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Panamericano. Pinturas 1999-2012. Beatriz Milhazes en Malba desde el jueves 20 de septiembre de 2012 hasta el sábado 10 de noviembre de 2012.
Ni exótico, ni estereotipado, el movimiento antropofágico de una cultura que come, se hace evidente en el quehacer artístico de Milhazes.

Con una intervención escenográfica, florida y brillante Beatriz Milhazes abre su exhibición. La experiencia del color en la que el espectador se sumerge en Panamericano, es un viaje al “país de las maravillas de Alicia”. El ojo no se detiene nunca más en los remolinos multicolores sin principio ni fin, con los que la artista brasileña construye espacios que no existen en el mundo real. Al menos no, de este lado del espejo.
Arabescos, líneas onduladas, círculos, flores y rayados estallan en la tela al unísono. La exacerbación de motivos figurativos, como ensamble de telas estampadas combinadas de la década del 30, queda engullida en lo decorativo haciendo imposible en ese horror vacui, la distinción de centro, figura o fondo. Como en la vida, en la obra suceden muchas cosas simultáneamente. Todo empieza y termina en el color.
La confluencia en su obra de Henri Matisse, Piet Mondrian y Tarsila do Amaral, en la que se conjugan la abstracción, la geometría, y el color saturado, el carnaval, lo barroco, lo folklórico, la artesanía femenina del crochet y el encaje bahiano, nos permiten comprenderla como abanderada de la esencia del Modernismo Brasileño del siglo XXI.
Ni pintura, ni grabado, ni collage, ni calco, y al mismo tiempo es todo lo que no es y mucho más. Su obra es NI en el mejor de todos los sentidos posibles, y ese es el sello personal que la distingue en el mundo entero. Su proceso técnico es de cuatro pasos. B. M. trabaja el lienzo crudo con apenas una aguada. Luego pinta los mismos plásticos transparentes utilizados una y otra vez en cada una de sus obras desde hace 12 años, con pintura acrílica sobre la que extiende cola vinílica. Aplica los plásticos así embadurnados sobre el lienzo, y ya secos los arranca. Por último, un retoque aquí y allá de su propio puño.
De esto resulta una superposición increíble de capas que da la idea de un relieve que no es tal, porque todo queda hiperliso en virtud de la eliminación del uso del pincel. Ausencia que además le otorga una intensidad, limpieza y pureza de color a la obra terminada.
Esta técnica define su trabajo como una obra de la memoria (que guarda el uso continuo de los plásticos soportes de pintura y cola), del accidente, exposición a la intemperie, ensayo y error (por las huellas de arrastre que dejan los plásticos al ser arrancados). Ideología que queda absorbida en la misma obra.

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