve de lugar los ladrillos de una pared; la suya es una poesía que nos propone concentrar la atención en unos pocos puntos, para destilar el sonido vital y profundo de las
palabras verdaderas.
Leticia Obeid




Facundo Soto

También hay un dejo de tristeza en la ciudad impertinente…
Llueve, miro por la ventana y pienso cuánto me gustaría ser
Como Facu Soto, que escribe con rapidez y frescura
Y tiene el alma llena de adolescencia y bondad
Con ese espíritu tirado a la aventura
Como los muchachitos de la calle que no tienen nada que perder
Y su única política es saltar los charcos de lluvia.
Esa predisposición ante la vida es lo que me falta,
Es lo que extraño y lo que me muestra en su ser Facu Soto,
Así, debe estar sacando fotos o haciéndole
Una cena a una super estrella tímida de la literatura
O, ¿escribiendo cuentos y poemas y crónicas gays.
¡Nadie es mejor que Facu Soto!
Siempre alegre, dirigiéndose a prostíbulos extravagantes
O locutorios borders de seres masturbatorios
En la hora del almuerzo.
Solo, feliz, y con dinero en los bolsillos.
La aventura de unos, no tiene por que ser la tragedia de otros.
Pero lo es. Lo es.
Washington Cucurto





Fotos: Belén Messina

por Mariela Gouiric, Guadalupe Maradei, Leticia Obeid, y Washington Cucurto, 17 de Septiembre de 2013
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