Llegó a la Fundación Proa la asombrosa muestra itinerante «Dioses, ritos y oficios del México prehispánico»

Testimonios de la pasión arqueológica mexicana

A la Fundación Proa llegó la muestra «Dioses, ritos y oficios del México prehispánico», un conjunto integrado por más de 150 piezas arqueológicas que, por primera vez sale de viaje y que pertenece a 13 museos, dos centros culturales, una zona arqueológica y el imponente Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) del Distrito Federal. Este testimonio de la poderosa cultura del Golfo de México, es hoy motivo de asombro. Al valor histórico, la belleza y sofisticación de gran parte de las piezas, se suma la llamativa expresividad de los personajes. Los dioses de piedra y de barro parecen hablar a través de los milenios y facilitan, con su elocuencia, la comprensión de la historia. La exposición logra su cometido: volver el tiempo atrás. De este modo, el visitante se adentra en el pasado e ingresa en la vida de esos habitantes mesoamericanos, capaces todavía de brindar muestras precisas de sus creencias e ideologías, sus ritos y ceremonias y su manera particular de entender la naturaleza y el universo.

En la sala de ingreso de la Fundación un guía enfrenta a un dios que ostenta los símbolos de la muerte: la boca entreabierta y los ojos cerrados. Una decena de espectadores, escucha el relato del sentido existencial de esa divinidad. La explicación casi filosófica marca la diferencia entre el tiempo cíclico, que rige el cambio de las estaciones y las cosechas, y el tiempo lineal de nuestra cultura judeocristiana. Allí está la figura modelada en arcilla, erguida y de tamaño natural, un sacerdote transformado en instrumento divino que rinde cuenta de su dualidad: es un hombre y a la vez un dios. Un esclavo fue sacrificado y el sacerdote (400 d. C.) lleva sobre su cuerpo la piel y el rostro del desollado y, así, con este atavío, bailará sobre los campos.

A su lado, una mujer ostenta un murciélago sobre su cabeza y una serpiente bicéfala que rodea su cintura. Detrás de su cuerpo está el sol. La mujer ha muerto en un parto y en ese tránsito se convirtió en divinidad, su imagen simboliza la eterna lucha entre la vida y la muerte y todo lo que estas sociedades poseían de nocturno, oscuro y abismal. «Ellos creían que el sol moría al ocultarse y la mujer lo acompaña», aclara David Morales Gómez, curador de la exposición.

La serie de retratos es sobrecogedora. El trabajo tenía un carácter sagrado y los alfareros han dejado pruebas de su virtuosismo: perforaban las piezas para incrustar pelo humano y teñían el barro con petróleo para acentuar el realismo. Los rostros revelan cómo eran las facciones de los habitantes del Veracruz precolombino (400- 900 d. C.). Pero, en rigor, son los gestos -macabros, sonrientes, duros, amables, alucinados- los que calan hondo en la memoria y tocan la sensibilidad.

Una de las esculturas más emotivas de la muestra, por su capacidad de comunicación, representa dos personajes que miran a lo lejos como si trataran de ver el horizonte; ambos conforman la figura de un doble, son jóvenes e idénticos, están vivos y forman un trípode con sus piernas mientras sostienen con sus manos una caja.

Y tan talentosos como los alfareros fueron los lapidarios, que esculpían las piedras dotándolas de múltiples cualidades, incluso, hasta poéticas. Las búsquedas estéticas respondían no obstante a una finalidad, estaban ligadas a la importancia de los objetos de culto y también al negocio, dado que algunas piezas se comercializaban. Pero la belleza ronda por toda la muestra.

En el texto curatorial, Morales Gómez, observa: «La exposición contempla el ritual del juego de la pelota, con sus yugos y hachas votivas, los delimitadores de la cancha del mismo juego, y jugadores de pelota elaborados en barro». El juego implicaba un final sangriento: no se sabe con certeza si los ganadores o los perdedores eran sacrificados, lo cierto es que perdían su cabeza. Y la crueldad de los sacrificios humanos justificó la barbarie de la conquista.

Para subrayar las características de la exhibición, tan especiales como la fuerza y la energía que transmiten todavía algunas obras, la directora de Proa, Adriana Rosenberg, señala: «El deseo y la voluntad del hombre de dejar huellas de su existencia, teje un hilo que une a lo largo de los siglos experiencias culturales diversas, una historia hecha de imágenes. Más de dos mil años impactan por su capacidad irrevocable de evidenciar trabajo, sueños y creencias».

La muestra culmina con los registros de las primeras expediciones científicas. Hay una foto tomada en el año 1890 que reproduce en tamaño mural una vista de Cempoala, una de las primeras ciudades que pisó Hernán Cortés. Las imágenes muestran el despertar, a fines del siglo XIX, de una genuina pasión arqueológica, un sentimiento que creció y convirtió a México en el dueño de los mayores tesoros de las culturas precolom

La exhibición, organizada por la activa Embajada de México en la Argentina y patrocinada por Tenaris/Techint, permanecerá abierta hasta los primeros días de enero.

por Ana Martínez Quijano, 1 de Noviembre de 2011
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