Diario de la euforia de un pigmento

Windows. Mariela Scafati en Abate - Galería de Arte desde el jueves 29 de septiembre de 2011 hasta el sábado 29 de octubre de 2011.

Lo social está también donde hay sólo una persona con sus sufrimientos personales. Y por ello el arte, cuando realiza una catarsis o incorpora un fuego depurador de las conmociones más íntimas, más importantes de la vida del alma, constituye la acción social. Lev Vigotsky

Dicen que son distintos tonos de rosa, pero para mí son rojos. Y no es menor la diferencia de matiz. ¡Qué sería de la publicidad sin el rojo! Dijo una vez mi amigo Juan Manuel contemplando un cartel de Marlboro. Y sí, el mismo rojo que alguna vez embanderó las revoluciones (en sus versiones bermellón, o la sugestiva caput mortuum), hoy es un recurso más con el que se despliegan los poderes de seducción del tardocapitalismo. Sin embargo, este pigmento tóxico, derivado del sulfuro de mercurio, todavía conserva su potencialidad. El rojo seguirá siempre atado por relación mimética a los acontecimientos más extremos que pueda vivir el hombre. Habrá que ser alquimista, pintor, o revolucionario (o mejor las tres cosas juntas) para volver a detonar su revulsividad.

Entramos en Windows: distintos rojos contrapuestos desde el piso hasta el techo de la sala, sin conceder ni un centímetro descubierto a la pared de la galería. Una multitud aplastante de variaciones del mismo color extienden el estímulo desde lo visual hacia lo táctil y auditivo. El papel que sella la sala, sumado a la alfombra, acustizan el ambiente, provocando un silencio confesional. Se percibe en cada matiz de rojo, un latido. La sensación se acrecienta con el olor del pegamento que todavía no secó, y del acrílico recién pintado. Podríamos hacer el esfuerzo de mirar como un niño que ignora el alfabeto, o como un hombre que desconoce la lengua y la civilización, entonces las paredes estarían adornadas por una serie de trazos caprichosos, en punta o redondos, y el cubículo entero sería un rito de abstracción, de rectas absurdas trance de colonización de la naturaleza. Como sea, entrar en esa sala es gravitar en la mente de Mariela Scafati.

Vayamos al contenido: los cuadrados y rectángulos que empapelan la sala son pinturas en las que se puede reconocer cierta semejanza con los afiches políticos universitarios. Fondos de pinceladas reemplazan al color pleno de imprenta; sobre éstos, frases en mayúscula hechas a pulso y a pulmón, escritas contra el piso en la urgencia del acontecimiento. Pero en lugar de proclamas políticas, nuestro ojo se desliza entre lo que podrían ser sentencias de un discurso interior, restos de diálogos, escrituras electrónicas y frases pensadas o leídas, pero quizás nunca pronunciadas en voz alta: "LA MELANCOLÍA / NO ES SIEMPRE / UN / MAL SENTIMIENTO", "FELICIDAD INFINITA / EN LA PLAZA", "JOVENCITAS / TOTALES / AUTONOMÍA / + / PERONISMO K", "TE PIENSO UN RATITO", "LOS TELÉFONOS / MÓVILES EMPEZARON / A RECIBIR / MENSAJES DE TEXTO: / ENCONTRÉMONOS / EN LA / CALLE", "TODO EL DÍA / SIN LUZ / AHORA / SIN VOZ", "TRISTE SIN DORMIR". Es nuestra propia “voz del habla interna”, como la llamaba Vigotsky, lo que le da materialidad a estos sintagmas. Se trata, entonces, de iniciar el streaming, de entrar en simultaneidad con los devaneos de una conciencia subjetiva.

Sin embargo, algo choca contra esa topografía de la conciencia en tiempo presente. La homogeneidad del lenguaje de la instalación hecha de pinturas-afiches se quiebra en un rincón de la sala. Ahí, se retoma la escala humana: sobre una mesita de madera y desparramadas en el piso se exhiben telas sobre bastidores, platitos pintados, y obras más pequeñas. Es el espacio que corresponde al pasado.

Aunque en el nivel formal, la yuxtaposición de pinturas se empeñe en remarcar los bordes, en el plano discursivo, lo que se pone en entredicho es justamente el carácter imaginario de las fronteras. La instalación propone un ejercicio mental: disolver el contraste entre la propia voz, y la de los demás; y hacer lo mismo entre los correlatos de lo íntimo y lo social, la ficción y la realidad, el arte y la política. Esto es, concebir el propio pensamiento como una lluvia de palabras donde se escuchan las voces de la cultura y la historia. Un discurso mudo compuesto por fragmentos de diálogos que hicimos nuestros. Mariela nos lleva hasta el cauce de nuestros pensamientos, hasta esa orilla oscura donde se borra el límite de la alteridad. Trabaja en esa brecha que separa el compromiso social y político (el amor a los desconocidos), del amor íntimo, burgués, donde sólo-hay–lugar-para-dos. Se sumerge y explora esa grieta que hace irreconciliable la calle, con la sala de la galería.

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