Un fotógrafo que no es fotógrafo

Eros and Order. Robert Mapplethorpe en Malba desde el viernes 4 de junio de 2010 hasta el lunes 2 de agosto de 2010.
Flora y fauna humana

Lo primero que se percibe en la obra de Robert Mapplethorpe es un algo clásico: lo perfectamente recortado y ordenado. Como si hubiera una intención de privilegiar la forma por encima del contenido. En este sentido, resulta posible agregar valor al mirar la obra de Robert Mapplethorpe como el último ejemplo de arte autónomo del siglo XX. Aunque no es el único sentido…
Si bien aún hoy la sociedad norteamericana sigue exhibiendo un cierto puritanismo, la misma experimentó un enorme cambio cultural durante el período que va de 1940 a 1980. Entre el expresionismo abstracto (fin de la Segunda Guerra Mundial) y la continuación del Desarrollo pictórico (mal llamado Renacimiento de la pintura, hacia los ‘80), Estados Unidos corrió el velo de la educación sexual hacia lo que se transformaría en la plena liberación sexual. Entre uno y otro punto del recorrido, se fue abriendo el espacio a la pornografía y las drogas, al mismo tiempo que el adolescente Mapplethorpe, camino a la adultez, aterrizaba en esa escena neoyorquina para descubrir que el deseo y el sexo estaban al alcance de la mano en un modo tal, que le resultó ineludible la necesidad de dar cuenta de la potencialidad de esa idea.
Por lo que Robert Mapplethorpe comenzó a dedicarse al arte, quería ser artista, pero no pintaba ni esculpía, sacaba fotografías. La fotografía en tanto que arte era considerada un fraude, y estaba mal vista en esa esfera, con excepción de aquella de principios del siglo XX, que como “documento fino o de categoría” comenzaba a ser expuesta en los museos. Así es que él tomaba fotografías con una cámara Polaroid, las cuales le servían de registro y soporte para su posterior recorte, ordenamiento para la construcción de un relato, e intervención con color. Le llevó unos años comprender que ser fotógrafo era algo valioso, que una fotografía podía estar al mismo nivel que una obra de arte, y que aquella podía ser reconocida como tal. Fue en el auto reconocimiento de estar produciendo una labor significativa, “darse cuenta” que él era un artista y que la fotografía era el medio, la forma de expresión y no el fin. Del mismo modo que otros esculpían o pintaban, él fotografiaba. Que lo importante era la mirada, la representación de un pensamiento, y la construcción del mundo -su contemporaneidad- que con esos dos principios podía realizar. Fue en el devenir de ese proceso que pasó de la Polaroid a la Hasselblad, lo que nos permite distinguir dos períodos bien diferenciados en las fotografías de arte. Son las Hasselblads -como suele llamárselas para distinguirlas de las Polaroids-, las que se exhiben en estos momentos en el último piso del MALBA. En éstas la iluminación es hípercuidada, logrando que desaparezca esa categorización de fondo como fondo, porque no se ve, se integra o dialoga con la figura al generar un extraño sombreado.
De la historia del arte, lo primero que le interesó al artista fue el reconocimiento del Manierismo como pasaje obligatorio a través de la pura y explícita sensualidad, entre la salida del Clasicismo renacentista y el dramatismo del Barroco. Último período artístico occidental anterior a la Modernidad en que las representaciones de desnudos son en un 90% masculinas o femeninas de tipo andrógino. Las similitudes del Manierismo con su tiempo fueron determinantes a la hora de elegir el peculiar lenguaje expresivo de su obra, cuya característica distintiva es el voluptuoso esteticismo de la imagen. Una imagen rayana en el puro erotismo o la pura pornografía, a veces más sugerente y otras más explícito. Lo segundo que captó su interés fue la cultura Neoclásica, fuera de moda para su época, porque había sido la imaginería utilizada por Hitler durante el tercer Reich. Sin embargo, a pesar de ser criticado por esa especie de revival hitleriano, se atrevió a hacer uso de esa figuración en contrapunto con lo establecido.
Las calaveras, las flores, los retratos, el sexo, la serpiente junto al cuerpo humano, las niñas, las almohadas ahuecadas con las huellas de los cuerpos que en ellas se recostaron. El aureolado de los rostros como manera de sacralizarlos e iconizarlos, la homosexualidad, la pornografía gay, el cuero, la dominación, el bondage, el sadomasoquismo y el SIDA. A partir de todos los elementos mencionados, configuró un universo en el que los géneros tratados y los puntos de vista se convirtieron en constante de su obra, desde el principio hasta el final. Todos objetos particulares que remiten a una idea absolutamente invisible, a fin de visualizar la cultura de su sociedad.

compartir