Claves del Museo del Objeto Contemporáneo

Museo del objeto contemporáneo. entre otros, Luís Espinosa, María Paula Doberti, Laura Andreoni en Galería Federico Poncerini desde el sábado 2 de mayo de 2009 hasta el sábado 23 de mayo de 2009.

Desmenuzar la institución museística buscando desentrañar las motivaciones más profundas que hacen de cada ser humano un coleccionista.

¿Qué conjuro se oculta tras el gesto de retener, guardar, conservar objetos que han perdido ya, su razón de ser utilitaria?

¿Qué buscamos que perdure, haciendo perdurar esas cosas que, en pequeños fragmentos, a veces mutiladas por el accidente, rescatadas del desecho, se cargan ante nuestros ojos de desbordantes significaciones?

Podemos acercarnos al MOC como a una obra colectiva que se plantea estas preguntas.
Todo museo tiene un destinatario, un perfil de público al que pretende mostrar sus colecciones. El MOC pide un público activo. Entonces ese mostrar es más bien un invitar. La acción del espectador estará en la posibilidad de partir de ese objeto real y transitar las infinitas posibilidades de su propia ficción. Pero no una ficción como distracción, como pasatiempo. La activación de la conciencia del visitante se traduce en la emergencia de sus propias mitologías, las resonancias de la propia vida y su misterio.

Ahí una clave de su lectura como arte. El mundo cotidiano, distraído, desapercibido, se recorta, se sustrae de ese continuo movimiento en inercia y se presenta como entidades visibles, destacadas, centradas. Cada objeto comienza por evidenciar la estructura de su forma y esa forma, objetiva en el objeto, nos llama y resuena suscitando el reconocimiento de nuestra propia forma, interior, íntima. Y nos sorprende que esta reacción, subjetiva en el sujeto, venga a darse justo en el encuentro con ese objeto, con ese modo de estar en el mundo ese objeto, ni antes ni después. Y deseamos ese objeto, en ese instante, como modo de atraparnos y retener eso que es esquivo en nosotros mismos. Esa pequeña plenitud. Esa pasajera eternidad. Esa limitada absolutez que somos y que cifra el drama de nuestra existencia.

Eso lo produce todo el arte, que a veces en su despliegue pirotécnico distrae con el brillo de sus temas o el precio de su fama. En el arte de objetos se percibe una renuncia, un silencio, donde el artista se ocupa de señalar un fenómeno contemplado e invita a contemplar.
Contemplar como una actividad, como un detenerse delante del objeto del mundo, requiriéndole que se abra delante de nuestra percepción, sondeando su secreto que es, a la vez y misteriosamente, nuestro propio secreto.

La Colección de Laura Andreoni lo busca como comprensión de la naturaleza, un mundo natural que produce una extrañeza, la sensación de una clasificación que no llega a aclararse a nuestra razón, que nos pone un límite. Si logramos esa visión poética que abandona la pretensión de que cada parte se explique y asume el vuelo para captar la totalidad en un único instante, estaremos en condiciones de captar la metáfora que cada caja encierra, que cada caja libera.

La Colección de Luján Funes analiza un archivo enorme de revistas femeninas y clasifica sus partes poniendo al descubierto un discurso que parece inocente, pasajero, banal, pero que insiste y se repite en el tiempo y en los distintos formatos para esconder una única y terrible intención. La intervención que produce pintando, ocultando y a la vez revelando el contenido de las páginas promueve una lectura a contrapelo, resignificando la práctica habitual de "Hojear revistas".

La Colección de Luis Espinosa parte de objetos reales de su tío abuelo, documentando la realidad de su existencia. A través de el marco que le dan los comprobantes de una vida, los objetos se cargan de una intención testimonial y se muestran en un estado de acción con el que interpelan sobre: que cada acto o cada producto del hombre pueda estar escondiendo un mensaje, una significación que los desborda; un sentido.

La Colección de María Paula Doberti acciona lo que podríamos llamar un factor común. Recoge y clasifica objetos encontrados en distintas ciudades del mundo. Lo hace con tal cuidado y atención que la arandela oxidada o el pedazo de baldosa se apropian del esplendor de la joya. En la reiteración, la comparación y la presentación de cada objeto que se confronta con el origen disperso y distante de cada uno, aparece una sincrónica red universal de actos humanos.

La Colección de Virginia Corda, doblemente encriptada, es en realidad la colección de Carlos Argentino Daneri y su obsesión, certificada por Borges en El Aleph, por su prima Beatriz Viterbo. Lo que descubre Corda, y tal vez el espectador se anime a reconstruir, es el código detrás del cual se devela el misterio.

La curaduría de Juan Carlos Romero pone en valor y ofrece a la lectura, en unidad, este conjunto de objetos como un texto a descifrar.

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